divendres, 30 d’agost de 2013

LA HOGUERA DE LAS NAVIDADES

No tengo vergüenza. La gente se agolpa y deja mensajes que supuran una amarga mezcla de cierta manía y cierta impaciencia. Mucha gente: tanta como en esas películas donde el amo de la casa que se está incendiando ha de abrirse paso entre la multitud y convencer a los bomberos de que le dejen atravesar el cerco (esa cintita de plástico amarillo tan endeble pero tan socorrida) porque la que se quema es su casa. Bueno: el tiempo. El tiempo que empleo en otras cosas más mundanas que la escritura compulsiva de mis devaneos. El tiempo que es oro y el tiempo que es un canalla. Cómo noto que llevo un tiempo sin escribir con espíritu desprendido de algo que no sean libros o discos. Joder. Cómo lo noto. Cuando se acercan muchas cosas y a la vez otras se alejan, lo cual viene a darme la idea de que el universo es, al menos para las personas, bidimensional. Atrás o adelante, izquierda o derecha. Sí: hago un hueco para el mantenimiento de la carcasa. Comer y descansar. El espíritu: los libros que ya ni hace falta que salgan aquí, que insisto que los de UnLibroAlDía ya están llegando conmigo a extremos grotescos. Lee lo que quieras, hasta auténticas porquerías. Despáchate a gusto, vomita en un rincón y ponlo todo perdido que ya enviaremos a alguien a que pase la fregona. Joder, qué individuo adorable el Santi este. La cuestión visual: pero si hasta vi Argo, por primera vez en largos meses una película nueva y no una reposición de tarde aburrida de domingo en un canal de mierda. Ah: y Walter White: esa cita sí que me tiene ahí, cada martes sus tres cuartos de hora para que yo vaya comprobando el lento posicionarse de las piezas sobre el tablero. Para que yo elucubre de que igual sería un buen tema el hablar acerca de cómo ciertas series modernas han entronizado la figura del hombre de mediana edad y escaso atractivo a priori que decide tomar las riendas y revelarse como el auténtico héroe del nuevo milenio. Si, llamese Don o Tony o Walt, tipos con barriga o con gafas o con enfermedades de mucho cuidado que se convierten en paradigmas del hombre medio: el que ya tiene más vida por detrás que por delante, el que tiene que mirar la etiqueta de lo que come, el que cada año por estas fechas piensa si no debería pasarse por un gimnasio para hacer algo más que estar sentado ante un teclado, o en un sofá, o en una sala de espera, o donde sea, porque eso es lo jodido, la edad en que ya no queremos estar estirados sino sentados. Que de eso a echar comida a las palomas hay medio paso.



dijous, 15 d’agost de 2013

CRESCENDO


Un post libre de spoilers.

Ser cuñados. Una relación curiosa. Dos hombres que son cuñados porque se han casado con mujeres que son hermanas. Lo diferentes que pueden ser dos hermanas. Bueno, si son gemelas, está aquella cosa del equivoco y el morbo añadido. O lo de que se casen con dos hermanos, y si son gemelos. Puf. Qué lío. Pero no: Hank y Walter son cuñados y sus respectivas mujeres no son hermanas gemelas. Su relación es doblemente política, pues ni sus mujeres tienen mucho que ver uno con la otra (la de Hank es impulsiva y la de Walter es reflexiva, por ejemplo), ni sus vidas han llevado derroteros demasiado parecidos. Bueno: eso ha sido muy obvio. En todo caso, Hank y Walter han demostrado a lo largo de cinco temporadas haber desarrollado una buena relación, una relación que, sin llegar a tratarse de una amistad, es lo bastante cordial y confidente como para confiar en su solidez. Si se conocerían si sus mujeres no fueran hermanas es muy improbable. Pero Hank y Walter tienen esa relación familiar asida por nudos que parecen ser, o nuestra cultura nos ha convencido así, muy fuertes.

Leer en el WC. Una declaración de principios, la gente que tiene revistero en el WC. Ahora justo que ando leyendo un libro de Roth en el que el padre del protagonista está agobiado porque sus tripas no se mueven. Pues leer en el WC, cuestión de la que ayer conversaba a cuentas de lo apretado de mis horarios, resulta ser un ejercicio saludable. Importante relajarse ahí. Una lectura no demasiado densa, yo aconsejaría. La prensa, si es que somos capaces de encontrar periódicos que no nos enerven, o algún suplemento de esos que hablan de ocio, de lugares donde divertirse y comer. Después de todo, algún equilibrio habrá entre leer sobre comer cuando estamos descomiendo. En cualquier caso, en casa de Walter White en el WC hay un libro de poesía de tapa dura y verde, verde y dura, que es de Walt Whitman. Curioso lo de la poesía en el WC, tiene algo escatológico cuando se asocia poesía a lirismo y romanticismo, pero no: hay poesía arisca y que emplea palabras malsonantes y que para nada es incompatible con el vaciado de los intestinos.
En eso anda Hank cuando, dos casi amigos maridos de dos hermanas, dos por dos es cuatro y dos más dos es cuatro, ve esa doble-doble v, esa montaña rusa que es la WW. La ve en la dedicatoria y lanza esa mirada: digo lanza, pero diría pone, muestra, interpreta. Y uno sabe que no es porque ese sea el justo y placentero momento de relajación del esfínter: es una mirada estulta, perdida, indignada con el mundo e indignada consigo mismo. Mirada de ya lo tengo y mirada de qué se me viene encima. Mirada de qué tonto he sido. Claro. Cuando uno sube por primera vez a la montaña rusa, no sabe lo que le espera.

Está aquí, desde el 11 de agosto.

Y sí, esta es la entrada número 1000.

dissabte, 3 d’agost de 2013

WILLIAM FAULKNER: Santuario - GUILLERMO EL TRAVIESO


Los habituales ya sabéis que últimamente la cuestión literaria aquí ha cedido su intensidad a otro sitio. Nada especial, solo constatar que en UnLibroAlDía me encuentro a casi todos los habituales y que, bromas privadas al margen que sólo aquí tienen sentido, todo lo que allí digo aquí lo diría también. No voy a copiar y pegar, ni, con la escasa disponibilidad de tiempo, voy a escribir dos veces. Por tanto, daos cuenta de cuántas pocas excepciones hago y qué justificadas son estas excepciones.
Santuario es mi primera lectura de Faulkner. Aunque había leído muchos párrafos sueltos y todo lo que de él me había llegado indicaba lo mejor, hacía falta corroborarlo. Bueno: hacía falta. Ya se sabe, podría haber escrito cientos de alabanzas sin sentido, basadas en pillar aquí y allá. Pero hay que experimentar. No sé si he acertado en la elección: Santuario es su novela más célebre pero también resulta que renegó de ella porque la había hecho por dinero. Lo cual es un pedazo de pose. Renunciar de todo aquello que no ha surgido de la pura necesidad de escribir, porque ha surgido de la pura necesidad de comer (o de comprarse una casa mejor, un coche mejor, mejores drogas, vinos caros, mujeres de mala vida, lo que sea). Pues por mucho que renegara Faulkner, va a tener que joderse: fuera por el motivo que fuera, el libro le salió hecho una obra maestra. Aunque suele suceder que no siempre uno es consciente de que lee una obra maestra justo en el momento, las sensaciones a veces surgen no solo al cerrar el libro, sino semanas después (por ejemplo, ahora) cuando recreas su lectura.
Casas desvencijadas en medio de bosques irregulares, tan hechas polvo que cuesta concebir que nadie habite en ellas. Personajes en las fronteras de todas las situaciones anómalas; tarados, perdidos, fugitivos, indocumentados, individuos inestables esporádica o definitivamente. Tiempo que se detiene, miradas que manifiestan sentimientos de bajeza simpar. Leyendo Santuario, que ya voy adelantando que es la novela de terror más efectiva que he leido, he vuelto a la cabaña de Twin Peaks y he sentido el frío solo posible en un bosque rocoso en plena noche de invierno. He notado que la maldad absoluta tampoco necesita de demasiadas sofisticaciones ni demasiado atrezzo rodeándola. He llegado a la conclusión casi científica sobre de dónde surgia la precisión clínica de Capote en In cold blood y me he explicado muchas figuras cinematográficas oscuras. He visto a tipos con traje, sí, pero con el mismo todo el santo año, y he visto a tipos con cigarrillos a medio consumir colgando de la comisura de los labios, mirando con recelo, de reojo, tramando cual va a ser la siguiente y no pensando lo más mínimo en las repercusiones de sus actos. He llegado a pensar en el viejo asunto peninsular de los crímenes de Alcàsser. Terror, sí, el terror más efectivo es el que vemos más cercano a la realidad, ni tipos con máscaras ni señores con capa ni licántropos de tos cazallosa. Leer Santuario tiene muchas facetas y una es esa: saber lo cerca que cualquiera está de ser un monstruo, tan cerca como lo está de ser una víctima; reconocer el estrecho margen en que se mueve la normalidad, y las enormes rachas de viento que afectan al funambulista que anda por la cuerda.
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