diumenge, 27 de setembre de 2015

Y15W35: BREAKING NEWS


Ya lo habré dicho de veces. Este blog no se abrió por cuestiones políticas. Quedó claro. Ni por motivos futbolísticos. Ciertos debates se han ido produciendo porque yo soy así: una veleta a la cual la amabilidad y el gusto por las visitas y los comentarios ha dominado. Bueno: uno de estos debates debería quedar zanjado para, exactamente, el momento de la publicación de este post. En ese momento las televisiones están mostrando a sus espectadores esos gráficos modernos y atractivos en 3D que llevan horas preparando, esos que compilan sondeos a pie de urna, que es la curiosa manera como se llaman aquellos que consisten en abordar a las personas que salen con paso distraído de los lugares de votación, henchidos de orgullo democrático y pavoneándose de haber cumplido con su deber ciudadano, tanto que se consideran autorizados para dedicar el resto de la jornada al delito y la impudicia.

Y esto será lo que habrá pasado 

(Dedicado a todos aquellos que atribuyen mi escaso acierto en las apuestas deportivas a que siempre apuesto a favor de mi equipo y en contra del Madrid)

Datos

JpS: 41,6 % votos, 61 escaños
C's: 14,3 % votos, 21 escaños
CUP: 11,4 % votos, 15 escaños
CSQEP: 10,9 % votos, 14 escaños
PSC: 10,7 % votos, 14 escaños
PP: 6,8 % votos, 10 escaños
Otros: 4,3 % votos

Junts Pel Sí acaba de obtener un triunfo contundente. Es la primera fuerza en número de escaños, triplicando a su más inmediato perseguidor. La CUP ha dinamitado todas las apuestas y se ha colocado como una tercera fuerza que es una obvia victoria, pero también una seria advertencia encubierta a Mas: mucha gente no confía en él, y mucha gente va a seguir de cerca sus primeros pasos. La mayoría para el independentismo es muy holgada, supera en 17 diputados a las fuerzas no independentistas, pero el abrumador desequilibrio genera un efecto dominó; algunos diputados de CatalunyaSíQueEsPot interpretan un gesto tan claro por parte del electorado como una clara invitación a que esclarezcan su indefinición, y deciden apelar a la libertad de voto. Será una jugada lógica, pero criticada, pues, ley electoral manda, un alineamiento abierto desde el principio hubiera aclarado las cosas y evitado algo el suspense. Hecho este comentario, muchos callarán: se trataba de evitar movilizaciones de voto adicionales como reacciones a datos muy determinantes de las encuestas. La partida de ajedrez entre partidos, empresas de sondeos, y electorado, ha resultado convertirse en un fascinante juego del escondite. La participación ha sido elevadísima, y mientras unos se lamentan del poder de movilización del bloque independentista, las fuerzas dirigidas desde la capital del estado español empiezan con las clásicas lamentaciones que apelan a la incapacidad para transmitir el mensaje y esas cosas. A la vez se exige (exige) tranquilidad y serenidad, y se relaciona una retahila de cosas que no van a pasar. Quede claro: el estado español, monolíticamente, deniega una vez más posibilidad alguna de que la voluntad expresada en las urnas por los catalanes se tenga en cuenta y se lleve a cabo.
Bien: señores que han triunfado y no tienen reparos en mostrar flequillos descontrolados y camisas sudorosas. Les hemos votado para que esas cosas pasen. Han captado nuestros votos con promesas de acciones muy concretas, promesas que incluyen fechas y hojas de ruta. Las queremos, una por una, en su momento, sin faltar lo más mínimo a su esencia, y sin pasos atrás. Esto no es una cuestión de inversión y recursos y de os prometí esto pero me he sentado en la mesa y no puede ser. Todos los pasos. Uno por uno. Esto es una cuestión política y las cuestiones políticas no tienen matices. Voy a tu boda o no voy a tu boda, Estás embarazada o no lo estás. El mensaje transmitido es clarísimo. Quien muestre dudas, quien se haya visto superado por los acontecimientos y ahora matice su convencimiento debe hacerse a un lado. La gente ha sido clara. Mucha gente ha sido muy clara. Como sea, pero fuera de España, lejos del PP y lejos del fascismo encubierto que lleva casi 80 años gobernando nuestras vidas. Eso es lo que hemos dicho. Queremos notarlo ya en unas semanas. Queremos que cambien las cosas para mejorar y notarlo lo antes posible. Eso es lo que esperamos. Si ello representa la desaparición de esa entelequia denominada España, pues precio que pagamos a gusto. Nosotros queremos determinar nuestro futuro, en la medida que podamos, y sin más intermerdiarios a los que abonar comisiones. Es así de sencillo. Es un grito claro o un susurro. Da igual. Es nuestra voz. El resto es ruido.



dimarts, 22 de setembre de 2015

Y15W34: COLECCIÓN DE CAMISETAS


Última semana: cinco días en los que la maquinaria estatal española va a funcionar a pleno rendimiento para conseguir disuadir en todo lo posible a los potenciales votantes de las opciones independentistas. Va a ser una lucha sin cuartel, pero mi confianza es firme: la torpeza con la que se están empleando es digna de pasar a la triste historia de las estrategias equivocadas. España va a ser el reino del tiro por la culata porque por encima de todo tiene que ser lo que es y demostrarlo en cada uno de sus gestos. Prepotencia y chulería campan a sus anchas y los argumentos se han ido endureciendo. Ni siquiera, obcecados en su lógica onanista, han sabido aprovechar circunstancias como la progresiva inflamación de Mas,  y el unionismo ha optado por la reiteración, convencido de que los argumentos le aportan apoyos, cuando algunos son tan patéticos que han generado rechazo y vergüenza ajena hasta en sus propios partidarios. El repertorio es variadísimo y. me temo, va a ampliarse con unos cuantos ejemplos más hasta el último momento. La campaña, que ha pulverizado los récords de rapidez en activar el efecto Godwin, es de una suciedad y una bajeza ejemplares: los catalanes vamos a contentarnos con seguir manteniendo, y por los pelos, la condición de seres humanos, y solo y únicamente seremos seres abyectos, egoístas, provincianos, insolidarios, fanáticos, detestables, todo ello, claro, perfectamente compatible con pagar religiosamente nuestros impuestos a un aparato estatal que los administra, una vez todos los corruptos se han asignado su parte, con el único criterio de compensar cuentas debidas y devolver favores. 
No: los catalanes no vamos a dar vuelta atrás. Cansados de la constante tomadura de pelo al que nos han sometido generaciones de gobernantes relacionados o tolerados por el aparato perverso de perpetuación en el poder que Franco diseñó y la peste borbónica aceptó de mil amores, no vamos a aceptar que este movimiento social, callejero, popular, quede zanjado a base de malas artes. Hemos llegado hasta aquí no para algo, sino para todo. No dejaremos que cinco largos años queden postergados en un cajón en forma de una bandera descolorida de haber estado colgada y una colección de camisetas con consignas levemente naïf. Una de nuestras máximas es "si la fas, fes-la grossa", "si la haces, hazla gorda", y ése es justo el reflejo y el sentido de tanto crescendo, tanto sexo tántrico y tanto redoble. 
El 27 de septiembre votaré para que la sociedad en la que vivo abandone un estado gobernado por la extrema derecha y atrincherado en el inmovilismo  y la falta de respuesta. Lo haré a pesar de los riesgos y las incertezas, lo haré espoleado por las amenazas sean absurdas o sean fundadas. Lo haré con la chulería que tanto critico a los demás, porque una vez puedo, o no. Lo haré para poderme reír de botarates como Rajoy sin que se me hiele la sonrisa pensando en que ellos determinan mi futuro. Lo haré aunque no sepa si este es un mejor futuro para mi familia, pero convencido de que no hay ninguno peor que continuar igual. 

divendres, 11 de setembre de 2015

Y15W33: COLA DE SUPERMERCADO

Lo veo: de hecho, lo he visto bastantes veces, pero en la cola del supermercado la situación se presta a una observación natural, nada forzada. Y ahí lo tengo, con un aspecto realmente desolador, de la cabeza a los pies. Cuatro mechones grises descontrolados no pueden disimular una calva a la que le da demasiado el sol de la intemperie. Una camiseta roja con un estampado ridículo y el cuello dado de sí por el uso. Remetida, en un patético intento de preservar un sentido trasnochado de la elegancia, en unos jeans que han conocido demasiados lavados, que han quedado anchos y raídos, agrisados en esa parte de los bolsillos de los jeans donde se guarecen y rozan las manos ociosas. Su mirada fija en las monedas que sostiene en las manos, mientras el paquete de latas de cerveza en oferta queda en el mostrador. Muestra ojeras, va bien afeitado, esboza una curiosa sonrisa. Ausente, pero confiada. Llegará a casa y se beberá, tibias, el primer par de latas, dándole igual con tal de recuperar esa confianza de seguridad que le transmite el alcohol. Sin pensar en lo diferente que es esa cerveza a veintisiete céntimos la lata de aquellas que dispuso, en elegantes botellas dispuestas en fila, mostrando orgullosas las etiquetas, ay si el mundo hubiese comprendido su idea, ay si esos chinos no hubieran ubicado aquella tienda a diez metros de la suya. Todo aquello no hubiera pasado.
Ni el adiós de su novia, aquella morenita de aspecto demodé y andar a saltitos, jodida tarde en que se fue, harta de insistirle en que debía adaptarse al mundo y no esperar que fuera al revés, harta de darle oportunidades y de recordar el sabio consejo de una amiga ("a veces quien se tira al agua a salvar a quien se ahoga lo único que consigue es ahogarse también"), día en que, después de derramar un par de lágrimas en el suelo del ascensor en bajada, se inició una nueva vida para ella, una vida más segura, pero casta y aburrida.
Ni el espantoso día en el notario, para leer el testamento de su madre, donde se le condenaba al usufructo del piso heredado, en una maniobra perversa encaminada a alejarle de la tentación de venderlo y malgastar el dinero. Ese piso, demasiado grande incluso para el enorme volumen de su soledad, al que su hermano había renunciado más o menos tácitamente, sin alardes de generosidad, con un aire de reproche impropio de hermano menor, no sin antes hacerle uno de esos comentarios que hieren: "habrás de espabilarte algún día". Él, claro, tenía otros planes: confinarse en el viejo local de la tienda que había cerrado meses atrás, acomodarse allí, entre los anaqueles, la nevera que empezaba a apestar y vivir de los botes de comida que le había sido imposible vender. Esperar que nadie se fijara demasiado en ese tránsito diario y aguardar tiempos mejores. Ni eso pudo hacer.

Miro al tipo: dos minutos pueden hacerse eternos en la cola de una caja o pasarse volando si se deja pasar la imaginación. Se disculpa con la cajera por la torpeza con las monedas mientras decide dejar otro producto que llevaba pues no le llega el dinero. Pide un recibo pues tiene que rendir cuentas. Mi turno, en la otra caja, ha llegado ya, por lo que dejo de prestarle atención mientras se pone el paquete de cervezas bajo el brazo y desaparece calle hacia la derecha. Mi imaginación vuela algunos minutos más: me pregunto si debería ser sincero, pararle un día y decirle que inspiró un pequeño juego literario, un juego insignificante y voluble que no tuvo consecuencia alguna más que otorgarle algo de fama anónima y transcontinental. Lo descarto inmediatamente: no me gusta nada la sensación de superioridad moral que se desprende de un acto así. Llego a casa y empiezo a teclear un texto que no me exponga a recriminaciones casciarianas de tirar de archivos cuando no hay de dónde rascar. Lo acabo en pequeñas sesiones, aprovechando ratos perdidos. Lo remato a toda prisa pues quiero aportarle un pequeño guiño, un mensaje cifrado de complicidad. En el último instante, con el telón deslizándose inexorablemente, pienso en una última imagen.

El tipo contempla satisfecho como una última lata de cerveza ha rodado hasta el fondo del refrigerador. Como, en contacto con la pared del fondo, esta a una temperatura idónea. Piensa si no debió descontarse al beber, a toda prisa, las once restantes, a lo largo de la noche anterior. Toma la lata y se la pone, satisfecho, junto a la mejilla para notar su temperatura. Decide encender la televisión: no lo hace muy a menudo pues no quiere que se estropee el día más inoportuno. Se sienta frente a la pantalla y ve a toda esa gente en la calle. Piensa en su apellido, con una "a" con acento grave. No le sale, ya, sonreír. Solamente mira.


diumenge, 6 de setembre de 2015

Y15W32: CLASES DE LUCHA

Siempre dudo cuando me presentan mujeres como compañeras de trabajo. Encuentro los dos besos algo poco profesional, teñido de cierto concepto machista al que no quiero quedar asociado. Pero dar la mano, estrecharla con frialdad y decisión tampoco me parece lo adecuado. Siempre dudo, y siempre suelo inclinarme por lo segundo. Lo prefiero porque prescinde del acercamiento inicial que no hay porque provocar. Porque los compañeros de trabajo son un poco como la familia. No los has elegido. Se cruzan en tu camino por circunstancias, éstas sin tener nada que ver con la genética, pero ahí están. Convive con ellos, colabora, haz equipo, haz piña, producid en armonía. En estos difíciles tiempos, obsérvalos, sopesa si detrás de un amistoso compañero no hay un voraz trepa dispuesto a ocupar tu silla en cuanto cometas un error o una mala enfermedad te postre en la cama.
Así que no recuerdo si le di dos besos o le estreché la mano. Sé que el presentado era yo, sé que el nuevo en la empresa era yo, y a ella me la presentaron con una extraña descripción de sus funciones. Que acostumbrado a la jerga empresarial no me sonó a nada en concreto. Entonces aún no había visto The Office. Pero si la hubiera visto hubiera pensado en una mezcla de Creed y Phillys. Con mucho más de la segunda.
No recuerdo nada de los primeros días hasta que trasladamos la oficina, cuando nos emplazaron uno frente al otro, separados por un pequeño armario, dos despachos abiertos frente a frente, en una grotesca situación en que parecíamos vigilarnos el uno al otro.
En apenas unas semanas ya comprendí su función en la empresa. Que no era otra que la mera vigilancia intercalada con tareas esporádicas para las que no estaba justificado ni su sueldo ni su responsabilidad. Pero, siendo hija de uno de los accionistas, no hacía falta que mostrara el mínimo empeño en hacerlo bien, ni tan siquiera en hacerlo o disimular que lo hacía. Su condición le permitía atribuirse horarios laxos en entrada y salida, ausencias injustificadas por los motivos más peregrinos, y, por supuesto, libertad para hacer lo que le placía a la vez que criticaba a los demás por hacerlo. Usar teléfono y correo con finalidades particulares, sostener prolongadas conversaciones de tipo personal mientras garabateaba cualquier papel, extenderse en horarios de desayuno y comida, recibir visitas personales. Con la mayor naturalidad y consciente de que era muy improbable que alguien le llamara la atención.
Tenía obesidad mórbida. No sabías si era obesa porque no se movía o era al revés. Lo atribuía a un cambio hormonal en sus dos embarazos. Cuando lo decía, las miradas cómplices se cruzaban por doquier. Porque mesura y cuidado en su comida no los había. Porque jamás se desplazó a la oficina en otra cosa que vehículos de alta gama de esos que consumen gasolina a galones y pisan los matorrales del campo en cualquier fin de semana ecopijo que se precie. Porque era consciente que su marido, un ejecutivo obsesionado con el deporte, no la tocaba ya ni con un palo. Pero había más circunstancias que la definían. Como jactarse de no necesitar su sueldo para vivir, y que lo usaba en pagar caprichos y los sueldos del servicio doméstico que tenía contratada porque ella no iba a encargarse de tareas mundanas como la limpieza o la cocina. O entrometerse, por puro aburrimiento, en la vida de los demás para criticar con sarna. Cualquier cosa menos trabajar. Si hacía falta emplear un día entero en preparar un formulario sencillo, pues eso. La convivencia con una persona así es una oscilación continua entre estupor e indignación. No había límite alguno para su desfachatez, y atribuía sin reparo a su torpeza cualquier pretexto para endosar su trabajo a cualquiera.
Obviamente mientras eso durase y la empresa pudiera permitirse una persona improductiva nada iba a cambiar.
Pero las cosas, algunas, cambian. Quien fue socio de una empresa vende sus acciones y deja de serlo. Quien se otorga privilegios por esa situación los pierde de una manera tan rápida como absurdo el hecho de que los mantuviera. Y en algún momento el trabajo en una empresa moderna pasa a valorarse con algo frío y objetivo como es el rendimiento. Frío criterio el de la productividad pero agradecido si se trata de valorar el esfuerzo. Los números no mienten. La poltrona se desmoronó y el privilegio cedió bajo el peso de la lógica empresarial. Fue entonces cuando se produjo la transformación: sin solución de continuidad pasó de superior a subordinada, sin que hubiera en momento alguno de coincidencia en ese rellano virtual que es el organigrama de una empresa. Caído el trato de favor, el primer y trágico planteamiento era qué hacer con una persona que se jactaba de no necesitar el sueldo ni saber hacer nada productivo. Sin nadie a quien controlar el trabajo pues ahora era el suyo el que había que controlar. Entonces surgió la víctima: la empleada problemática que se lamenta constantemente de las condiciones en que se desenvuelve su trabajo (las que otros llevábamos años soportando), la persona presta a abandonar toda responsabilidad porque veía su puesto amenazado por las funestas nubes de la crisis global, y decide que quieran eran criticables como subordinados ahora lo son como superiores. Sin abandonar la pose sobrada y prepotente ahiora tilda de arribistas y oportunistas a todos aquellos que llevan años aguantando su carácter errático y caprichoso, los acusa de todos los defectos de los que había alardeado a lo largo de años. Una vez, en decisión certera, lógica e inapelable, es despedida, no duda en cargar y apelar a la injusticia y a la pasividad de compañeros que dice no echar de menos pero con los que sigue contactando periódicamente para lamentarse de la enorme injusticia de que dice haber sido víctima.
La maldad en nuestra sociedad puede estar más allá de exaltados cortando cabezas, de enfermos acumulando crímenes. La maldad se manifiesta en muchas maneras y algunas nos son muy próximas: tanto como la mesa de enfrente.
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