dissabte, 13 de desembre de 2014

LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN


¿A qué obedece ese brillo en la mirada? Bueno, a qué obedecía. Puede que ese día, antes de la entrevista o la intervención televisiva o lo que quiera que fuera el evento al que corresponde esta imagen, Monzó se pimplara un par de vasos de bourbon. Id a saber: confeso amante de la buena "be-vida", jamás tuvo el mínimo reparo en reconocer su costumbre en lo referente a las bebidas espirituosas, sobre las que no escatimaba comentario alguno en sus escritos, si la ocasión lo precisaba. Para los que vamos siguiendo sus andanzas, pues Monzó encarna a la perfección ese perfil a la vez militante y crítico, queda bastante claro que, últimamente, el escritor, que debe rondar la sesentena, ha sido apercibido acerca de su estado de salud, cuestión que suele llevar aparejado el clásico consejo médico de alejarse de muchas cosas. Tabaco, bebida, comidas grasas o copiosas, estupefacientes sin receta, malos hábitos de sueño, ya sabéis. Y parece que Monzó les hace caso. Y parece que eso ha afectado a su brillantez. Por lo menos, la verbal. Monzó ha perdido su mojo. Habla más pausado, habla sin saltar de un tema a otro, sin atropellar al interlocutor, sin que su tono de voz ya nos haga imaginar su clásico derroche facial de tics. O eso me parece.
El caso es que vengo de aburrirme ayer de lo lindo en una cena de empresa. Sí; de lo lindo, y simplemente porque, años que uno tiene y temor a los controles policiales que suelen proliferar en noches como esta en Barcelona, decidí limitar de forma drástica mi consumo de alcohol, que venía siendo mi manera de sobrellevar estos eventos. El resultado fue un desastre absoluto, una especie de incomprensible actitud de no estar para muchas tonterías, y una reflexión que se me solapa con muchas cuestiones. Como acordarme del famoso personaje de cierto añejo capítulo de Friends, un tipo al que apelaban el divertido porque eso era lo que era bajo los efectos del alcohol, pero que aparecía en una fiesta hecho un absoluto aburrimiento y explicando que esa persona que era antes lo era porque era alcohólico. Como hacerme eco de todos esos famosos mitos que, aparte de afectar a escritores de los 60 y los 70 como Burroughs o Hunter S. Thompson, se extendían hacia mitos como Poe, del que se hablaba (hasta concretar en cuales en concreto de sus cuentos) que escribía bajo los efectos de los opiáceos. Y no hablaré de música en relación a ello.
Pero el remate ha sido cierta coletilla en cierto mail de hoy. Pasar página respecto a DFW. Ese escritor. Para mí, Foster Wallace no es ese sino este. Tal es su cercanía y tal es el interés y el sentido de la comprensión que me acerca a su obra. No a toda su obra. O tenemos alguna necesidad de ver a nuestros amigos en todas las facetas de su vida. Dicen, escriben, que DFW acusó cómo el abandono del Nardil, medicamento que usaba para la depresión, afectó a lo brillante de su obra. Que era extrañamente receptivo a las críticas y que su afán de perfección, su obsesión por gustar y mantener el nivel que era consciente de ser capaz de alcanzar, pesaban como una losa en una personalidad que era complicada. No voy a especular con fechas ni con eventuales reencarnaciones, aunque no puedo, a estas alturas, descartar nada. Pero ese espíritu insano, turbio, obseso y vitalista es todo un testigo que, junto a otros miles, me gustaría tomar. Aunque puede ser que ni el planteamiento de este post sea del todo cierto. 
Pues estamos bien.

diumenge, 30 de novembre de 2014

LA CUESTIÓN DE LA ESDRÚJULA


Me gustan las palabras esdrújulas. Es, seguramente una filia surgida de mis tiempos de estudiante, pues las esdrújulas eran palabras que desvelaban todas las dudas en lo concerniente a su acentuación. Menudas demócratas, las palabras esdrújulas. Sí, ya sé que la cuestión de la acentuación es una ayuda para la correcta lectura de los escritos. Sí, ya sé que este comentario está un poquito prendido con pinzas. Claro, para los que no escriben a menudo (yo, aunque no sea siempre aquí, me las doy de escribir a menudo: sale en cada conversación una o dos veces), esto que digo es una tontería. Pero la escritura en internet tiene esas cosas. Uno descuida las formas o se ve a sí mismo repitiéndose en exceso, abusando de las expresiones, de los dos puntos, de las elipses, del "y" como enlace entre frases, de la asíndeton, de la polisíndeton. Uno abusa de muchas cosas y entonces, igual que, en mis tiempos de comprador de discos, tanto una mala como una buena compra significaban que volvía a la tienda el sábado siguiente, hoy, en mis tiempos de escritor abnegada o resignadamente amateur, cuando encuentro algo que me gusta incido sobre ello: sea una canción, una frase, un libro o un autor. Owen Jones sería un ejemplo paradigmático: La demonización de la clase obrera me hace reconsiderar muchas de mis opiniones. Constantemente.

Por ejemplo: la cuestión de las élites. Para empezar, brillante mención mía al inicio del párrafo, esa palabreja, élite, importada del idioma francés, es igualmente admitida como palabra esdrújula y como palabra llana. Y se puede pronunciar a la francesa, así "elit". El elitismo es uno de esos conceptos que viene y va en las Grandes Modas a Gran Escala de Nuestra Señora la Humanidad. De repente gusta el sentirse miembro de un grupo poco concurrido, de repente esa minoría es señalada como la responsable de las enormes desigualdades, de repente unos elegidos parecen abocados a preservar una cierta exquisitez, de repente nos damos cuenta de que tildar a las representaciones masivas de lo popular como vulgares es injusto, avieso, perverso, en definitiva, otra forma de proyectar un aire de superioridad que no nos corresponde. Y yo lo dije en un correo privado de hace unos días: hay mediocridad mala y hay mediocridad buena. Metámosnoslo en la cabeza, porque este convencimiento mío es de esos que no admite demasiada discusión. La mediocridad de lo que gusta a muchos porque ha dispuesto de la suficiente difusión para hacerse popular no puede ser intrínsecamente mala: puede gustarnos o no, pero no es mala. Por mucha gente que alabe a Breaking Bad o OK Computer de Radiohead, no van a ser peores: puede que nos hartemos de ellos a causa de la sobreexposición a que pueda someternos el entusiasmo generalizado pero, si vamos a ser puntillosos, eso no pasó cuando los disfrutamos por primera vez y caimos cautivados por sus virtudes. En el fondo, querernos poner a salvo de toda mediocridad, querer hacer bandera de esnobismo y exclusividad en los gustos es como lo de los artículos de lujo: un ejercicio absoluto de egoísmo, cuando no es una actitud de narcisismo insano. El compartir en pequeños comités (otro galicismo) nos otorga un halo de seres únicos, nos pensamos que sabemos cosas que los demás no saben, nos pensamos que disponemos de un sexto sentido en nuestras apreciaciones, y ello, creemos, nos distingue de toda esa masa a la que le gustan cosas más comunes. De ahí, Freud no tardaría ni tres frases en deducir que tenemos gustos minoritarios para follar más, o para acceder a mejores personas con que follar. Bueno era Freud. Entonces, la mediocridad solo es mala cuando responde a la precipitación, al engaño, al plagio, a la falta de elaboración, con tal de apelar al perfil de la simplificación per se, con tal de programar resortes para el éxito en función no de talento sino de planificación. No: los gustos mayoritarios no tienen porqué ser mediocres. Son eso, mayoritarios, por algún motivo que, seguro, si muchos de los artistas que nos parece que son vocacionalmente minoritarios llegaran a descubrir, anda que no aprovecharían. Pues vamos.

dijous, 6 de novembre de 2014

MANIOBRAS DE DISTRACCIÓN

Yo debería estar hablando de otra cosa. De una cuenta atrás que ahora estaría en ese 3,2,1 final tan premonitorio, tan de señor pistola en alto, tan de manos sobre el tartán y musculatura de pierna en absoluta tensión.
Pero tengo esas cosas: tras algún tiempo en el que, Vampire Weekend aparte, me ha costado mucho concentrarme en búsquedas de nuevos sonidos, resulta que apenas un par de minutos de un inquietante vídeo del cual todavía no soy capaz de sacar ninguna conclusión, más el correspondiente sonido, sí, claro, me sitúan en pie de guardia ante la posibilidad de que Arca pueda ser el nuevo salvador de la deprimente (por repetitiva, por uniforme, por estereotipada) escena electrónica. Curioso, un músico alejado de los perfiles habituales. ¿Cuántos venezolanos conocemos, que estén metidos tan a fondo como para tener dos grandes referencias en su CV? Diseñar el sonido de FKA Twigs, que podríamos decir que son, casi, una mezcla bastarda de lo mejor que podrían ofrecer Kelis o Mrs, Dynamite en sus mejores momentos, más lo que parecían prometer AlunaGeorge y un tracklist estropeó. Y participar en Yeezus, único disco que he soportado de Kanye West, aportando ruido, distorsión, reverberación, corpulencia. Eso es todo lo que sé del tipo este, porque, hoy escribía en otro lado y a cuenta de algo que no era un disco, la mitomanía forma parte del pasado y si busco una foto del tipo, y me decido a comprobar su nombre es porque, Francesc, un mínimo, Francesc, vamos. El nombre es Alejandro Ghersi: también dicen que anda metido en lo nuevo de Björk, cosa muy coherente, dado que Björk ya obtuvo una cúspide de su carrera con Mark Bell jugueteando con ritmos y cuerdas en Homogenic. Y eso es lo que parece que Arca obtiene de su sonido. Podría citar una referencia obvia en lo estético, Richard D. James alias Aphex Twin y otros 300 alias más. Hasta esa curiosa filia por los vídeos perturbadores, que contienen figuras asexuadas (o multisexuadas, que me despisto), que retuercen órganos y extremidades, que parecen evoluciones de tumores plasmadas a cámara fija, hasta eso parece emparentarlos. Y el uso de las figuras infantiles. Condenado Youtube, condenadas cámaras en infrarrojos. Michael Cunningham, cuánto te debe la cultura visual moderna.


Y aunque Thievery, que así se llama este experimento de sensualidad equívoca, sea un hito solitario de apenas tres minutos dentro de un disco que no dura ni cuarenta, pues resulta que le noto alguna cosa que no había notado hacía tiempo. 

Pero yo debería hablar de otra cosa, lo sé. Para qué insistir en el tema, pienso. Cartas sobre la mesa, excitación como no recuerdo antes. Lo intentamos de una manera, de otra, quizás haga falta otra treta, apenas 60 horas para comprobar si, ya que nuestros políticos demuestran ser iguales a otros en ciertos aspectos, les da por ser diferentes de otros en valentía, en firmeza, en sentido de la determinación.


En cualquier caso, hay que ir conociéndome. Aún oigo muy a menudo esa maravilla que es el speech inicial de Giorgio en ese disco de Daft Punk que ahora nos parece que es de la prehistoria. Aún me sorprendo oyendo a un tipo hablar del sonido del futuro y cómo el sintetizador estaba agazapado en una pista de la mesa de mezclas, esperando a ser descubierto. Oigo como la música se incorpora por capas bajo sus palabras y como esas cuerdas hacen que la música adquiera una especie de calidez nocturna que no sé llamar de otra forma.
Puede que Arca sea el futuro, pero puede que mañana yo diga que ya es el pasado. Ya me iréis conociendo, ya veréis.


diumenge, 19 d’octubre de 2014

DOS ESPADAS Y UNA PARED


Creo que aquí ya he dejado muchas muestras de mi escasa o nula afinidad con Artur Mas. Un político que hace muchas cosas que garantizan que no me fíe de él: ir a misa, aprobar recortes, apoyar crueles reformas laborales, pactar con el PP. Algunas en el pasado, otras obligado por las circunstancias, pretextos no le faltarán, pero las ha hecho. Un político cuyo ascenso al poder parecía el colofón de una especie de obsesión personal, tras dos intentos fallidos previos en los que, a pesar de ser cabeza de la lista más votada, estrambóticos acuerdos entre otras listas habían evitado que fuera President. Y resulta que accede a ese cargo en plena época de dificultades y convulsiones, que coincide con la infernal mayoría absoluta que permite al PP reverdecer su filofranquismo. Todo lo cual genera un caldo de cultivo que varios hechos precipitan. Para nada un proceso rápido. Cuatro años que, perdonad, a los de cierta edad nos parecen una eternidad. Cuatro años que se inician cuando el Tribunal Constitucional (el paradigma de la separación de poderes imperante en el estado español) tira para atrás una ley votada por el electorado catalán. Que continúa con las posteriores movilizaciones y la irrupción de diversas asociaciones que, en 2012, empujan a Mas hacia la primera de sus disyuntivas. Recibe el mandato de una manifestación de casi dos millones de personas para que inicie un proceso de constitución de un estado catalán: una república, para más señas. Ese mandato se ratifica y se vuelve más imperativo dos años después y, a medida que ese mandato es más claro y contundente desde la expresión de la gente (mucha gente) en la calle, más clara, contundente e inflexible es la respuesta del gobierno español. No. Muchas veces no, pero con decir el no final ya es suficiente. No a todo, e indiferencia absoluta hacia la magnitud (absoluta y relativa) de las movilizaciones. La gente le aprieta: le ha apretado hoy, fecha clave cuando, a tres semanas de una consulta prohibida de raíz, la gente pide desobediencia y desacato hacia las decisiones del gobierno, la gente pide que la clásica indefinición que ha arrastrado el nacionalismo desleído del partido que Mas lidera se aclare. Entonces Mas debe concretar su posición y cede en su ambigüedad: se declara independentista y se pone al frente, ejecuta una pirueta felina para abanderar una especie de entente cordiale que aglutina movimientos casi antagonistas: se sienta con los independentistas claros, con la izquierda de levísimas raíces marxistas y con la izquierda simpatizante con los círculos libertarios. Encuentran un lugar común, la reivindicación de un estado propio, y tiran adelante. Mientras los escándalos en torno a grandes figuras de su partido salen de debajo de las piedras, mientras todas las encuestas pronostican que ha perdido el apoyo mayoritario a favor de algunos de los que ahora se sientan en esa gran mesa junto a él, Mas se atrinchera no en el poder, sino en la primera línea del poder. Recibe los mandatos, claros y altos: convoque elecciones, inicie el proceso, organice una consulta, desobedezca, no dé un paso atrás. Soñaba con imperar y solo recibe imperativos.
Primera espada. Visible.
Pero Mas es un político de largo recorrido. De esos políticos que han pasado muchas noches en hoteles de Madrid, y de esos políticos a los que sus homónimos españoles han cogido del hombro y le han dicho si en el fondo pensamos igual - la cosa neoliberal y capitalista - cuándo se os va a ir la tontería esta de la independencia de la cabeza. Alguno de esos políticos le habrá ido a decir Arturo y todo. Se habrá parado y habrá dicho, es Ártur o es Artur? Esos políticos no se explican su inflexión. No entienden como un señor que venía de vez en cuando desde Barcelona en el primer o segundo puente aéreo, a la que le citaban, que saludaba con una ligera inclinación de cabeza en gestos manifiestos de sumisión, a presidentes de gobiernos centrales o de parlamentos, o a monarcas, ahora se suba a la parra y todo porque la gente le sale a la calle y se lo pide. No creen que eso haya de ser así: no creen que la voluntad que se manifiesta en multitudes tenga legitimidad alguna, coño Ártur, o es Artur, para eso están las elecciones cada cuatro años y hacer lo que nos salga de las narices, la mayoría son políticos la mar de cómodos con la dictacracia que favorece una mayoría absoluta, y, sobre todo, están muy extrañados de lo que este chico que votaba y votará junto a ellos en los grupos liberales del parlamento europeo se haya sublevado de esta manera. Menuda insubordinación. De hecho, confían que el tono ascendente en que lo amenazan le haga entrar en razón.
Segunda espada. Levemente menos visible.
Y el enigma es cómo acabará todo esto. El enigma es en qué lado acabará Mas, si reculará y se presentará en Madrid con una sonrisa de circunstancias y cara de qué buena broma, verdad Mariano, o si se inmolará y aceptará las rentas no políticas sino morales de haberse limitado a ser el ariete, y luego haber quedado ahí, tirado al lado de la puerta, mientras los demás acceden a un castillo que, hoy por hoy, sólo podemos imaginar qué contiene.

diumenge, 5 d’octubre de 2014

DORTMUND, 1988

Más borde no se puede ser: hace décadas que me la suda que Prince saque un disco. Sí; he dicho décadas porque eso es exactamente. Dos décadas, veinte años, hace que sucumbí a comprar Come, un disco cuyo gran mérito consiste en una portada con el cantante en frente de una de las verjas del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Un disco del que no soy capaz de recordar ni la melodía de una sola canción. Un disco, qué novedad hablando de Prince, con unas cuantas piezas de funk-rock y funk-pop de tonos sensuales. Wow. En 1994 eso debía ser un panorama la mar de prometedor, tanto como para que yo pasara por caja. Pero el tiempo que ha pasado, y sé que Prince empezó a liarse (o igual entonces ya estaba liado) con cambios de nombre, con atribuirse un símbolo extraño como nombre, con apariciones públicas con la palabra slave escrita en la mejilla, pues la cosa era de liberarse de un contrato prolongado y abusivo que, supongo que a cambio de una apetitosa cantidad, había firmado con la Warner. Sí, hubo una buena época en que Prince parecía ser el paradigma, no me hagáis decir de qué, narices, dejémoslo en que era un paradigma. Una alternativa a un Michael Jackson que parecía alejar su música de otra cosa que no fuera sexualidad de opereta. Prince no: las chicas Prince, (que ahora mismo me es muy difícil enumera -me quedo en Carmen Electra, porque no voy a considerar chica Prince a una señora entrada en carnes y kilos como Mavis Staples), eran otro apetitoso complemento visual. Todas cantando estereotipados clásicos de segunda fila que sustituían a los clásicos de primera fila, los del artista al que venían de hacer coros.
Que ahora Prince vuelva a publicar dos discos es el mejor pretexto para que una mala persona como yo ponga los puntos sobre las íes. Igual que hay libros que se tienen más que se leen, debo confesar que la cuantiosa discografía de Prince que llegué a acumular (como una docena de vinilos, todos prácticamente desde For you hasta ese Come) no es que hayan sido reproducidos muchas veces. De hecho, cosa que sí soy capaz de hacer con Ok Computer, Behaviour, o Coexist o Modern vampires of the city, ni siquiera de aquellos que más me gustan soy capaz de recitar un track-list que ampare más de cinco o seis canciones, y, tramposo de mí, la mayoría suelen ser singles que, a estas alturas, están más que desgastados por su omnipresencia en esas depresivas emisoras de radio que enfocan sus audiencias hacia décadas musicales. No es que las oiga, pero sé que las ponen y esa seguridad ya obra en mí ese pernicioso efecto. ¿Hace falta oir más veces Kiss, Purple rain o Little red Corvette? Cruel decirlo así: Prince empezó, con su ridículo bigote chicano, a ser una especie de Jimi Hendrix que no había muerto, luego parecía ser un Michael Jackson que no iba a morir, y ahora parece una personalidad inofensiva, una especie de artista agarrado a un día de la marmota musical que consiste en eso, funk, pop, rock, baladas sensuales, algún detalle experimental casi siempre indigesto, todo ello resultado de eso tan calamariano que es la incontinencia creativa (sin la compensación de un criterio de selección de calidad). Prince es respetable por los clásicos que dejó atrás, algunos no tan conocidos pero que no voy a insistir mucho en revisitar: muchos me parecen endeblemente producidos, el tiempo no les ha hecho un favor para nada. No deseo que deje de publicar si eso es lo que le place y si encuentra gente que responda a sus cada vez más endebles estímulos. Pero su momento queda tan atrás que no he sido capaz ni de encontrar una grabación decente en Youtube de lo que mejor recuerdo me dejó de toda su carrera: su soberbia interpretación de When u were mine en el concierto de Dortmund en 1988. Sí, demasiado lejos.

http://v.youku.com/v_show/id_XNDQ3OTQ5NzA4.html

minuto 27, o por ahí, para quien tenga paciencia

dimecres, 24 de setembre de 2014

LOS TRES PIES AL GATO


El detonante suele ser Stefan Zweig. A partir de pensar en Zweig, de cuya obra no puedo alardear más que de un breve conocimiento puntual y algo tramposo, mis elucubraciones, inducidas por cierto sector afín a mis más oscuras filias, van hacia el mismo lado. Que si era un escritor burgués, que si su estilo acaba resultando algo cargante, que si acaba abusando un poco de esa elegancia centro-europea que hoy resulta tan añeja, tan trasnochada y tan fuera de lugar. En este mundo mestizo y bastardo, tan impuro y tan alejado de la perfección, Zweig, cuyos defensores son un pequeño ejército armado de buenos argumentos, no merece, en el buen sentido, que yo me dedique a zambullirme en piscinas de polémica en que puedo ahogarme. Pero su figura, esa estampa que tanto podría ser la de un escritor como la de un empresario o un reputado médico, va a servirme de pretexto. No por sí sola, sino combinada con algunas cuestiones.
Siempre me ha impresionado, hasta un punto intimidatorio, todo lo referente a movimientos radicales como el maoísmo o los jémeres rojos. Movimientos que consideraban que todo aquel educado en entorno relacionado con el capitalismo o su versión en una Asia colonizada debía ser o erradicado o reeducado hasta que el poso dejado por esa educación cediera ante el peso de las poderosas convicciones revolucionarias. Los campesinos, los guerrilleros cegados por las soflamas de sus líderes, odiaban a todo aquel que desprendiera tufo a cultura. La cultura parecía una especie de privilegio, de elemento de lujo destinado y consumido por las élites favorecidas.
Los libros son caros. Ciertos libros, de ciertas editoriales independientes que han de cuadrar sus números a costa de cortas ediciones con escasa repercusión y nulas expectativas de rentabilidad, son más caros todavía, y ni la más mínima posibilidad de una edición de bolsillo más asequible es contemplada. Las personas con duras jornadas de trabajo, sea físico o no, apenas disponen ni de tiempo ni de la condición física para disfrutar de lecturas que, a veces, no son planteadas por sus autores como sencillos ejercicios de fácil comprensión. Esas personas tienen poco tiempo, están cansadas y les cuesta concentrarse. Así que determinadas profesiones parecen ser incompatibles con los requisitos del hábito de la lectura. Una abyecta lógica que funciona. Luego, los que nos sometemos a ritmos de lectura, no por autoimpuestos o placenteros, menos leoninos, solemos ser encapsulados como freaks o raritos. Encima, nosotros no ayudamos demasiado cuando, en un intento de hacernos los interesantes o eludir ese aburrido estereotipo, proclamamos que la lectura es un vicio, lo equiparamos a meterse droga por la vena, lo comparamos con postrarse en una barra atrincherados tras una hilera de vasos vacíos. La lectura es un vicio y nosotros somos tan valientes de caer en él, y regocijarnos. Somos unos viciosos, qué vamos a ser aburridos. Y como somos viciosos, algunos nos podemos permitir eso, a base de una dieta combinada de colecciones heredadas, préstamos indefinidos de amigos olvidadizos, hurtos en grandes superficies, visitas a amigos libreros benévolos con sus márgenes, eventuales colas en cajas por empeñarnos en comprar justo ese libro en Sant Jordi o en Navidades, regalos de amigos o familiares que se vanaglorian de conocer nuestros gustos (complementados con visitas esquivas para cambiar esa porquería ilegible), y todo eso.
La lectura es un vicio, pero yo no me imagino a nadie atracando para comprarse un libro. Y soy capaz de imaginar muchas cosas. Hoy mismo he soñado con una ciudad atravesada por un río en cuyo lecho había hileras de coches inundados. De a cuatro, eran las hileras, y en el sueño yo pensaba que todos los coches eran Seat 600 y que eso era una especie de monumento-performance de algún chalado creativo, pero entonces vi un Toyota Celica, o quizás era un Hyundai, con su alerón.
Así que, sí, todo parece precipitarse hacia una terrible conclusión, que no es otra que la lectura compulsiva es un caprichito burgués. Caprichito, he dicho, en diminutivo. Capricho es irse a comprar una bufanda a NY con el primer avión que sale, pero caprichito es eso, algo de medio pelo.
Quede claro que leer Chavs, que mencioné aquí no hace demasiado, sigue siendo una influencia en todas estas disquisiciones. Todo el mundo debería leer ese libro.

dijous, 11 de setembre de 2014

TRESCIENTOS



Sólo hay un precedente, tan lejano que me hace reflexionar seriamente, de post en demanda. Eso fue entonces, pero esto es ahora.Y si últimamente antepongo la cuestión política a la futbolística, justo es que, antes de volver a hablar del Barça (mi excedencia, dije, era de un par de meses), cumplimente una petición y fije esa fecha. 300. Horacio me recuerda lo significativo de esa cifra. 
Primero: significativa porque estamos entregados al sistema numérico decimal. Que uno, después de leer a Bruce Chatwin, pone muchas cosas en duda.
Segundo: ah, Horacio, ah, amigo, cómo sabías que no merecía reacción alguna por tu parte esa cosa mía, ese pataleo, de hace unas semanas que venía a sugerir que el proyecto absurdo, personal y quijotesco del blog propia podía desaparecer o ir a la vía muerta o fundir en negro (y gracias, Álex, Deborahlibros, Selene, y 6Q, por el apoyo). Cómo lo sabías, cómo me conoces, Horacio, que sabes que no puedo tener los dedos quietos y que el papel en blanco es un redil al que siempre vuelvo.
Tercero: qué mejor sitio que la terraza que me veía tantos medios días de entretiempo, qué mejor que este calor húmedo de día nublado de final de verano.
Vamos.

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Periodista: Sr. Rajoy, voy a hacerle una única pregunta, y tiene todo el tiempo que un conocido mío tarde en escribir un post en pensar su respuesta:

¿Aunque la máxima afrenta de los catalanes fuera votar sobre su futuro y actuar pacíficamente en consecuencia de lo que esa votación deparara, tomaría usted la decisión de que el estado español interviniera por las armas en Catalunya?

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¿Me siento inglés, o me siento estadounidense, por hablar a menudo en inglés, porque muchas de mis canciones favoritas lo sean en este idioma, o porque sea el idioma predominante (2 de 5, no es tanto) en mi quinteto de escritores favoritos? ¿Tendrá tanto que ver que mantenga este blog en castellano? Porque quizás éste sería el primer argumento para hacerme la contraria.
El problema es que me enamoré de mi mujer y no de otra. Y el problema es que abracé los colores de un equipo de fútbol y no los de otro, y el problema es que tomé un libro de Bolaño que era corto antes que uno que era más largo e inasequible (en aquel lejano entonces). Son cuestiones en que influyen muchos detalles: las circunstancias, la casualidad, las alternativas, sí, pero al final, es este individuo, el poseedor de estos dedos que Horacio sabe que no pueden parar sobre el teclado, el que decide. Y yo he decidido ser catalán y no ser español. Oigan: nada en contra, nada en contra sobre todo si sus argumentos no empiezan a ser los de siempre. Tampoco quiero ser camboyano, por ejemplo. O bielorruso, o guatemalteco. Ni sueco ni alemán. Y esta es una decisión mía que ni siquiera he intentado propagar demasiado. No me va la propaganda, ni persuadir a nadie. A todos les digo lo mismo: sentaos y mirad a vuestro alrededor. Decidid, y que en esa decisión fluyan todos vuestros sentidos: la intuición, la lógica, el romanticismo, la sensación de seguridad, la consciencia individual, los miedos, las preferencias, la simpatía, la preservación de la especie, la fe en el futuro, la confianza en los semejantes.
300. Sí, Horacio, bonito conmemorar un número redondo, e idílico que seamos una nación que conmemora una derrota para no olvidar una humillación, para decir tal día caímos e igual tal otro día nos levantemos. Pero sabed: a pesar de que suelo caer fascinado leyendo textos de acontecimientos del pasado, la historia no pesa en mi decisión. O no pesa mucho. Los catalanes que me rodean no tienen que ver con los de hace 300 años. No me interesa que defendieran a un monarca o a otro. Los que estamos aquí 300 años después no queremos ningún monarca (y menos al hijo del que un dictador sanguinario designó, por supuesto). Entonces éramos otra sociedad: no existía nuestro particular melting-pot actual, no había futbolistas argentinos ni marroquíes ni compañeros de trabajo de orígenes filipinos o colombianos ni tenderos chinos ni pakistaníes ni compañeros de mis hijos procedentes del Brasil y de Italia. Son esos, somos esos los que queremos una nación propia y unos gobernantes que obedezcan nuestros mandatos sin pedir permiso a otros gobernantes que obedecen otros mandatos. Catalunya, donde el PP es, ahora mismo, quinta o sexta fuerza política, con un peso en las instituciones locales que, ay, que me meo de risa, obedece (por la fuerza de una ley que bien poca gente votó) a España, donde ese PP disfruta de una cómoda mayoría absoluta de la cual las encuestas de intención de voto solo ponen en duda lo de absoluta. Nos mandan los que los demás han votado. Puro y duro. Si esto no es suficiente. Claro que hay catalanes que nos revienta cómo son. Claro: si seguramente lo que anhelamos es ser una sociedad tan normal que tenga hasta atracadores en nuestro idioma. Dona'm els quartos. Queremos adolescentes con caras pasmadas iluminadas por las pantallas de sus smartphones. Queremos jubilados asomados en las barandas de las obras. Queremos amas de casa atribuladas compatibilizando jornadas laborales. Queremos bomberos con pose de héroes. Queremos todo lo que tiene una sociedad normal y aceptaremos lo malo porque no queremos ser Disneylandia. No queremos ni intentarlo. Pero queremos decidirlo, y para decidirlo hay que saber qué es lo que queremos todos y eso solamente se sabe votando. Hay que empezar por algo. Y pretendemos que sea por ahí. Qué queremos ser y cómo queremos serlo. 
La cuestión económica, dicen. Que si ahora Catalunya ha descubierto a sus propios ladrones (no, que si Catalunya ahora se ha decidido a desenmascararlos). Pues claro. ¿Alguien va a creerse que el ciego interés del estado español por mantener su hegemonía imperialista no tiene que ver con nuestro potencial productivo? (sí:el talante español no comprende que nos consideramos invadidos y anexionados, como una Austria cualquiera). Con nuestro atractivo turístico, nuestra geografía variada, nuestro clima benévolo, nuestro emplazamiento estratégico. Va: no seremos tan pobres cuando seamos una nación independiente si los españoles siempre insisten en la ruina económica que representaría para ambas partes una separación. No nos pongan los clásicos ejemplos, que contra una Bosnia hay una Dinamarca y contra una Macedonia hay una Holanda. 
Así que, a pesar del simbolismo de una cifra y de una efemérides, yo pensaba igual hace dos años y pensaré igual dentro de dos, aunque me amenacen o me tilden de traidor a España, como han hecho los cafres por Twitter. Es una cuestión que sale de dentro y sobre la que no hay nada que hacer. Y si muchos, por medios iguales a los míos o diferentes, llegamos a la misma conclusión, algo va a haber que hacer. ¿No?

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Él: Eeeehhhh.

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Ah.

dimarts, 2 de setembre de 2014

ESTÉRIL PARRAFADA QUE NO VIENE A CUENTO


Bueno: no se trata de explotar hasta la saciedad las ocurrencias que surgen a través de otros canales. Pero hace unos días fui convocado por Twitter a incluir bajo el hashtag #FotoCinéfila una imagen. Y convocar a otros a que hicieran lo propio. Nos entretenemos con estas tonterías, sí. De hecho, sin saber ni siquiera si existe lo correspondiente a #FotoSeriéfila voy a colgar una foto. Pero en fín: tan desacostumbrado estoy en lo de publicar (alguien me recuerda que me quedan 1600 post aún) que casi me siento cohibido a la hora de escribir. Y es que quiero explicar mi elección. Que muchos dirán que para qué explicar la elección de un fotograma, que quien conozca la procedencia y la situación ya lo explica perfectamente. Que es casi una ofensa para los que ya están al corriente. Que eso se llama reiterarse. O ser un puto pesado. Os creéis que eso me va a parar. Ja. Ingenuos. Pues bueno: la imagen pertenece a una de las escenas finales de Ocean's Eleven. Eso supongo que ya deberían saberlo algunos. La versión de Steven Soderbergh. La que incluye todo un gran reparto. Odio la palabra elenco. Aviso. Pero ahi están Clooney, Pitt y Damon. Y hay que recordar que el personaje de George Clooney se llama Frank Ocean. Y la escena se produce una vez se ha dado el golpe, y éste ha resultado ser un éxito. Once tipos acaban de enriquecerse a costa de unos cuantos casinos. Que ya sabemos que detrás de los casinos siempre hay intereses turbios. Once tipos de diferentes orígenes y de diferentes personalidades. Once tipos que saben que va a ser difícil que vuelvan a verse porque el botín del robo debería darles para vivir cómodamente de ahí en adelante. Que ni siquiera ven demasiado oportuno ponerse a conversar sobre los avatares del golpe, que prefieren mirar cómo los chorros de agua suben ante sus ojos, cambian de intensidad y de color. Tal es el placer, tal es su relajación. Y de fondo, una de esas grandes orquestas algo kitsch interpretan el Claire de Lune de Debussy en un arreglo despampanante, colosal, majestuoso, absolutamente arrebatado en su exceso. Cuerdas, cuerdas y más cuerdas. Las cuerdas de la vida. Una conjunción perfecta, imágenes, sonido, sensación de que ese delito hace justicia. Sí: la composición del grupo, las personalidades integradas en el grupo, desde séniors sin nada que perder hasta jóvenes cuyas cualidades particulares no les han deparado aún nada bueno, vendría a ser una especie de representación en miniatura de todos los desclasados del planeta, de todos esos granujas simpáticos que sólo quieren ganarse la vida a costa de pequeños pellizcos a las grandes fortunas.  Porque ahí estamos todos del lado de los delincuentes. Que no han hecho daño a nadie más que al bolsillo de alguien cruel, avaricioso y acaparador. Oh. Menuda combinación perfecta para establecer analogías con todo lo que pasa. O para confeccionar una teoría sobre los matices del delito, sobre qué encontramos justificable y qué es deleznable. Robo. Mal. A un banquero, Bien. Delincuente de cuello blanco contra la sociedad. Mal. Contra el sistema. Bien. Asesinato. Mal. De un especulador. Bien. Era mujer. Ah, Pero no era madre. Uy. Vamos: analicemos nuestros propios comportamientos cargados de prejuicios e hipocresía. Creo que a todos nos gusta esa imagen si hemos visto esa película porque nos excita cambiar de bando, y claro, Clooney, Pitt, todos esos, encarnan al eterno perdedor que una vez se sale con la suya. De momento.

diumenge, 24 d’agost de 2014

SUDOR FRÍO



Cuando lo digo, en medio de la comida, nadie muestra la más mínima preocupación.

- Mi blog está muerto.

Hace unos años hubiera habido quien se hubiese quejado. Hasta quizás hace unas semanas. Allí. En esa misma mesa del sitio donde solemos comer los fines de semana. Pero hoy no.  Sí, el último post muestra a Jordi Pujol, que nunca ha sido un héroe para mí, ni lo más parecido (tampoco Artur Mas, patético émulo de caudillo timorato a la vez que obsesionado por el poder), pero que para muchos ha transmutado de héroe a villano. No es justo, no lo es, que ese sinvergüenza sea el último recuerdo de este blog por mucho más tiempo.
Pero el problema es que, y ya me referí un día a esta sensación, las ausencias prolongadas acaban provocando una necesidad de no volver porque sí. Cuesta romper esa dinámica. Tras dos o tres semanas que ya fueron precedidas por cuestiones muy dispersas, la vuelta lo ha de ser con un buen pretexto. Y ya me autolimité en lo concerniente a la cuestión futbolística: ahí todas mis naves están quemadas con un club entregado a las etiquetas publicitarias, al cuadre de balances, a la estrategia de negocio. Lo político se ha vuelto una cuestión de blanco o negro. O votamos el 9 de noviembre o todos esos políticos, casi sin excepción, son una pandilla de bastardos sumisos que no merecen el más mínimo respeto. Lo musical: llevo semanas sin grandes discos que conmuevan los cimientos de mi existencia, hasta la colaboración de Sílvia Pérez Cruz con Refree me parece una obvia jugada esteticista a la que le sobra perfección técnica y le falta víscera. Las series: parado en el tercer capítulo (fascinado, eso sí) de la primera temporada de True Detective, pendiente de rearranque cualquier día, pero sin saber cual. Los libros: narices, ya sabéis dónde están mis reacciones sobre mis lecturas, y sabed también que cada vez son más y más similares a las que aquí aparecerían.
Entonces, lo de volver.
Michel Houellebecq ahora es actor. Bueno, habrá quien defenderá si no lleva toda su existencia pública siendo un actor, una especie de impostor que lleva una buena vida describiendo cómo tipos muy parecidos a él llevan mala vida. Es actor en una especie de falso documental, como hizo Joaquin Phoenix. Sobre un falso secuestro que sufrió. Un documental sobre el curioso episodio que protagonizó (aunque esta no es la palabra que mejor defina lo que pasó) cuando, tras la publicación de El mapa y el territorio, desapareció por unos días. Días que pasó en una casa que tiene en Andalucía. Ahora parece que esa desaparición no fue tan circunstancial. Vaya. En todo caso, es noticia la presentación de este curioso artefacto en el cual Houellebecq se interpreta a sí mismo, dicen, que muy bién. No sé si esto tiene mérito. Houellebecq se ha presentado a la presentación con un aspecto que convierte a ciertos indigentes que pernoctan en la parte trasera de la Biblioteca del Raval en auténticos dandies, en auténticos fanáticos de la pulcritud y los afeites. Pelo largo, su pelo ralo pero hirsuto en versión melenita pasada por queratina de todo a cien; chaleco sin mangas, ávido de tabaco, surcos en la cara, aunque, dicen, de muy buen humor para sus parámetros, aunque confesándose agotado de escribir. Yo ya no voy a decir más de él aquí. Todos los que me leen saben que está en la cumbre de mis preferencias, aunque su escarceo previo con el cine, la dirección de la película sobre su novela menos inspirada, La posibilidad de una isla, sea digna de figurar en una antología de las peores catástrofes por las que pagar una entrada. No sé si este cambio de registro es un mal presagio de que una eventual nueva novela vaya a retrasarse o no vaya a producirse. O que decida adoptar otro estilo y abandonar a los resabiados anti-héroes que pueblan sus novelas. Solo sé que ha reaparecido de algún modo, y, aunque sea en las contadas frases que puedan salir de sus labios en una entrevista, eso es Houellebecq.

dissabte, 2 d’agost de 2014

AL DESCUBIERTO


Pujol lee: no todos seremos iguales, claro, pero a mí ciertas situaciones me impiden concentrarme en la lectura. Por poner un ejemplo, en la situación en la que se encuentra él, a mí me sería imposible avanzar una sola línea en cualquier libro que requiriera la más mínima atención. Pero claro, no todos somos iguales, ya lo he dicho un par de líneas antes. Puede ser que Pujol disponga de tal capacidad de abstracción que la inmersión en la lectura (no soy capaz de distinguir el libro que lee, por eso) opere el efecto de hacerle olvidar la realidad en la que se encuentra, realidad que, ya que estamos, se ha buscado a conciencia. No jodamos. Llegado este punto, he de confesar que todo lo que precede era un mero preámbulo. Pujol no sufre, Pujol no se avergüenza de lo que hizo, Pujol piensa que los políticos y sus sacrificios por la comunidad nunca están suficientemente bien pagados, piensa que son seres superiores con derecho a todo, incluyendo en ese todo, por supuesto, aprovecharse de su cargo para meter mano en todos los bolsillos, sin excepción, coaccionar activa y pasivamente para beneficiar a su familia, y luego considerarnos a todos unos botarates aludiendo cualquier descabellada explicación y pensando que con eso queda todo zanjado.
Pujol lee,en una de las estancias de una de las casas que cualquiera de sus numerosos hijos (recordemos: Marta Ferrusola presente en Roma en la canonización de Escrivá de Balaguer) posee en una comarca catalana del Pirineo más chic. Casas caras, casas de esas que se decoran y aparecen en las revistas, casas en cuya adquisición seguramente todos los catalanes hemos aportado algo de dinero. No hay duda.
Y Pujol lee porque no siente que tenga más problema que el afrontar un par de veces preguntas que serán inquisitivas, pero no tanto (seguro que ese día señalado sus asesores le solicitarán que deje bien visible y patente ese rostro de párpados hinchados, manchas de vejez y surcos para configurar una imagen de anciano desolado), y que con esas comparecencias, habida cuenta de que su avanzada edad le impedirá ingresar en prisión si, cosa sumamente improbable, las fechorías que puedan ser demostradas acaban constituyendo un ílícito penal, con esas comparecencias, repito que me pierdo, la cosa quedará finiquitada y, como mucho echará cuentas de lo que, a sus 84 años, le queda por vivir. Y se repetirá que ha valido la pena. Que los niños están colocados y que ya se encargará el tiempo de borrar los rastros de sus abusos.
Pujol tiene la desfachatez de leer relajado, un libro que podría ser una biografía o un ensayo (lecturas que suelen ser frecuentes en los políticos, entre los cuales no queda bien entregarse al escape de la ficción), de leer con pose atenta porque sabe que, alejado de los focos, su vida no va a cambiar gran cosa. Sabe que lo único que ha cambiado es el número de las personas que le insultan, que los motivos han variado algo, pero, en su fuero interno, no piensa que haya hecho nada más mal que otros.
Está tranquilo, señores. Yo me desgañito en Twitter deseando a CiU un desmenuzamiento tan profundo e irreversible como el del PSC, y él seguro que hoy duerme como un bebé. Yo me sobreexcito pensando en a qué coño espera Mas para dimitir y dejar de acaudillar un proceso en el que ya no tiene una representación mayoritaria, pues el remate de CiU sería solo el colofón, en Catalunya, de un proceso donde las tres grandes fuerzas de toda la vida (CiU, PSC y PP) deberían ser barridas de las urnas y postergadas, de ser posible, para no volver nunca jamás.

dilluns, 21 de juliol de 2014

PODRÁN vs PUDIERON

Descontento.
Anonimato.
Tertulias.
Campaña.
Redes sociales.
Éxito.
Millón.
Sorpresa.
Focos.
Coleta.
Corbata (floja).
Camisa (roja)
Coherencia.
Contundencia.
Repetición.
Polémica.
Saturación.
Sobreexposición.
Pasado.
Error.
Enemigos.
Enemigo a batir.
Campaña.
Acoso.
Acuerdo.
Posibilidades.
Financiación.
Compromisos a cumplir.
Debilidad.
Tambaleo.
Derribo.
Olvido.
Oportunidad (perdida).

vs

Firmeza.
Absoluta.
Casi utópica.

diumenge, 13 de juliol de 2014

HOMO TÉRMICO

Fotografia de Daniel Castellà - El Sol sale sobre Barcelona, visto desde Castelldefels
Un mes de julio realmente suave en Barcelona. El calor, ya saben, justifica ciertos crímenes y todo. Sí: parece que ciertos jueces aceptan una temperatura extrema como atenuante ante ciertos actos. Hacía tanto calor que mis sentidos estaban cegados. O para ciertas palabras: el calor me hacía escribir irradiando rabia y rencor, hacía que las palabras enrojecieran a medida que las escribía y yo qué podía hacer. No podía hacer nada para evitarlo ni podía juntar bastantes energías para resistirme. Entonces un verano suave implica que la gente mantenga la compostura, que la gente pasee por las calles con un aspecto más relajado, que la vida sea más agradable puertas adentro y puertas afuera.
Hoy hay una final en la que voy con Argentina, por cierto. No hay nada más veraniego que el color albiceleste. El color albiceleste es el color de la brisa, y aunque esa combinación cromática de la magnífica foto sea casi una deconstrucción de la bandera alemana, resulta que el Sol de verdad está en la bandera argentina. Eso es del dominio público.

Matmos, excelso grupo de música electrónica que titubeó en sus primeros pasos con el click'n'cut, tienen un proyecto paralelo llamado The Soft Pink Truth. Un proyecto de ritmos más definidos y con ciertos aires de cabaret berlinés. Puede que el último y excelente disco que publicaron bajo su nombre me aportara un adelanto en forma de esta extraña versión de los Buzzcocks.


Cuando interpusieron ese vocal gutural tan propio del black metal debería haberme temido algo como lo que ha surgido ahora. Se trata de un nuevo proyecto consistente en adaptar algunos de los clásicos (y para mi indistinguibles) de este estilo. He de decir que no hay nada que yo deteste más que el black metal o el death metal o como queráis llamarlo. Un estilo carente de cualquier sentido más que la pura provocación o ese extraño enaltecimiento de la rebeldía que lleva aparejado el rock desde que se intuyó que algún día podría usarse con la finalidad de promover algún cambio en su entorno. Los lideres del estilo viven entregados a coquetear con la violencia extrema, la crueldad, la sordidez, pero, qué queréis que os diga, no pienso creer en esa pose si su actitud vital no va acompañada, y no creo que nadie vaya así de pinturrajeado a comprar el pan cada mañana. Porque comerán pan, supongo, aunque sea para acompañar a los niños que devoran. Wow: que miedo.


Grupos como Gorgoroth, cuyas camisetas llevarán de aquí un tiempo los niños de seis años, como si fueran las de Iron Maiden, son una muestra más de la banalización en la que el capitalismo ha convertido la rebeldía inicial asociada al rock. De eso no queda nada, absolutamente nada. Neutralizado por el sistema y asumido por el voraz mecanismo de comercialización, lo genial del disco de Soft Pink Truth no es la música sino la actitud. Despojar esas canciones de títulos intimidatorios, de guitarrazos, voces de futuros traqueotomizados y baterías espasmódicas solo hace que revelar eso que a estos tipos tanta rabia les da. Que despojar las cosas de las capas de superficialidad siempre acaba descubriendo si hay algo consistente bajo ellas. Y con el black metal, este no es el caso.




diumenge, 6 de juliol de 2014

MIL MILLONES DE MOSCAS

Los caminos de la mente humana son inescrutables.
O sea, si no he perdido un cuarto de hora en mi vida en escuchar un disco de Julio Iglesias, o en leer unas cuantas páginas de Federico Mocchia, ¿por qué, eh, por qué me paro delante del televisor tres cuartos de hora para ver la mitad de una película como Ocho apellidos vascos? ¿es que he depositado alguna esperanza ante la posibilidad de comulgar con los gustos de la gente? ¿a estas alturas? ¿puede suceder que la promoción haya hecho que todo el mundo que ha ido a verla pagando su entrada haya salido decepcionado pero se haya callado esa decepción, y el famoso boca-oreja sea un bluff como una catedral?

No hay respuesta más eficaz que ver la película y dejarse llevar por su inverosímil historia, con amagos de Romeo y Julieta, con todos los ganchos hábilmente dispuestos para que la gente se sienta identificada, desprendiendo ese tufo de buenrollismo impuesto por cuestiones mercantiles. Y cómo se enfoca hablar de un artefacto tan endeble sin apelación a aspectos técnicos impropios de este rincón visceral y resabiado del planeta. Trama sin ningún atisbo de ser verosímil, simpleza argumental que provoca vergüenza ajena, finalfelicismo de cuaderno de deberes veraniego de segundo de primaria. Ah. Y la palabra: lo evitaba, pero no lo he podido impedir. Tópico. Los andaluces, divertidos, simpaticotes, atrevidos pero galantes (y caballerosos: no se abusa de una mujer bebida). Los vascos... obviando el mensaje de que cualquier menor de 30 años se dedica a provocar manifestaciones y a incendiar contenedores como si fuera una asignatura más de su formación escolar, pues a los vascos se les trata con un desprecio absoluto, ridiculizando sus hábitos, su forma de vestir, su rudeza: todo en una caricatura que no comprendo como no ha levantado ampollas, eso sí (posible explicación: si la película tuviera calidad para ser tomada en serio, quizás, pero no, cero), mostrando la exuberancia de los paisajes euskaldunes, en una especie de episodio bastante carente de gusto, como de mostrar mirad los españoles los pedazos de tierras que tenemos sometidos.
Lo triste es que estamos amenazados por la firme  posibilidad de Nueve apellidos catalanes, que ejercerá su misma finalidad: burlas, publi-reportaje, puentes de unión, pero con lo cañí venciendo siempre sobre lo rarito, que somos todos los que no nos ceñimos a esquemas y perfiles comunes. Y con ese estúpido concepto de la transversalidad como argamasa unificadora, como máximo común divisor que busca en la uniformidad y en la búsqueda de detalles que nos unen la mejor garantía para acceder al mayor porcentaje posible de la inmensa masa borreguil.
Y claro que podría haberme relajado un poco y haber tratado Ocho apellidos vascos como lo que es: una peliculilla sin pretensiones más que de constituirse en una sucesión de gags y situaciones para que la gente pase la tarde después de merendar o antes de cenar, a la que no hay que dar más importancia que la de hojear una revista de cotilleos en el sillón de una peluquería de barrio. Una peliculilla sin pretensiones, oigan, respaldada por un potente grupo mediático, promocionada hasta la saciedad, y completada por un absurdo marketing: tazones con los nombres de sus personajes. ¿Quienes se habrán creído que son? ¿Personas que cambian nuestras vidas?
Pues no. Solo voy a salvar los enormes ojos almendrados de su protagonista femenina. Heterosexualidad maldita, oigan.
Por tanto, Ocho apellidos vascos termina elevándose como lo que quiere ser: un calculadísimo canto al poder del amor y a la diversidad cultural y lingüistica de ese idílico estado español que es su único, grande y libre mercado.
Se eleva, sí, y luego acaba desplomándose como lo que es: una enorme bosta de mierda. Elegid si hueca, o rellena de más mierda.

apuntes post-edición: gracias a Horacio por la aclaración sobre término: verosímil suena mejor que verídica, claro.
Y puestos a aclarar: por si de lo dicho y redicho no se deduce: la película no vale un pimiento.

dimecres, 2 de juliol de 2014

EL FINAL ALTERNATIVO

"Es mejor llevar a la gente a oír música donde podamos controlarlos"

Treme. No sabría decir muy bien de qué trata. Sé que he acabado los raquíticos (HBO no permitió más que eso a sus productores) cinco capítulos de su cuarta y última temporada, y sé que los he acabado muy consciente de que no iba a haber finales al uso. Demasiado coral, demasiado a espaldas de los esquemas narrativos a que estamos habituados.
Una muerte de alguien que ya sabíamos que estaba muy enfermo.
Un pequeño oasis de justicia en medio del océano de injusticia que es el capitalismo. Que es, además, un conato de redención.
Y eso es lo más cercano a conclusiones. 
Pero es que las series de David Simon son la vida: y la vida continua, oigan.
Y por eso mismo ver Treme es imprescindible. Con sus lagunas de inacción y su abuso de los footage en vivo de clubs (curioso: la gran mayoría de la música que sale en la serie a mí no me dice nada), pero con todo lo que ello acarrea. Estamos presenciando la vida real de una serie de gente en una ciudad asolada por una desgracia como el Katrina. De hecho, la presencia del huracán solo aflora en la última temporada porque se han conservado los títulos de crédito.
Ateniéndome a la frase que inaugura este post, podría decir que Treme es otra pista más de que la sociedad americana se sustenta sobre todo en una escrupulosa aplicación de la justicia y el control. Músicos, sí, público, sí, cerveza, sí, pero dentro de un ámbito. El control previsto sobre el proyectado Centro Nacional del Jazz es lo mismo que el Hamsterdam de The Wire. Controlemos a los malos y alejémoslos de los demás. Como las Reservas Indias, ya que hablamos. 
Quizás, pero sería demasiado ya concebir una Trilogía de los desastres de tres grandes ciudades americanas, David Simon pose sus ojos en Detroit, ciudad de edificios fantasmas, y construya una trama basada en los grandes íconos del techno y en cómo presenciaron su hundimiento. Rezaré por ello, aunque sé que no. Lo que no sé es por cuánto tiempo se sustentará David Simon de producir extraordinarias series que hacen babear a la crítica y a cierto público por su deslumbrante calidad y su capacidad de trascender el espectáculo televisivo pero que no consiguen esa masa crítica de seguidores que garantiza repercusión. Como la violinista que necesita que su música suene suya, pero acaba cediendo parcialmente a los dictados de la industria. Supongo que es aquello de la total confianza en lo que se hace y la apuesta por el largo plazo. Pero da miedo. Porque si The Wire ya era difícil de catalogar porque había temporadas que tardaban en arrancar, hay que decir que aún conservaba esa reconocible condición de serie policíaca o serie sobre bandas de narcos o serie sobre mafias. Treme, ni eso. 
Y sigo pensando que todos los que leen esto deberían verla.

dilluns, 30 de juny de 2014

SOLO PARA ÍNTIMOS, SIEMPRE PARA INTERESADOS, SUSTANCIAL PERO INTRASCENDENTE

Santi ya me da mucha faena, pero encima, en su blog, me enreda con esto. 

Clave de respuestas: (nadie dijo que esto habría que hacerlo sencillo).

g: respuesta obvia tirando a graciosilla
i:  respuesta intelectual
s: respuesta stándard
v: respuesta válida

1. ¿Qué estoy escribiendo ahora mismo?

g: Si entendemos ahora mismo en su estricto sentido, un engorroso blog-hop al que me obliga la responsabilidad virtual y mi escaso sentido de la venganza
s/v: Si alargamos el plazo a estos días en que respondo, ando en el proceso de reseña de dos libros que estoy alternando (con un claro desequilibrio hacia una de mis filias, la música). Suelo empezar a configurar la reseña a la vista de primeras sensaciones y luego completarla o matizarla con las, en apariencia, más definitivas.
i: Si optamos por en estos meses. Siempre mantengo en el retén un proyecto a largo plazo que no acaba de reflejarse en palabras. La cuestión tampoco me atormenta.

2. ¿En qué difiere mi escritura de la de otros que desarrollan el mismo género?

g: Todos los seres humanos somos únicos
i/s/v: Una pregunta muy buena: directa, certera y comprometedora. Creo que la gente que me ha ido leyendo no espera de mis escritos una gran profundidad formal ni un objetivo de abstracción impenetrable. Por lo que veo, a la gente le gusta que lo profundo esté una línea por debajo, pero que todo ello disponga de una primera capa más asequible. No sé cómo, porque abuso de las subordinadas y de los paréntesis, pero la gente suele entender esa especie de corriente de fondo y noto que sintonizo. Mis dos teorías son contrapuestas: o me falta un nivel para ser erudito o supero el nivel de la erudición para ser leído entre lineas. Otra cuestión que noto es que ciertos comentarios, o ciertas ideas, descolocan, por cierta osadía o cierto grado de confianza, y eso le gusta al lector, sobre todo al lector interactivo como el de los blogs: que se le dirijan, que le apelen a la respuesta, pero sin incomodidad, sin intromisión, ni rubor virtual. Que la ironía no traspase el respeto que todo el mundo se merece. Este todo el mundo debería llevar un montón de asteriscos, por cierto.

3. ¿Por qué escribo lo que escribo?

g: No puedo contener las ganas, o la rabia.
i/s/v: Siempre me he pronunciado igual: empecé porque me hervía literalmente la sangre al contemplar los nauseabundos gustos de personas afines, empecé recomendando de todo, y cuando me di cuenta no podía parar. No podía por algo que se explica en la siguiente respuesta.

4. ¿Cómo es mi proceso de escritura?

i/s/v: Físico. Caótico. Si algo me asalta, suelo empezar a escribir en el iPhone (glorioso cacharro). aunque sea a base de atrapar las frases y los conceptos que no quiero que se me escapen porque encuentro brillantes. A la mierda la modestia. A partir de ese punto suelo buscar, de forma algo grotesca y patética, el momento para completar y pulir, si bien suelo alardear de ser capaz de aportar un resultado bastante aceptable sin apenas edición. Cuando he corregido demasiado un texto, cuando lo he empezado a marear a base de cambios de frases y reordenamiento de ideas, cuando he intentado incorporarle un desarrollo y una estructura clásica, siempre me he sentido, sobre todo a la hora de aportar un desenlace, como un merluzo intrascendente. Sensación realmente desagradable que no recomiendo a nadie.

Un placer.

Y mis cinco elegidos para actuar en reciprocidad. (*). Uno de ellos aún sin contestar, pero oiga, la esperanza es lo último que se pierde.

(*)Reciprocidad quiere decir mencionar haber sido citados en un post respondiendo las cuatro preguntas, y publicar todos el post el día 7 de Julio

Jenn Díaz

Con esa imagen, ese talento, y esa frescura, podría apostar en firme, y ser una tertuliana u opinadora forrada de millones: una especie de Lucía Etxebarría con sentido del ridículo y completamente post-todo. Hasta podría optar por medios como el televisivo, donde arrasaría sin ningún género de dudas y donde acabaría (pero pasarían muchos años) como una fascinante mujer madura que ha preservado coherencia y talento ante todos los acosos. Puede que hasta escribiera (si en el futuro queda alguno que responda a esta descripción) en algún medio de seguimiento masivo pero de prestigio indiscutible. Pero es tan coherente que prefiere un rincón digno y modesto desde el que observar el mundo (o lo que es lo mismo, el cielo barcelonés). 
Por cierto, espero que algunas de estas preguntas no la comprometan. Si es que decide contestarlas, claro

Álex Azkona

Si algún día se quita la losa de ciertas erróneas perentoriedades que le entran por ser original a todas todas, este señor, autor de una de las mejores frases iniciales de relato corto que he leído en mi vida (la cual su equipo de abogados me ha apercibido que no reproduzca aquí de ninguna manera o me atenga a las consecuencias) explotará y seguramente las ondas expansivas alterarán el sueño de algún pececillo que nade obstinado contra la corriente del Ebro. Mientras tanto, comenta con frases misteriosas y responde mails con evasivas y promesas que, comprendo, se ve incapaz de cumplir. A veces habla muy raro. Se le entiende, pero se nota una corriente subterránea que me deja inquieto. Tengo entendido que pinta las paredes de su casa en los breves momentos libres que le dejan entre su ejército de alter egos y su pequeña y encantadora hija. Y señora (a sus pies).


Selestar

Ella debe creer que, porque ya no acuda tan puntualmente a sus escritos a dejar mis comentarios como antaño hacía, me he olvidado de ellos, con los que siento una cercanía que casi me espeluzna. Un talento espectacular, una chica tan directa y tan valiente y tan repleta de todo lo que es bueno en ser contemporáneo: buen gusto, pasión, paciencia con fecha de caducidad, coherencia, mala gaita, y sentido auténtico de la necesidad del exceso puntual. Vive en Madrid, pero no se puede ser perfecto.
Como muchos de los habituales aquí, una muestra de que la aventura de Orsai generó no solo satélites sino meteoritos, asteroides, y otros cuerpos que vagan por el espacio. Aún he de darle las gracias al dogor de tanto en tanto.


Tuli Márquez


La quintaesencia: un tipo (la cuenta en LastFM le delata) que está oyendo música a las seis de la mañana un día cualquiera. Cualquier música, pero no una música cualquiera. Demostrando que no hay nada más catalán que un apellido acabado en z (de esos tengo yo también uno) y que no hay nada más urbano que estar dispuesto a irse a una casa en medio de la nada sin más tiempo que el que cuesta meter el cepillo de dientes y una muda limpia en una bolsa del supermercado. Admiro a Tuli por su cara de pomes agres y por su profunda integridad que se manifiesta en sus textos y en sus elecciones. Siempre dispuesto a indagar y siempre dispuesto a rascar para penetrar la superficie de las cosas. 
Deborahlibros

Pseudónimo bajo el cual se resguarda ( de los escritores heridos por su agudeza?, de los paparazzi?, de los acreedores?) una, creo, mujer, especulo, navarra, afirmo, que hace honor a su apelativo atracándose de lecturas de lo más variadas y consistentes, que despacha en reseñas que son a la vez breves, radicales y certeras. Lo cual nos dice mucho a los incontinentes. Leches, no hace falta alargarse tanto. Y leches, hay que aprender de lo que se puede decir sin tantos rodeos. Me gusta, no me gusta, lo recomiendo, no lo recomiendo, corre a la librería, sal corriendo de la librería. Celosa de su imagen, por eso. Hasta qué punto, oigan. Y, por cierto, que se las apaña para coincidir conmigo, muchas veces, no sólo en las lecturas, sino en el cuándo y en el cómo. Oigan esto me da mucho miedo. Bueno, no tanto.

El pretexto de las preguntas

Y por cierto: me ha dado por adaptar las preguntas. Tengo esas cosas. Ya sabéis.

1. Una de las últimas frases que has escrito que te parezca brillante. Y, si puedes, el contexto en que la has escrito. Y si va a ser todo un párrafo, nos lo tragamos igualmente. Qué egos estos que escriben, caray.
2. ¿Por qué leerte a ti y no a cualquier otro?
3. ¿Por qué escribes lo que escribes?
4. El proceso en el que escribes. Por favor. Sin los detalles escabrosos.

dissabte, 28 de juny de 2014

SHEET vs SHIT


De un cierto párrafo de un libro de relatos que ando leyendo de un chileno que NO es Roberto Bolaño interpreto que los chilenos llaman garabato a lo que aquí se llama palabrota, o taco, o lenguaje soez. Y mira que jamás, en toda mi obra leída de Bolaño, que es mucha aunque no es toda, recuerdo una mención a esta cuestión. Igual Bolaño lo había olvidado. Igual quería que todos lo entendieran. Garabato en el castellano peninsular es una especie de trazo errático y poco definido que sirve para describir tanto una firma hecha muy deprisa en un escrito que no requiere de demasiadas formalidades, como dibujo básico y poco o nada terminado.
Pues como hoy ando más chileno de lo habitual (y quizás como tardío agradecimiento al 2-0 que le propinaron a la impostora roja) voy a, digamos, ser profuso en garabatos.
Si 6Q, que ya no sé si me lee o no, aunque sé que ya no escribe (él sabrá por qué) se volvería a frotar las manos ante la exhibición de sarcasmo y mala leche que se cierne sobre los que sigan leyendo. Tienen unas pocas líneas para abandonar esta lectura. Porque se destapa el frasco del vitriolo. Ya noto los vapores...

Porque es lo que voy a pedir.

Señores: manden a la mierda a alguien en su vida. Mándenlo, como dice la tarjetita del Monopoly, sin pasar por la casilla de salida. Mándenlo sea persona física o jurídica, que de estas últimas también hay. Sí: decididamente sirven las personas jurídicas y también los colectivos. Mándenlo sin previo aviso, sin esperar que la sangre hierva, sin que haya indicios de ello, sin que las nubes se atisben en el horizonte. Háganlo teñido de visceralidad o de arbitrariedad, por placer o por capricho o por rabia o por deporte. Uy; deporte, he dicho.
No voy a entrar en más detalles: pero es importante que pilléis (cambio del ustedes al vosotros justo ahora) el concepto. Es casi, casi, como apurar para ir al lavabo y, ah, hacerlo con más necesidad y con más gustirrinín. Se trata de no equivocarse, claro, en la elección de ese sujeto pasivo del mandado; lo cual prácticamente solo excluye a ascendentes o descendientes directos. Vamos: no me vayáis a negar que en vuestros árboles genealógicos, por perfectas que sean vuestras familias y respeto que tengáis por vuestros ancestros, no tendréis a ningún familiar sanguíneo o político cuya desaparición de vuestro círculo no os causaría gran satisfacción. Por favor: no creeré a quien asevere que eso a él no le pasa. No me toméis por tonto: a la mierda fueron los últimos que me lo insinuaron.
Claro, 6Q, que ya no sé si me lee o no.....dirá que ando sobrado de adrenalina porque la temporada del Barça ha sido un desastre y la que llega está plagada de incertezas, o dirá que el calor, el de hoy, no el de ayer que era la mar de llevable, sino el de hoy, me afecta y me recalienta las meninges. No, noi. Para nada. Esto no es un calentón: es una cosa fría como la vichysoisse. Que me gusta más que el gazpacho: tengo una tendencia hacia los lácteos, oiga,
Mirad, lamentablemente a lo largo de nuestras existencias acabamos transigiendo demasiado. Que sí. Los diversos entornos en que nos movemos nos condenan, sí, he dicho condenan, a la relación forzada con muchas personas en las que, en otras condiciones, ni siquiera nos hablaríamos. Las escuelas donde estudiamos, los trabajos, los vecindarios, las relaciones del día a día doméstico o profesional. Extiéndase eso a la familia, las relaciones de nuestros hijos... vamos, decidme que aún no habéis llegado, en ese tercer círculo, a nadie desprenderse del cual os representaría un gran descanso. No hablo de nada físico: hablo de ese vete a la mierda tan fernangomeciano que permite certificar, ad eternum, que tal o cual persona no volverá a dirigiros la palabra. Que no aguantaréis más tonterías, o conversaciones banales, o diálogos de merluzos, o putadas. Que no os (me encanta esta palabra, justo la reivindico) importunará. Cada uno sabrá de qué quiere librarse enviando a la mierda a quíén. Pero hacedlo. Cómo se queda uno.
Solo una pequeña pega: puede que nos guste tanto que pronto queramos repetirlo. Aunque igual no está de más una acción colectiva. Como darle al botón vital del reset.
Importante saber cuándo parar.

dissabte, 21 de juny de 2014

HOMO CONSPIRANOICO

Álex Azkona cumple años el mismo día que mi hijo Gerard. Como me ha dicho que anda en una fase de relativo retiro no lo incomodo felicitándole. Ya me leerá aquí. Es raro, esto de esperar que alguien se considere felicitado leyendo un post ajeno. Pero es que hay muchas cosas raras. La reciprocidad no es lo que reina en este mundo. Si yo mandara, el símbolo de la reciprocidad sería el número 69. Vaya, ese símbolo lo tiene tomado cierto signo del horóscopo. Debería ser libra, por lo del equilibrio, pero no. Esto es como quien, ante la patente constatación de que nadie se acuerda de su cumpleaños, se hace el encontradizo, o llama casualmente diciendo felicítame. Vaya: ahora me pregunto si la raíz fel es común a felicidad y felación por algún motivo. Vaya. Bueno. Ando picarón.

Horacio Aragona seguramente sea una de las mejores personas que conozco. Cada martes, desde que entablamos amistad virtual, me envía un link con el artículo que publica Rodrigo Fresán en Página12. De hecho, el título de este post es un homenaje los tres. A Azkona, a Fresán y Horacio, por orden alfabético un poco peculiar. Ahora me fijo en la semejanza de apellidos entre Azkona y Aragona. Uy. Y ambos tienen alter-egos. Uyuyuy. Bueno: yo había puesto la TV pensando disponer de algún canal donde ver el Argentina-Irán. Pero resulta que no. A cambio, un canal de séptima categoría me regala un delirante programa en el que Steven Seagal va vestido con un uniforme de ayudante de Sheriff y se dedica a acompañar a una patrulla de la policía USA a la búsqueda de casos callejeros de distinta índole, coches robados y eso. Persecuciones, malos tratos, tiroteos. Es uno de esos programas que está doblado pero que se deja que la voz original quede en una especie de segundo plano. Seagal se toma muy en serio ese papel: parece ser que la fuente que parecía inagotable (las películas basadas en el guión tipo que esperaba una vida tranquila tras un pasado siendo una máquina de matar debe resignarse a que esa vida tranquila no va a producirse pues no hace más que encontrar peligrosos criminales donde quiera que vaya) se ha agotado, y Seagal se ha decidido a traspasar la barrera de la pantalla. El programa es de una simplicidad sonrojante: cuando las cosas van bien, creo que ahora han rescatado un perrito que van a dar en adopción, = música alegre; antes han pillado a un nigger que conducía con una lata de cerveza abierta = música solemne.

Mi amistad con Horacio se fundamentó en una primera discusión enconada sobre Eduardo Galeano. En que Dónde Pereira (el hombre antes conocido como Cuándo Pereira y aún antes como Quién Pereira) hincaba una y otra vez sus caninos en la yugular del brillante pero narcisista escritor uruguayo, y Horacio lo defendía. No a capa y espada, pero si intentando que por lo menos no se le linchara. Luego descubrimos ciertas afinidades ideológicas (capas de marxismo matizado, de crítica hacia el capitalismo, de intolerancia ante el totalitarismo, de escepticismo ante el populismo) y futbolísticas (de las que estoy algo en excedencia: he descubierto para mi horror que los valors dejan de serlo cuando dirigentes que han estudiado en escuelas de negocios los convierten en argumentos de venta o en elementos de diferenciación de producto).
Y no es que no discrepemos: aunque nos une una pasión por la música (de distintos tipos, pero siempre a espaldas del mercantilismo), la suya es una actitud de mayor rigor técnico y formativo y yo siempre creo en que cierta pasión puede suplir ciertas limitaciones. Pero son discrepancias sanas y que no van a llegar a la vía diplomática. El caso es que quiero que lo sepa: que aunque suelo contestar pocas veces y suelo ser poco expresivo en mi aprecio en el día a día, porque tiempo es algo de lo que no voy sobrado, eso no quita lo mucho que le aprecio y lo mucho bueno que le deseo. 

Ah: el tipo de la foto no es él. Es Boi Ruiz, actual conseller de Sanitat de la Generalitat, de CiU, partido cuya pose nacionalista de caracter oportunista y ambiguo no va a hacer que olvide que está adscrito en el grupo (ultra)liberal del Parlamento Europeo. Responsable de los recortes en sanidad que hacen que la estancia en hospitales públicos sea, para gente que se ha pasado toda la vida cotizando para pagarlos, menos agradable y menos confortable de lo que debería. ¿Dónde está ese dinero? ¿Por qué hay que traerse el agua de casa? ¿Por qué cosas como las cremas para la irritación cutánea se suministran en dosis claramente insuficientes? Situaciones como esa llevan a la incomodidad y al desánimo. El estado anímico, en ciertos aspectos, es clave en la curación o en la mejoría. El estado anímico conduce a una espiral hacia abajo o hacia arriba a ciertas personas cuya fragilidad física o emotiva esa condición puede permitirles superar momentos difíciles. Recórtense el sueldo, señores altos cargos  de grandes empresas públicas que compatibilizan con cargos o altas cuotas de accionariado en sociedades privadas. No me hagan concebir teorías como la de pensar que, detrás de esos recortes haya meticulosos cálculos sobre los ahorros que un leve recorte de la esperanza media de vida pueda representar para los caudales públicos,por el ahorro de pensiones. No querrán que haga eso.

diumenge, 15 de juny de 2014

VARIAS COSAS QUE NO DEBEN SER UN FINAL

No sé si he hecho bien alineando la foto a la izquierda
De repente, me entran ganas de escribir. Sí, quizás porque llevo un rato leyendo ensayos autobiográficos de Jonathan Franzen y Franzen hace que me parezca asequible hablar sobre uno mismo. Tanta es su naturalidad pero tanta es, también, la escasa brillantez de su propia existencia. Oh sí: Franzen es un escritor cuya vida desprende escaso glamour, ni falta que le hace. Esa no es su cualidad. Ni la es intentar que los que son suaves curvas de la vida de un hombre pasados los cuarenta parezcan enormes volantazos. Ha enterrado a sus ascendentes, ha atravesado un divorcio y, supongo, se ha planteado qué es lo que hay que hacer a continuación. Mientras tanto, ha escrito unas cuantas novelas magníficas
Pero he de escribir, he de escribir para publicar otra vez ya que no quiero ser exactamente interpretado como el tipo que escribió una entrada imitando el estilo de William Gaddis en Ágape se paga, ese libro que tanto crece en mi memoria desde que lo finiquité en una horita. Ni quiero que se recrimine que el núcleo de ese ejercicio no era el homenaje a un escritor sino la inmolación de un impostor. Lo que era la señora que había escrito ese deleznable artefacto y lo publicitaba por Twitter, llegando incluso a embaucar (a cambio de 16 euros más gastos de envío) a un pobre incauto que, no debo ser tan malo, ni siquiera me digné a alertar.
He de escribir y, por detalles que no vienen al caso, iba a hacerlo sobre los motivos exactos en que se basa mi odio por eso llamado real club deportivo español: un odio visceral, destructivo, ciego y cegador, pero, por eso mismo, inexplicable e inacabable.
Finalmente decido adelantarme a mí mismo, vulnerar levemente ese auto-impuesto fair-play de ceder mi primera opinión sobre un libro a la buena gente de UnLibroAlDía.
Ya hace unas semanas, y tras una insistencia bastante superior a la habitual en mí, recibí, obsequio de la Editorial Base, un libro que me despertaba enorme curiosidad. Se trata de Alma roja, sangre azul, semblanza autobiográfica en la que Alejandro Cao de Benós, señor de la foto de la curiosa pose, explica a quien quiera leerlo cuáles son los motivos de su incondicional admiración por el pueblo de Corea del Norte y por el hermético y curioso sistema político que gobierna el país.
Y agradecer que a uno se le envíe un libro, que es diferente de acudir a la tienda y pasar por caja, no debería significar cambiar el criterio cuando ya se ha acabado con su lectura. Porque, saciada la curiosidad lógica de saber qué dice este hombre sobre el país que lo ha convertido en una celebridad, todo lo demás es decepción. Y no es que uno espere que alguien se dedique a autobiografiarse para mostrar al mundo no solamente sus errores sino el proceso de su análisis. Pero es que lo de Cao de Benós transita demasiado a menudo por el territorio de lo grotesco. Me juego mi pedigree radical de izquierdas: Corea del Norte no puede ser el paraíso de felicidad que Cao de Benós describe, ni sus líderes las personas justas y de recto proceder que pretende que creamos que son. Hay barreras que no se cruzan. Aconsejar a la población que se peinen como su líder. Puede que sea otro bulo de internet. Pero las chapitas no lo son. Las chapitas con la efigie de cualquiera de los tres miembros de la dinastía que se aferra al poder no son un bulo. Son una realidad patética e inconcebible que aquí ya no tragamos. Lo lógico en este mundo es odiar a los políticos; esos tipos que iban a servir a y acaban sirviéndose de. Con diferentes matices, pero odiarlos. Desde un minuto después de celebrar su triunfo, incluso tras nuestro voto, empezarán a decepcionarnos y a incumplir sus promesas y a darnos bocados de realidad. La parafernalia de propaganda y ensalzamiento, propio o ajeno, que despliega Cao de Benós solo tiene explicación en que, viéndose entre la espada y la pared, haya comprendido que tiene que ir a muerte con el personaje que ha creado. Una especie de defensor de lo menos defendible que hay, hoy, en este mundo: los totalitarismos que anulan al individuo.
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