diumenge, 17 de novembre de 2013

IVÁN REPILA: EL NIÑO QUE ROBÓ EL CABALLO DE ATILA

A de amiguete. Pues sí, el autor de este libro y yo solíamos escribir en el mismo blog, antes de que los compromisos editoriales le enjugaran el escaso tiempo libre y lo acapararan para otros menesteres. Ahora es una sombra que planea sobre el blog y sus aportaciones son más mentales que físicas. Qué le haremos.
B de Barcelona. Y nuestro momento de coincidencia espacio-temporal en el planeta fue en mi ciudad. Lejos de buscar uno de esos bares ultra-cool que abarrotan la ciudad basándose en el hecho de intercambiar sobreprecios en las cervezas a cambio de la posibilidad de la presencia incógnita y desapercibida de alguna celebridad de medio pelo, miembro de tercera categoría del decadente y depauperado star-system, lejos de pasarnos el escaso ratito dudando, nos sentamos en una de esas terrazas clónicas de sillas clónicas de bares clónicos en calles clónicas (estar en Gracia y pasar al otro lado de la calle Bailén) atendidos, sí, por chinos clónicos.
C de cosas. Pasaban cosas: la gente vive en las terrazas en agosto, las ventanas están abiertas y los ruidos de los coches que frenaban con brusquedad hicieron que prestáramos atención a otras cosas.
D de debate. La cuestión política era ineludible, un vasco y un catalán hablando sobre la cuestión de moda.
E de ETA. Yo le dije qué pensaba y él me aportó una perspectiva.
F de fútbol. También sabe que confío en el Tata Martino al margen de que los nombres que uno emplea sean más o menos desacertados y de que la directiva actual del Barça represente para mí el paradigma de todo lo que me repugna en la trayectoria empresarial. El secretismo, el silencio traicionero, lo sibilino. Uy, cuántas S, y estamos por la F.
G de Gustau. Me vendió, ese mismo día, El ruido y la furia , de Faulkner, por 1 Euro. Lo hizo ante un testigo para que todo el mundo lo sepa.
H de Horacio. Un intermedio. Este hombre hace mucho que no comenta.
I de Iván Repila. Iván Repila es uno de esos escritores jóvenes que es mencionado a menudo cuando se habla de grandes promesas de la narrativa en castellano. En dos novelas ha demostrado ser capaz de aquello tan celebrado que es mostrar diferentes registros. O sea, pasar del desenfreno tarantiniano y esperpéntico de Una comedia canalla al tono solemne de esta espléndida El niño que robó el caballo de Atila, novela árida y cercana a lo mágico que me he zampado en menos de dos horas. 
J de Jenn Díaz, más conocida como Fusa, es de esas personas que he conocido a través del mundo blogger. Bien, hoy sale su foto en La Vanguardia junto a otros escritores alrededor de la treintena (edad que la muy desvergonzada ni siquiera está cerca de alcanzar) y ello me ha dejado no sorprendido sino, digamos, confirmado. Y estooo. Ya sé que dije que no compraría muchas más veces La Vanguardia. 
K de Kentucky, estado que en el siglo XIX aún toleraba la esclavitud.
L de lluvia, lluvia continua y seguro que benévola que ha transformado un fin de semana en una especie de tour de force literaria.
M de Moritz. Cerveza de la nación catalana, aunque todo puede que sea una operación de marketing. En cualquier caso, desde que descubrí que la cerveza Damm contenía arroz, yo dije que no, que el arroz es para las paellas. 
N de Nick Cave. Parece que le ven algo de blues a este hombre. Yo diría que es el primer crooner punk, porque a Sid Vicious lo de cantar My Way no pareció sentarle muy bien.
O de Orgullo. Pues va el tío y alardea de haberme conocido ante la gente de ULAD.
P de publicaciones en idiomas como el francés o el italiano. Que parece que están en marcha. 
Q de qué. ¿Qué explica el libro? Pues cómo dos niños hermanos (Pequeño y Grande) están en el fondo de un pozo en medio del bosque. Sin más que suponer el motivo. Su día a día y sus intentos, y todo lo que suscita una convivencia tan forzada en una situación tan extrema. 
R de Raval. El barrio, junto a Gràcia y el Born, más acanallado de Barcelona. O eso era: donde cenan los escritores y donde hay bares de absenta.
S de simbolismo: el libro de Repila merece muchas interpretaciones, y algunas de las que he oído son bastante descabelladas. Para mí es un libro de crisis económica galopante, de crueldad casi oriental y de reto personal. Solo espero que ningún gurú de la motivación empresarial se lo lea y lo convierta en uno de esos repugnantes artefactos motivadores como Quién se ha llevado mi queso. Sí: es TAN susceptible de ser interpretado.
T de tabaco. Fumas demasiado, machote.
U de una. Una opinión sincera, porque no me perdonaría otra cosa. Pues el libro es magnífico aunque tiene algún detalle algo ingenuo en algún punto, alguna línea de diálogo un poco forzada, pero que no impide que el resultado global sea muy notable. Más para estos tiempos que corren: al lado de la fuerza visual de su primer libro, el enorme abanico de interpretaciones posibles hace de esta novela breve e intensa un óptimo instrumento de búsquedas y relecturas que ignoro si el autor contemplaba cuando concibió el libro. Eso debería traducirse en ventas y en aullidos críticos, aunque también se corre el riesgo de ser acusado de pretencioso o visionario. Que yo sé que no, pero otros no lo saben.
V de Valencia. También hablamos de Valencia, como no, y me arriesgaré a mal recordar nuestra queja de cómo una ciudad tan luminosa y tan mediterránea ha sido entristecida por la voraz política de expolio de un PP desbocado.
W de Walker, Scott. The Old Man's Back Again es la canción que aproveché para promocionar. Los laterales de la Diagonal y el no prestar suficiente atención al tráfico es lo que vienen a tener.
X Estáis de coña si pensáis que voy a empotrar aquí una frase con xilófono. Vamos.
Y de ya. Ya está acabándose este suplicio
Z de Zaragoza. Lugar de residencia, nadie sabe si definitiva o no, de un señor al que, entre otros, la pelota de libros como el de Repila se le ha colado en el tejado (o en la cancha) y tienen, deben, diría, que devolverla convenientemente. Lo harán, hombre.

dissabte, 9 de novembre de 2013

EL MISTERIO DE JARVIS


¿Para qué esperar más?
¿Para qué exigir silencio e introspección, y una mesa en una esquina solitaria, para escribir? 
Cuando las palabras hierven, todo eso da igual. Mi mujer desayuna y yo ya he acabado. Mi hija duerme y mi hijo anda por casa de un amigo pensando en qué parte de sus brazos o de sus piernas está libre de algún arañazo o contusión.
Y yo dije que hablaría de Jarvis Cocker.
Escribo de Jarvis Cocker teniendo bien presentes las palabras y los consejos que he tomado del único libro de Stephen King que a mí puede llegar a gustarme. Por lo tanto, adiós adverbios, hola párrafos con sentido. Y alguna otra cosa: los puntos y comas pueden irse echando a temblar.

Gracias a los Podcast de la BBC esta mañana escuchaba el programa que Cocker dedicó, el domingo 3 de noviembre, a la obra de Lou Reed. No es que hiciera falta que yo cayera en la cuenta de la enorme influencia sonora de la Velvet Underground, ni es que yo hubiera hecho mucho caso a los últimos discos de Reed.
Pero Jarvis es mucho Jarvis. Lo primero que le diría, si lo tuviera delante (tras pedirle que tuviera consideración, que mi inglés es bueno, pero que debe hablar despacio y moderar su acento) es cómo puede uno sentirse cuando está en el estudio de grabación (grabando, sabiéndolo o no, el que será tu último disco con el grupo, el efectivo, peroalquelefaltabaalgo, We Love Life) y el tipo que ve tras el cristal, l dónde quiera que se meta el productor, es el mismo Scott Walker. 
Luego, le preguntaría si es consciente de que su look particular (consistente en distorsionar unos rasgos algo aniñados tras unas gafas de espantosa montura de concha) ha influido a toda una generación, hasta el punto de que alguien brillante haya acuñado el adjetivo gafapastil
También le preguntaría si cree que las angustiosas caladas que da al cigarrillo en los extractos en que aparece en 30th Century Man  son influencia de las caladas que dan los protagonistas de la primera temporada de Mad Men. Seguro que mantendría un silencio de auténtica modestia y esperaría otras preguntas más centradas en su trabajo.
Más tarde compartiría una opinión algo personal: que encuentro injusto, mucho, que una de sus canciones más brillantes sea, con  frecuencia, olvidada cuando se rememoran sus mayores éxitos.
Es ésta.


Más adelante, en una especie de recapitulación de hits menores en la que yo demostraría un conocimiento cercano a lo canónico sobre su discografía, cuestionaría la condición de mejor disco de Different class, ya que nunca me he sentido demasiado cómodo con el parecido de Disco 2000 con un impresentable hit ni con aquel chascarrillo sobre la melodía de Common people tomada de una cancioncilla de Mecano. Le diría que, para mí, las mejores canciones de ese disco, que es fabuloso, aclaro, son ciertas perlas que no siempre han sido valoradas.


En medio de la conversación, y dado que, en el vídeo de Live Bed Show, ha quedado manifiesta su condición de brillante letrista, le preguntaría por la intención de la frase contenida en todos los libretos de sus discos, aquella que decía algo parecido a Por favor no leas las letras de las canciones mientras estás oyendo el disco. Tendría miedo de ponerme, ya, algo impertinente, pues no sabría si sería capaz de expresar si detrás de ello la intención que percibo era separar el valor sonoro del valor literario, o si, por el contrario, pensaba que el análisis que merecían una y otra cosa debían interferirse o no entre sí.
Me liaría con la explicación y provocaría un silencio incómodo.

Qué difícil es romper el silencio. Imposible hacerlo si no es con algo brillante.

Como que por qué decidía insistir con el grupo tras diez años sin la más mínima repercusión, entre 1983 y 1993.


Y hacerlo, regresar a volver a intentarlo, sin un cambio tajante de sonido. Solo agrandaron los agujeros por los que asomaba Bowie y la primera época de Roxy Music, y alguna otra cuestión no tan visible (como, especulo, la influencia del torbellino de la música electrónica que en ese momento arrasaba las Islas Británicas).
Ellos veían a la juventud desconsolada del post-thatcherismo descubrir las drogas sintéticas. Siempre pensé si la toma de la canción para el disco era en vivo.


Jarvis ya habría recuperado lo más cercano a una sonrisa. Hablaríamos del brit-pop y le haría una pregunta de esas que uno lleva años pensando, de esas que sabes que solo tu cabeza puede urdir. De esas que, como entrevistador veterano y bregado en estas lides tras años y años de duras batallas contra divos en ascendencia y divos en decadencia, sabes que desnuda al tipo ante tí.

¿Te has mirado alguna vez en el espejo y has sonreído pensando que ese que el espejo refleja no es, por suerte, Noel Gallagher?


Qué pena: la mención al brit-pop quedaría reducida a cuatro o cinco detalles que de golpe les desmarcarían de esa presencia casual. Pasábamos por ahí. La entrevista estaría llegando a su final y, consciente de no saber si habría otra oportunidad,  obviaría el par de preguntas que habrían de llevarnos a reflexionar sobre el motivo de que su carrera en solitario no haya alcanzado ninguna de las cumbres que Pulp habitó con comodidad durante algunos años. Mejor así. 
Hablaríamos de su programa de radio, de su brillante Sunday Service que todos los domingos, casi sin falta, me habría descubierto algún talento escondido entre las piedras de los acantilados. Hablaríamos de que ese es un éxito personal, amable, cómodo pero no acomodado. Vería que se pone algo nervioso. Cuestiones de la nicotina, o mejor, de su ausencia. Vería que los minutos que me han concedido para la entrevista llegaban a su fin, y que, en realidad, ya habíamos habñado de lo sustancial.
Pensaría si, como decía el libro que leí, a veces un párrafo tiene que limitarse a una frase, porque el oficio te lo dice.
Y diría que sí.

divendres, 1 de novembre de 2013

ARRIBA Y ABAJO

Primero, las malas noticias. 
Aunque sea algo pronto para decirlo, pues la precipitación es mala consejera.
"Reflektor" es el cuarto disco de Arcade Fire. Es el segundo disco consecutivo que se inicia con la canción que da título al disco, tras "The Suburbs". Para los que andamos algo obsesionados con la música, ese es un detalle importante. Más, en esta época en que se oyen los discos de esta manera tan alejada del concepto oir un disco en la época del vinilo. Que puede que tenga que ver con el intrínseco sentido de la holgazanería humana. Ponías la aguja sobre el vinilo, oías el "slap", y dejabas que la cosa fuera tirando. ¿Levantarse a desplazar hacia otra canción? Vamos, estoy muy cómodo en el sofá. Pero vino el CD, vino el mando a distancia y vino la tecla skip. Vinieron los reproductores portátiles y el iPod y los ficheros AAC y los ficheros Mp3 y se acabaron las concesiones. Pero los Arcade Fire deben conservar un hálito de confianza en ese viejo sistema de oir la música. Muy mal no les va, así que allá ellos. Hoy leía en RDL sobre Spotify, plataforma que no uso, y joder, pienso que esto es una mierda, así como está. No hay oportunidades para músicos incapaces de atrapar al oyente a los diez segundos de canción y evitar que se vayan a otro sitio. Mundo que hemos creado entre todos. Algunos más que otros, pero entre todos. Vaya. 


Total, que el artefacto promocional que Arcade Fire han puesto al servicio de la promoción de este disco doble es la cuestión viral. Camuflarse tras otros nombres para hacer correr nuevos temas por la red. Usar rumores. Y, al final, presentar adelantos. A lo clásico, pero un poquitín más trabajado. Un primer clip onda caribeña, con interactividad incluída. Un segundo, oscuro, brillante, bizarro, que ese sí ya apartaba el tema visual y convertía a la canción, repito, la canción, en el centro. Los dos para presentar ese tema, una especie de experimento de rock bailable, un tema intenso, pegajoso, prolongado y puntualmente aderezado con efectivos trucos de producción del James Murphy, que dispone de tiempo libre tras haber dinamitado a los LCD Soundsystem, con lo que intercala la intensidad guitarrera con pasajes ácidos, con cuerdas y hasta con un piano percusivo que recuerda muy en el fondo ciertos pasajes ácidos y luminosos que muy pocos recordamos ya.


Luego, "Here comes the night time", mini-film de 23 minutos adicionales repleto de cameos de todo tipo: James Franco, Michael Cera, Rainn Wilson, Ben Stiller y Bono. Sip, Bono, que hace una especie de gesto de desplazamiento de carrera al ser sustituido en el escenario. En este experimento presentaban tres temas más: el que le da título a la película, donde acudían a cierto ritmo caribeño que encuentro algo, ejem, impostado, , "We exist", ese sí, un trallazo de funky-disco-rock planeador que goza de un efecto visual francamente fascinante, y "Normal person", un regreso a ciertas tonalidades presentes en "The Suburbs": unos Arcade Fire más norteamericanos, más violentos y cercanos al boogie-rock. Todas las canciones presentadas están entre los primeros temas que desfilan cuando oímos "Reflektor", el álbum. Y qué pasa entonces. Pues que el oyente se queda con la idea de que esas canciones son el esqueleto de un disco doble. Con la sensación de que más allá no va a encontrar gran cosa ya que el grupo no ha decidido incluirlo en la promoción inicial. Con tres o cuatro canciones iniciales efectivas ya hay bastante, y luego si encuentras alguna perla por allí hacia el final, tú ya verás. Como oyente el tracklisting es importante. Como analista es importante conservar ese concepto, añejo, ya lo sé, del álbum como conjunto con el que el músico viene a expresarse. Y esa disposición me desorienta y me aleja al disco, lo separa y lo acerca al concepto "grupo de canciones". Ahora que Lou Reed ha muerto y veo pocos discos más unitarios que su majestuoso "Transformer", apenas media horita de canciones breves y tendentes a lo íntimo, canciones en las que veías a los músicos abandonando el estudio con sus instrumentos en una maleta, diciéndose buenas noches hasta mañana y acudiendo a sus apartamentos a fumar hasta el día siguiente.


Luego, las buenas.
Los mejores discos de Goldfrapp van a ser, para siempre, los dos primeros. Pero resulta que "Tales of Us", sexto disco en estudio, nos fue presentado, por su tonalidad oscura, como un reprise de su debut, el extraordinario "Felt Mountain". Se habló, incluso, de que el concepto del grupo era alejarse lo máximo posible de su anterior disco, "Head First", lo más cercano al sonido disco-chochi que habían grabado.



Así que, volviendo a esa imagen expuesta en el párrafo anterior, veo a los músicos que tocan en "Tales of Us" viviendo en casas de campiña inglesas, alquiladas para tal fin. Desayunando y esperando que el día se aclare un poco para acudir al estudio y tomarlo donde lo dejaron. Las canciones de "Tales of Us" tienen, todas menos una, nombres de personas. A lo largo de este tiempo he descubierto que Alison Goldfrapp ha tenido parejas de ambos sexos. Los vídeos previos al lanzamiento de "Tales of Us" son estéticos y delicados. 


Presentan dos canciones, "Drew" y "Annabel", y en todos ellos andamos un poco perdidos en cuestiones de identidad. Pero, a diferencia de los trallazos efectivos e iniciales del disco de Arcade Fire, el disco de Goldfrapp crece mucho con las escuchas. A pesar de esa tentación de recrear ciertos paisajes sonoros donde ya han triunfado antes, y de que los teclados son menos protagonistas (en parte cediendo espacio a guitarras cristalinas, de esas en las que se oye el chasqueo de las cuerdas, como las que llenaban ciertas canciones de la grandísima Françoise Hardy). A pesar de que pueda invadirnos cierta impresión inicial de que se han enfrascado en un "Back to basics" particular, este es un disco soberbio, un disco en el que, al menos seis o siete canciones (de diez) persisten en la memoria con un poder evocador, cinemático, con una presencia que solo atribuiría a la intraducible expresión inglesa "otherworldly", cuestión, por cierto, que me ha ayudado sumamente a observar la escucha de los podcasts de los Sunday Service que el gran Jarvis Cocker (otro día, pronto, hablaré de Jarvis Cocker) nos suministra cada domingo. Pues eso: oid ese magnífico disco irregularmente recibido llamado "Tales of us". Dejad que el disco suene, que supere ese único tema rápido colocado allí en medio (sin saberse bien por qué, pero hay que dejarlo ahí), y luego acudid a esos recuerdos que sus canciones han dejado. Haciendo que reposen.


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