diumenge, 29 de novembre de 2015

Y15W45: LA COARTADA

Llamadme Francesc. Leo mucho desde hace menos de una década. Leo como consecuencia de un efecto dominó, el que me produjo la lectura de una reseña, en una revista musical, de 2666 de Roberto Bolaño. Me impactó su frase final: si la literatura es placer, 2666 es el éxtasis total. Muchos pueden describir los momentos claves de su vida. (Esta semana, por ejemplo, mi hija Mònica ha cumplido 18 años. Ya puede votar y pedir cerveza). Pero ni siquiera recuerdo quién firmaba esa reseña. Lo he mirado, y se llama Silvia Pons. Seguramente es catalana, casi seguro pues la revista en que leí su reseña tiene su redacción en Barcelona, que aquí somos mucho de cultura aunque luego la cultura que produzcamos deje algo que desear, seguramente producto de la excesiva obsesión por filtrar lo que nos gusta y lo que nos inspira, circunstancia que produce un efecto de bloqueo sobre lo que creamos. Me van a decir de mí, que me pringo y me contagio del estilo de cualquier escritor que haya leído recientemente. Bueno, al menos lo reconozco. De hecho, ahora me ando por las ramas muy a lo DFW. He dejado unas veinte líneas más arriba una línea argumental para este, otro de mis fallidos post de regreso por todo lo alto, y si no me fijara en la imagen ahí se quedaría. Regreso a ella. Serán más de un millar los libros que han caído. Me avergüenza no recordar algunos de ellos. Puede que bastantes. Puede achacarse, en un análisis parecido al de ciertos partidos de fútbol hecho por comentaristas con pocos recursos, a uno de dos factores. El escritor no tenía un buen día o el lector no tenía un buen día. Aunque prefiero el concepto de compañerismo, en estos tiempos de buen rollito, me gusta este otro: escritor y lector enfrentados entre sí, como pretendiendo imponerse en una lucha. Esa es una buena imagen para la batalla inicial. El escritor es simplemente un nombre que puede o no decirte nada, al que acompañan sensaciones adicionales, como saber su nacionalidad, su edad, su ideología, las opiniones que en otros ha suscitado la obra que te planteas, o el total de su producción. Solamente cuando empiezas a considerarte como inmerso en la lectura empiezas a introducir matices e información adicional. Entonces tras esos datos puede surgir un tipo por el que empiezas a sentir cierta curiosidad. Como acérrimo de la literatura contemporánea, ese ejercicio se manifiesta hoy como fácil y seguro. Sencillo como conseguir que escritores ávidos de promoción y feedback de sus lectores tengan cuentas en Facebook, Twitter o Instagram donde muestren detalles de sus vidas También los hay que viven al margen, lo cual me parece muy respetable, incluso algunos días sumamente aconsejable. En todo caso, yo no quería acabar hablando de esto.
Llevo una cierta temporada enormemente saturado de lecturas pendientes. El orden es importante, también la temática y, cuestión chocante, la extensión de un libro. No creáis que no me arredran esos que sobrepasan las 600 páginas. Pero he analizado un poco mi comportamiento. Sobre todo el de las últimas semanas, en que debo reconocer que muy pocos libros llegan a desagradarme. He analizado también la condición que comparten mis escritores favoritos, un quinteto inamovible al que podría añadir una decena algo más variante. Y llega el momento de la confesión casi sonrojante, porque mi conclusión es que estoy tendiendo a concentrarme en obras de ficción o de ensayo, pero estas deben tener una cierta coartada intelectual. No creáis que no estoy disfrutando de obras brillantes en la forma, pero me doy cuenta (Zweig podría ser un ejemplo) de que no siempre quedo con ganas de repetir. Echadle la culpa al tiempo, ese incansable hijo de puta que escasea pero no para de pasar con rapidez, pero empiezo a valorar y a elegir entre las decenas de libros en función de eso. Me temo que sea un proceso irreversible y que ello relegue definitivamente al ostracismo a la poesía, que ya no ha sido nunca un plato de mi gusto, y no creo que haya que extenderse demasiado en explicaciones, porque la frasecita no tiene  desperdicio. Pero la cuestión básica es que voy a empezar a evitar esas lecturas agradables pero ligeritas, esas historietas con bichitos que toman vida y aspectos fantasiosos que no aportan nada a aquello que está en mi entorno más cercano. No puedo permitirme dedicar mi atención a esas cosas. No tienen sustancia. Aún me queda tiempo para leer bastantes centenares de libros, sí, pero procuraré alejarme de todo aquello que no me aporte nada. No ha sido una decisión difícil, sí meditada, porque apartar la ligereza de la vida no deja de ser dar la espalda a muchísimas cosas, incluyendo la práctica totalidad de la cultura mainstream.

diumenge, 15 de novembre de 2015

Y15W44: Planes abortados


Sin grandes proyectos, había previsto alguna otra cosa para este fin de semana. Me había planteado leer con calma un experimento de ensayo epistolar a dos bandas que siempre había relegado porque alguna absurda preconcepción me tenía convencido de que porque el mejor Houellebecq sea el de las novelas el otro es como si el de los ensayos no fuera Houellebecq.

Y entonces pasó lo del viernes.

Y ya deja de tener sentido hablar de casualidades porque el que yo lea a Houellebecq o sobre Houellebecq empieza a ser tan frecuente y tan posible que el bretón se ha convertido en una especie de presencia ubicua. Condición que los acontecimientos retroalimentan. Y que, encima, podría acabar convirtiéndole en pasto del gusto mayoritario, cosa que quizás acabara condicionando mis juicios sobre su obra, si Houellebecq se dejara influir por el mal de las alturas fruto de la fama. Cosa que desestimo casi simultáneamente a escribirlo.
Porque lo del viernes parece ser, dentro de su proporción y su desproporción, algo que pueda marcar el devenir del planeta de ahora en adelante. Ya he leído lo que de París puede ser el nuevo Sarajevo (no sé cual de las dos "acepciones" me resulta más funesta) y la palabra "guerra" forma constantemente parte del discurso de gente de aspecto muy serio y relevante, gente de esa que ha corrido a hacerse el nudo en sobrias corbatas negro total. Sí que sé que los hechos permitieron constatar una vez más el enorme anquilosamiento en que las redes, sobre todo Twitter, han sumido a los medios de comunicación convencionales. El viernes por la noche uno hubiera esperado cobertura, imágenes aunque fueran puros bucles con el busto de un periodista desorientado improvisando en primer plano, algo precario pero que revelara que la televisión mantiene algún sentido. Y no: siguieron los programas enlatados y la telebasura, algunos en directo pero con individuos que se hacen llamar periodistas y que se comportaban con una mezcla entre el sonrojo profesional, el ande yo caliente y riáse la gente y el máximo desparpajo pensando cómo podía computar el eventual aumento de la audiencia que los hechos le estaban suministrando. Mientras, en Twitter, la cuenta de un tipo con apenas 1300 seguidores mostraba fotos de la calle, hechas desde una ventana. Cadáveres tendidos y luego cadáveres cubiertos por mantas que los propios vecinos tiraban desde los balcones, en un gesto tan triste como valioso.

En el otro lado, analizar los hechos se ha vuelto un ejercicio donde la demagogia es un lugar ineludible. De hecho desde el razonamiento más correcto y bienintencionado y siguiendo los pasos precisos cualquiera puede llegar a cualquier conclusión: desde que lo que debería hacer Occidente es aplicar la fuerza del poderío militar sin el menor miramiento a que no hay que intervenir de ninguna manera ostentosa y dejar que la sabiduría de la madre naturaleza prevalezca. Eso es lo realmente terrorífico, saber que hay argumentos para justificar prácticamente todo por sí solo, pues imaginad si, como es el caso, los teóricos antagonistas nos sirven en bandeja un pretexto para actuar, como se dice, en defensa propia. De manera qué disponemos de un escenario ideal para que cualquier cosa suceda y eso es lo que resulta más excitante, disponer de muchas opciones y que todas estén disponibles el máximo de tiempo. 
Lo realmente curioso es que todas estas cábalas se producen periódicamente y todos estos superlativos los hemos oído y usado cada vez que se han producido esos periódicos asaltos a la placidez occidental, que es cuando reaccionamos como viejos gruñones que son importunados a la hora de la siesta. Desde luego, leer como Houellebecq se autoproclama con orgullo como totalmente convencido de solo una cosa, que es la irreversibilidad de cualquier proceso de decadencia, no es precisamente un canto a la esperanza.

divendres, 13 de novembre de 2015

Y15W43: Publico post

Antes aclaro.
Bebo bastante.
Como carne.
Debo dinero.
Estoy esperando fuerzas favorables.
Guardo grandes historias (Hoy iría iniciando juergas, jaleos).
Leo libros.
Muevo montañas nevadas.
Nada objeto.
O quien quiera remover restos, sepa solamente tres tonterías.
Una.
Última victoria, vivir. (Walt Whitman, XXth.)
Ya, ya.
Zaragoza zozobra.

dimarts, 10 de novembre de 2015

Y15W42: SER AMABLE


Puedo achacarlo a la falta de tiempo. O al touchpad que se estropea en el momento más inoportuno y me obliga a mendigar en casa por algún ordenador sobreutilizado o a perder la paciencia comprobando mi torpeza con los teclados de móviles y tabletas. Pero el motivo ulterior de no escribir más a menudo siempre será la falta de un tema que me levante literalmente de la abulia. No los hay tantos o no los hay tantos que no sean repetitivos. Para qué hablar de más goles siderales de Neymar o del auténtico tormento en el que se está convirtiendo la situación política, con bandos que se enfrentan y abren sub-bandos que aún se enfrentan más todavía. Catalunya no es el Líbano pero pueden darse situaciones libanesas cuando los radicales se alinean con sus antagonistas para oponerse a los moderados. Y hacen verdad eso de que los extremos se tocan. Casi siempre es una tontería lo que me hace espabilarme y he de ser sincero y reconocer que muchos de esos estímulos provienen de Twitter. Sigue a las cuentas adecuadas, que puede que no sean tantas, y algo sacarás: inspiración, contexto, lo que sea.
Y en una de esas me encuentro leyendo un corto debate sobre la necesidad o no de publicar reseñas de malos libros. Uno puede esperar que un libro sea bueno y acabar aceptando que ha sido un desastre. Uno tiene la intuición esa que no falla y que le ha hecho desenterrar tesoros y uno puede ver por ahí (o sea, por aquí) quién y qué cosa dice sobre tal autor o tal libro o tal obra conjunta y entonces se toma la determinación, (que no es la misma que con la música: oir mala música sí es una pérdida de tiempo), se ata uno los machos y va a por esas centenas de páginas pensando, casi deseando, que sea muy malo o sea muy bueno, que no se quede en esa tierra de nadie donde uno ni afilar el hacha puede. 
Desde que tengo cierta triste y restringida e inútil fama (uy, de qué ha ido que ponga "prestigio"), es decir, desde que poniendo mi nombre en los buscadores salen otras cosas que no sanciones por rebasar la velocidad en la calle "A", me encuentro en situaciones que, aún dejando de resultarme nuevas, no acabo de saber resolver del todo. Suelo conseguir un número relevante de copias de libros para su eventual prescripción. Suelo solicitarlas cuando suscitan mi interés y ello significa que creo que el libro puede gustarme. Las editoriales, con sorprendentes excepciones (mi adorada Anagrama, tal como escribí aquí hace unos días) suelen, en su mayoría, hacerme caso. O me envían los libros o me argumentan escasez de copias promocionales, agotamiento de ediciones, o cualquier explicación cuando no pueden enviármelas. El flujo es bastante frecuente. Mi encantadora esposa me reprende constantemente por las condiciones en que tiene que abrir la puerta a los repartidores que suben a casa a entregarlas en mano. Últimamente empiezan a darse casos curiosos: ciertas editoriales suelen enviarme algún libro adicional al que les pido. Me hablan de campañas y me piden que le preste atención a alguna novela o algún autor por el que piensan apostar. A veces ya me los envían sin solicitarlo. Entiendo que así funciona una industria tan curiosa como la editorial, donde unos cuantos tipos se empeñan en ponerle un precio a algo tan poco cuantificable como la íntima satisfacción de una frase, de un párrafo, de un personaje o una novela que se agarra a tu memoria. Lo entiendo y, de algo ha de servir mi experiencia en el mundo de la empresa, seguramente no haya otra manera de hacerlo. Ya no hay libros en las vallas publicitarias ni canales de TV que dediquen espacios a insanas horas de la madrugada para que dos tipos con gafas de pasta diserten sobre libros. Así que hay que buscar la difusión donde puede encontrarse.
Pero a veces un libro resulta ser muy difícil de defender. Entra en liza el compromiso y la credibilidad de la opinión propia, la satisfacción de que esta se muestre de forma inapelable en un escrito, y la necesidad de que esta sea fundada, porque aquel, sea autor, sea encargado de prensa, sea a veces hasta el propio editor, no vea brecha ni mala intención ni preconcepción, que vea simplemente lo que es: un tipo encantado por haber recibido el regalo de un libro, pero ofuscado, a veces hasta consigo mismo, porque no es capaz de tener una opinión positiva. Bendito problema, diría alguno. 
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