dimecres, 24 de setembre de 2014

LOS TRES PIES AL GATO


El detonante suele ser Stefan Zweig. A partir de pensar en Zweig, de cuya obra no puedo alardear más que de un breve conocimiento puntual y algo tramposo, mis elucubraciones, inducidas por cierto sector afín a mis más oscuras filias, van hacia el mismo lado. Que si era un escritor burgués, que si su estilo acaba resultando algo cargante, que si acaba abusando un poco de esa elegancia centro-europea que hoy resulta tan añeja, tan trasnochada y tan fuera de lugar. En este mundo mestizo y bastardo, tan impuro y tan alejado de la perfección, Zweig, cuyos defensores son un pequeño ejército armado de buenos argumentos, no merece, en el buen sentido, que yo me dedique a zambullirme en piscinas de polémica en que puedo ahogarme. Pero su figura, esa estampa que tanto podría ser la de un escritor como la de un empresario o un reputado médico, va a servirme de pretexto. No por sí sola, sino combinada con algunas cuestiones.
Siempre me ha impresionado, hasta un punto intimidatorio, todo lo referente a movimientos radicales como el maoísmo o los jémeres rojos. Movimientos que consideraban que todo aquel educado en entorno relacionado con el capitalismo o su versión en una Asia colonizada debía ser o erradicado o reeducado hasta que el poso dejado por esa educación cediera ante el peso de las poderosas convicciones revolucionarias. Los campesinos, los guerrilleros cegados por las soflamas de sus líderes, odiaban a todo aquel que desprendiera tufo a cultura. La cultura parecía una especie de privilegio, de elemento de lujo destinado y consumido por las élites favorecidas.
Los libros son caros. Ciertos libros, de ciertas editoriales independientes que han de cuadrar sus números a costa de cortas ediciones con escasa repercusión y nulas expectativas de rentabilidad, son más caros todavía, y ni la más mínima posibilidad de una edición de bolsillo más asequible es contemplada. Las personas con duras jornadas de trabajo, sea físico o no, apenas disponen ni de tiempo ni de la condición física para disfrutar de lecturas que, a veces, no son planteadas por sus autores como sencillos ejercicios de fácil comprensión. Esas personas tienen poco tiempo, están cansadas y les cuesta concentrarse. Así que determinadas profesiones parecen ser incompatibles con los requisitos del hábito de la lectura. Una abyecta lógica que funciona. Luego, los que nos sometemos a ritmos de lectura, no por autoimpuestos o placenteros, menos leoninos, solemos ser encapsulados como freaks o raritos. Encima, nosotros no ayudamos demasiado cuando, en un intento de hacernos los interesantes o eludir ese aburrido estereotipo, proclamamos que la lectura es un vicio, lo equiparamos a meterse droga por la vena, lo comparamos con postrarse en una barra atrincherados tras una hilera de vasos vacíos. La lectura es un vicio y nosotros somos tan valientes de caer en él, y regocijarnos. Somos unos viciosos, qué vamos a ser aburridos. Y como somos viciosos, algunos nos podemos permitir eso, a base de una dieta combinada de colecciones heredadas, préstamos indefinidos de amigos olvidadizos, hurtos en grandes superficies, visitas a amigos libreros benévolos con sus márgenes, eventuales colas en cajas por empeñarnos en comprar justo ese libro en Sant Jordi o en Navidades, regalos de amigos o familiares que se vanaglorian de conocer nuestros gustos (complementados con visitas esquivas para cambiar esa porquería ilegible), y todo eso.
La lectura es un vicio, pero yo no me imagino a nadie atracando para comprarse un libro. Y soy capaz de imaginar muchas cosas. Hoy mismo he soñado con una ciudad atravesada por un río en cuyo lecho había hileras de coches inundados. De a cuatro, eran las hileras, y en el sueño yo pensaba que todos los coches eran Seat 600 y que eso era una especie de monumento-performance de algún chalado creativo, pero entonces vi un Toyota Celica, o quizás era un Hyundai, con su alerón.
Así que, sí, todo parece precipitarse hacia una terrible conclusión, que no es otra que la lectura compulsiva es un caprichito burgués. Caprichito, he dicho, en diminutivo. Capricho es irse a comprar una bufanda a NY con el primer avión que sale, pero caprichito es eso, algo de medio pelo.
Quede claro que leer Chavs, que mencioné aquí no hace demasiado, sigue siendo una influencia en todas estas disquisiciones. Todo el mundo debería leer ese libro.

dijous, 11 de setembre de 2014

TRESCIENTOS



Sólo hay un precedente, tan lejano que me hace reflexionar seriamente, de post en demanda. Eso fue entonces, pero esto es ahora.Y si últimamente antepongo la cuestión política a la futbolística, justo es que, antes de volver a hablar del Barça (mi excedencia, dije, era de un par de meses), cumplimente una petición y fije esa fecha. 300. Horacio me recuerda lo significativo de esa cifra. 
Primero: significativa porque estamos entregados al sistema numérico decimal. Que uno, después de leer a Bruce Chatwin, pone muchas cosas en duda.
Segundo: ah, Horacio, ah, amigo, cómo sabías que no merecía reacción alguna por tu parte esa cosa mía, ese pataleo, de hace unas semanas que venía a sugerir que el proyecto absurdo, personal y quijotesco del blog propia podía desaparecer o ir a la vía muerta o fundir en negro (y gracias, Álex, Deborahlibros, Selene, y 6Q, por el apoyo). Cómo lo sabías, cómo me conoces, Horacio, que sabes que no puedo tener los dedos quietos y que el papel en blanco es un redil al que siempre vuelvo.
Tercero: qué mejor sitio que la terraza que me veía tantos medios días de entretiempo, qué mejor que este calor húmedo de día nublado de final de verano.
Vamos.

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Periodista: Sr. Rajoy, voy a hacerle una única pregunta, y tiene todo el tiempo que un conocido mío tarde en escribir un post en pensar su respuesta:

¿Aunque la máxima afrenta de los catalanes fuera votar sobre su futuro y actuar pacíficamente en consecuencia de lo que esa votación deparara, tomaría usted la decisión de que el estado español interviniera por las armas en Catalunya?

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¿Me siento inglés, o me siento estadounidense, por hablar a menudo en inglés, porque muchas de mis canciones favoritas lo sean en este idioma, o porque sea el idioma predominante (2 de 5, no es tanto) en mi quinteto de escritores favoritos? ¿Tendrá tanto que ver que mantenga este blog en castellano? Porque quizás éste sería el primer argumento para hacerme la contraria.
El problema es que me enamoré de mi mujer y no de otra. Y el problema es que abracé los colores de un equipo de fútbol y no los de otro, y el problema es que tomé un libro de Bolaño que era corto antes que uno que era más largo e inasequible (en aquel lejano entonces). Son cuestiones en que influyen muchos detalles: las circunstancias, la casualidad, las alternativas, sí, pero al final, es este individuo, el poseedor de estos dedos que Horacio sabe que no pueden parar sobre el teclado, el que decide. Y yo he decidido ser catalán y no ser español. Oigan: nada en contra, nada en contra sobre todo si sus argumentos no empiezan a ser los de siempre. Tampoco quiero ser camboyano, por ejemplo. O bielorruso, o guatemalteco. Ni sueco ni alemán. Y esta es una decisión mía que ni siquiera he intentado propagar demasiado. No me va la propaganda, ni persuadir a nadie. A todos les digo lo mismo: sentaos y mirad a vuestro alrededor. Decidid, y que en esa decisión fluyan todos vuestros sentidos: la intuición, la lógica, el romanticismo, la sensación de seguridad, la consciencia individual, los miedos, las preferencias, la simpatía, la preservación de la especie, la fe en el futuro, la confianza en los semejantes.
300. Sí, Horacio, bonito conmemorar un número redondo, e idílico que seamos una nación que conmemora una derrota para no olvidar una humillación, para decir tal día caímos e igual tal otro día nos levantemos. Pero sabed: a pesar de que suelo caer fascinado leyendo textos de acontecimientos del pasado, la historia no pesa en mi decisión. O no pesa mucho. Los catalanes que me rodean no tienen que ver con los de hace 300 años. No me interesa que defendieran a un monarca o a otro. Los que estamos aquí 300 años después no queremos ningún monarca (y menos al hijo del que un dictador sanguinario designó, por supuesto). Entonces éramos otra sociedad: no existía nuestro particular melting-pot actual, no había futbolistas argentinos ni marroquíes ni compañeros de trabajo de orígenes filipinos o colombianos ni tenderos chinos ni pakistaníes ni compañeros de mis hijos procedentes del Brasil y de Italia. Son esos, somos esos los que queremos una nación propia y unos gobernantes que obedezcan nuestros mandatos sin pedir permiso a otros gobernantes que obedecen otros mandatos. Catalunya, donde el PP es, ahora mismo, quinta o sexta fuerza política, con un peso en las instituciones locales que, ay, que me meo de risa, obedece (por la fuerza de una ley que bien poca gente votó) a España, donde ese PP disfruta de una cómoda mayoría absoluta de la cual las encuestas de intención de voto solo ponen en duda lo de absoluta. Nos mandan los que los demás han votado. Puro y duro. Si esto no es suficiente. Claro que hay catalanes que nos revienta cómo son. Claro: si seguramente lo que anhelamos es ser una sociedad tan normal que tenga hasta atracadores en nuestro idioma. Dona'm els quartos. Queremos adolescentes con caras pasmadas iluminadas por las pantallas de sus smartphones. Queremos jubilados asomados en las barandas de las obras. Queremos amas de casa atribuladas compatibilizando jornadas laborales. Queremos bomberos con pose de héroes. Queremos todo lo que tiene una sociedad normal y aceptaremos lo malo porque no queremos ser Disneylandia. No queremos ni intentarlo. Pero queremos decidirlo, y para decidirlo hay que saber qué es lo que queremos todos y eso solamente se sabe votando. Hay que empezar por algo. Y pretendemos que sea por ahí. Qué queremos ser y cómo queremos serlo. 
La cuestión económica, dicen. Que si ahora Catalunya ha descubierto a sus propios ladrones (no, que si Catalunya ahora se ha decidido a desenmascararlos). Pues claro. ¿Alguien va a creerse que el ciego interés del estado español por mantener su hegemonía imperialista no tiene que ver con nuestro potencial productivo? (sí:el talante español no comprende que nos consideramos invadidos y anexionados, como una Austria cualquiera). Con nuestro atractivo turístico, nuestra geografía variada, nuestro clima benévolo, nuestro emplazamiento estratégico. Va: no seremos tan pobres cuando seamos una nación independiente si los españoles siempre insisten en la ruina económica que representaría para ambas partes una separación. No nos pongan los clásicos ejemplos, que contra una Bosnia hay una Dinamarca y contra una Macedonia hay una Holanda. 
Así que, a pesar del simbolismo de una cifra y de una efemérides, yo pensaba igual hace dos años y pensaré igual dentro de dos, aunque me amenacen o me tilden de traidor a España, como han hecho los cafres por Twitter. Es una cuestión que sale de dentro y sobre la que no hay nada que hacer. Y si muchos, por medios iguales a los míos o diferentes, llegamos a la misma conclusión, algo va a haber que hacer. ¿No?

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Él: Eeeehhhh.

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Ah.

dimarts, 2 de setembre de 2014

ESTÉRIL PARRAFADA QUE NO VIENE A CUENTO


Bueno: no se trata de explotar hasta la saciedad las ocurrencias que surgen a través de otros canales. Pero hace unos días fui convocado por Twitter a incluir bajo el hashtag #FotoCinéfila una imagen. Y convocar a otros a que hicieran lo propio. Nos entretenemos con estas tonterías, sí. De hecho, sin saber ni siquiera si existe lo correspondiente a #FotoSeriéfila voy a colgar una foto. Pero en fín: tan desacostumbrado estoy en lo de publicar (alguien me recuerda que me quedan 1600 post aún) que casi me siento cohibido a la hora de escribir. Y es que quiero explicar mi elección. Que muchos dirán que para qué explicar la elección de un fotograma, que quien conozca la procedencia y la situación ya lo explica perfectamente. Que es casi una ofensa para los que ya están al corriente. Que eso se llama reiterarse. O ser un puto pesado. Os creéis que eso me va a parar. Ja. Ingenuos. Pues bueno: la imagen pertenece a una de las escenas finales de Ocean's Eleven. Eso supongo que ya deberían saberlo algunos. La versión de Steven Soderbergh. La que incluye todo un gran reparto. Odio la palabra elenco. Aviso. Pero ahi están Clooney, Pitt y Damon. Y hay que recordar que el personaje de George Clooney se llama Frank Ocean. Y la escena se produce una vez se ha dado el golpe, y éste ha resultado ser un éxito. Once tipos acaban de enriquecerse a costa de unos cuantos casinos. Que ya sabemos que detrás de los casinos siempre hay intereses turbios. Once tipos de diferentes orígenes y de diferentes personalidades. Once tipos que saben que va a ser difícil que vuelvan a verse porque el botín del robo debería darles para vivir cómodamente de ahí en adelante. Que ni siquiera ven demasiado oportuno ponerse a conversar sobre los avatares del golpe, que prefieren mirar cómo los chorros de agua suben ante sus ojos, cambian de intensidad y de color. Tal es el placer, tal es su relajación. Y de fondo, una de esas grandes orquestas algo kitsch interpretan el Claire de Lune de Debussy en un arreglo despampanante, colosal, majestuoso, absolutamente arrebatado en su exceso. Cuerdas, cuerdas y más cuerdas. Las cuerdas de la vida. Una conjunción perfecta, imágenes, sonido, sensación de que ese delito hace justicia. Sí: la composición del grupo, las personalidades integradas en el grupo, desde séniors sin nada que perder hasta jóvenes cuyas cualidades particulares no les han deparado aún nada bueno, vendría a ser una especie de representación en miniatura de todos los desclasados del planeta, de todos esos granujas simpáticos que sólo quieren ganarse la vida a costa de pequeños pellizcos a las grandes fortunas.  Porque ahí estamos todos del lado de los delincuentes. Que no han hecho daño a nadie más que al bolsillo de alguien cruel, avaricioso y acaparador. Oh. Menuda combinación perfecta para establecer analogías con todo lo que pasa. O para confeccionar una teoría sobre los matices del delito, sobre qué encontramos justificable y qué es deleznable. Robo. Mal. A un banquero, Bien. Delincuente de cuello blanco contra la sociedad. Mal. Contra el sistema. Bien. Asesinato. Mal. De un especulador. Bien. Era mujer. Ah, Pero no era madre. Uy. Vamos: analicemos nuestros propios comportamientos cargados de prejuicios e hipocresía. Creo que a todos nos gusta esa imagen si hemos visto esa película porque nos excita cambiar de bando, y claro, Clooney, Pitt, todos esos, encarnan al eterno perdedor que una vez se sale con la suya. De momento.
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