diumenge, 31 de març de 2013

LOS MIL Y UN TABUES

El mayor Tom, sin encontrar Strepsils
Sí: este es uno de esos posts. Lo que quiero decir es que se sabe por dónde se empieza pero no por dónde se acaba. Talita quiere más gente aquí: yo no sé qué hacer al respecto. Insisto: no es que no sepa qué más hacer al respecto, es que no sé qué hacer al respecto. Hace un año, algo más, unos catorce meses, hice aquello de colgar links en Orsai. Qué pájaro descarado era yo entonces. Y funcionó: pero no sé si es porque yo no soy el mismo o porque pienso que Orsai puede que no sea la misma, es una opción que no me siento seguro de repetir. Qué sé yo. Alex, y algún otro, me han sugerido (aunque quizás la palabra animado definiría mejor el tono en que lo hicieron: muchas gracias) que escriba algo. Bueno, han dicho una novela. Yo ya he explicado muchas veces lo de mi inseguridad con la ficción. Si no es muestra de ello ese faux finale, acrónico y borroso, que le dí al cuento de Jesús y el comisario. Si no es muestra eso de lo torpemente que me conduzco imaginando vidas y circunstancias ajenas, ya me diréis. Pero bueno, sí que hay algo que recuerdo con mucho afecto sobre esos amagos aislados y esporádicos, que son los dos experimentos de taller literario virtual. Sobre eso he pensado y tengo dos propuestas.
Pero una de ellas es una propuesta que me hace sentir algo culpable, y por un mecanismo de recuerdos y enlaces de referencias me ha llevado a una curiosa manifestación previa que tiene que ver con un post anterior. Sobre el disco de Bowie. Me estoy dando cuenta de porqué ese disco no llega a convencerme, de porqué a pesar de que algunas canciones están bien construidas y tienen buenas melodías no pasan de eso en mi valoración como oyente: es la voz de Bowie. El sonido se ha respetado para que parezca el de las mejores épocas: pero la voz de Bowie está envejecida, y ya no emociona. Me siento mal diciendo eso. Si pensara que los nazis se arrepentían diría que me siento como un puto nazi. Pero no, me siento mal de verdad, porque es como negarle a Bowie cierta capacidad emocional con su música por una cuestión física y de edad. Quizás se pasó con el tabaco, creo que dije. Pero su voz se sienta sobre esas bases y ya no las domina. Apenas hace lo justo para acompañarlas. Y eso aleja emocionalmente las canciones de su mejor versión. 

Decía eso porque venía con dos propuestas, pero una tiene un lado perverso. Siempre he pensado que la mejor manera para probar en la literatura sería empezar con relato corto. Leer un mal relato corto no hace enfadar a nadie. Es como una cuestión de proporción matemática: me enfado si me haces perder mucho tiempo para nada. Así que pensé en dos estructuras para un experimento narrativo, que someto a vuestro juicio: 

A) la que implica perjudicar a terceros: alguien se apunta con datos falsos a una de esas webs para los que buscan pareja: con un perfil de esos que atraen. Joven pero asentado en la vida, triunfador pero solidario, culto pero deportista, sensible, algo tímido. Y trazar un cuento con cada una de las personas que se acercan a él, con sus motivaciones claras y las ocultas.

B) la que es inocua: una señora mayor enviuda en plena crisis económica. No ve otro remedio para poder seguir adelante económicamente que alquilar una de las piezas de su piso, fiándose de su intuición para elegir a los inquilinos sucesivos. Cada uno de ellos trae su historia, y habrá una historia final cuando uno de ellos entre un día en la casa y se encuentre que la señora ha fallecido ante la televisión.

Adelante. 

dissabte, 30 de març de 2013

UNOS POCOS SEGUNDOS

Mi hija me ha pedido que escriba algo sobre Glee. Sobre por qué no me gusta Glee, o no me gusta lo suficiente o no me gusta como me gustan series en apariencia tan banales como The big bang theory o Modern family, ambas series de las que procuro no perderme ni un detalle. No es que no sepa qué decirle: es que Glee siempre me ha parecido una especie de escenificación de esos concursos caza-talentos, y mi primera norma no escrita aquí es que el que alaba Operación Triunfo puede ir pasando a recoger el abrigo y largarse. Así de sencillo.
Por otra parte, después del incidente con la foto surgido ayer (Wittgenstein está muy alejado de ser la primera opción contemplada) echo en falta algo, una declaración que hace mucho tiempo que no hago.

Soy un fundamentalista en lo referente a las expresiones artísticas. Lo soy de una manera cruel y errática (si ello no es reiterativo: no hay mayor crueldad que la de ser malvado sin que se pueda saber cuándo vas a serlo), cuestión que me va de maravilla: puedo achacar la incoherencia a los dictados de los caprichos más frívolos.
En este momento, de estar sentado en una mesa con gente a mi alrededor mirando expectante lo que voy a decir, la escena vendría a ser parecida a aquella en Kill Bill 1, cuando O'ren Ishii (Lucy Liu, clara prueba de la existencia de los ángeles) se dirige a sus allegados de la Yakuza.

Mis cinco escritores favoritos hoy mismo son, sin más orden que aquel en que acuden a mi memoria: Roberto Bolaño, David Foster Wallace, Ryszard Kapuscinski, Michel Houellebecq y Jonathan Franzen. Una hipotética decena siguiente sería de una composición más volátil pero contaría, seguro, con la presencia de Truman Capote, William Faulkner y Javier Cercas. 
Suelo valorar las obras y los artistas por la cúspide que han alcanzado: así Radiohead está en los cielos por OK Computer como los Pet Shop Boys lo están por Behaviour, aunque hayan podido hacer obras que me decepcionen. Por poner ejemplos: ¿quien se acuerda de un artista que publica ocho discos seguidos que merecen un 6?. Coño, haz uno que merezca un diez y échate a dormir. El 10 no es sencillo, para nada, pero haz eso y aquí tendrás habitación todas las noches. Por eso sin un disco magnífico a un artista puedo estarle agradecido pero no pasará de eso. Y sí; tanto The XX como Frank Ocean han merecido un 10.
Por eso es absurdo hablar de músicos favoritos. Ni de pintores ni de directores de series o de TV. Te paras delante de un cuadro porque te llama desde su imagen y no delante del siguiente o del anterior. Entonces, Mònica, ya hablaré de Glee un día que tenga una opinión más matizada. Hoy he visto en un capítulo a uno de los protagonistas cantando Heroes de Bowie, con una base instrumental; yo pensaba ¿y la guitarra de Fripp?. Sí, la voz era parecida a la de Bowie, pero yo quería la guitarra de Robert Fripp. Ese riff, ese retorno, ese momento de breves segundos que justifica toda, toda la canción, todo el disco, toda la carrera de Bowie y hasta veinte años de espera desde que los del rock'n'roll básico y ramplón empezaron a dar la tabarra hasta encontrar eso: el momento perfecto, el 10 sublime que persiste hasta el final de los tiempos.


divendres, 29 de març de 2013

Iván Repila: UNA COMEDIA CANALLA

Advertencia: Iván Repila es amigo. De esos amigos modernos, a los que jamás te has acercado como para saber si es alto o bajo, o se pasa con la colonia. Colabora, como yo, en UnLibroAlDía, donde reseña libros normalmente contemporáneos, también como yo.
Es más joven, es un euskaldún que vivió en Valencia, para lo cual me ha dado a mí que hay que tener una poderosa razón económica o sentimental. A mí me daba la impresión de que los euskaldunes cuando salían de Euskadi iban a Madrid o a Barcelona o a otras naciones de la comunidad europea. No me preguntéis el motivo de esa preconcepción. 
De todas maneras en Una comedia canalla, que es su primera novela (tiene ya en las tiendas una segunda, El niño que robó el caballo de Atila) contiene aromas valencianos. Aunque no se desarrolle en un punto identificable del planeta y los anglófonos nombres de sus personajes me recuerden a Miami o a Los Angeles, el tono es algo levantino. O sea, hay como una veladura de corrupción (veladura en el sentido pictórico, ya que últimamente nos escoramos hacia las artes) que marca a todos los personajes, la mayoría de ellos dispuestos a lo que sea a cambio de dinero. Diferente es para lo que quieren el dinero: ese es el rasgo distintivo de los niveles morales. Los hay que lo quieren para tener una existencia tranquila y los hay que lo quieren para acumularlo, junto a los sacos de poder que el dinero genera. Vaya: pues ya he empezado la reseña (yo quería explicar antes de empezar que iba a intentar apartar de mi criterio cualquier cuestión personal). Sigo. Claro que este libro transpira mucha de la cultura visual y literaria actual. A ver quien se encierra como un anacoreta los últimos veinte años y no tiene un flash-back cuando a un tipo le seccionan la oreja de un limpio tajo en una escena. Si hasta he dicho escena. Párrafo, coño. Este es el poderoso factor de Una comedia canalla, título que hay que comprender. Todo es terriblemente visual, todos los escenarios somos capaces de verlos, y todos los personajes tienen alguna cualidad instantáneamente reconocible. Los chicos que sólo buscan una rápida manera de arreglarse algo sus tristes vidas. Los sicarios sin escrúpulos que son el séquito de los mandamases. Las mujeres en la sombra. Una comedia canalla es una novela que se devora en apenas cuatro horas tan rápidas como el gatillo de muchos de los secundarios. Aunque se note que Repila ha leído a Winslow, puede que a Javier Calvo, y ha visto Tarantino y Breaking Bad, esa influencia no es un peso capital. Importante es, en más de 300 páginas repletas de diálogos y acción, no incurrir en la repetición ni en la reiteración de figuras. Todo fluye, incluida mucha sangre, y, sólo puede recriminarse una cierta sensación de redoble final en la magna batalla en el campo de fútbol, cuyo cariz surrealista nos recuerda que hay un motivo para el título, a pesar de lo cual, una última frase nos hace caer de bruces. Rojo oscuro casi negro.

dijous, 28 de març de 2013

BUENAS OBRAS Y MALAS OBRAS

Wittgenstein relegado a segundo plato. Si supiera alemán, haría un anagrama con su nombre.
Un caso práctico: mi mujer se pasea por blogs muy curiosos. Blogs donde chicas cuelgan y comentan sus looks. Blogs de trend-hunters y , algunos, blogs algo narcisistas, otros blogs que parecen repletos de acné y aún conservan un olorcillo a colonia de bebé. Como Blogger ha montado esta maraña de links y relaciones algunas de sus autoras me visitan aquí o en otros de mis puntos de presencia en la red. Y como soy muy partidario de hacer todo lo posible por la reciprocidad, pues intento hacer lo propio. En una de esas situaciones me encuentro a una aspirante a escritora. Exactamente esas son las palabras que la definen, pronunciadas sin la mínima inflexión de sorna. Y la chica pide consejo sobre los dos capítulos que ha escrito. Por supuesto, los comentarios halagadores proliferan, a los que replica con amabilidad y educación. Los míos no lo han sido en absoluto. Para nada: le he recriminado infantilidad y bisoñería en los temas, precariedad en el estilo y algunas cosas más, siempre procurando no desanimarla. No es que me sienta salvando el futuro de la literatura, pero debo tener esas cosas como producto de la edad: desiertos de comprensión en oasis de mala baba.  Es como cuando le advierto a mi hija que muchas de esas canciones que devora en los capítulos de Glee son puros tarros de azúcar derramados sin control. Pues a Kate le ha sucedido que se ha topado conmigo: en el sentido absoluto, como el que gira por una esquina sin saber qué hallará al dar la vuelta. Y esa casualidad me hace tener ganas de rescatarla de las garras que acechan sobre sus escritos: las del mundo rosa y chicletesco. Me ha dicho que sus referencias son Matilde Asensi y Dan Brown. Glups y más glups. Le he dicho que lea a Roberto Bolaño, que es como decirle a alguien que oye a David Bisbal que se pase a los últimos discos de Scott Walker. Es una jugada peligrosa, oenegesca, suicida, aunque carente de toda perversión. Es de esas cosas que no sabes por qué motivo, pero te encuentras haciendo. Ahora he de revestirla de sentido y de intención socialmente aprobable.

dimecres, 27 de març de 2013

EL POZO Y EL CUBO

Me digo a mí mismo: para eso tienes un blog. Para escribir lo que te plazca y no dar ni pedir explicaciones. Mientras Horacio escarba laboriosamente en las intenciones artísticas y la necesidad del público para comple(men)tarlas o no, yo me encuentro a mí mismo en una curiosa tesitura. No es sencillo describirla: un nerviosismo expectante, una fascinación por Space is only noise, estupendo disco de hace un par de años de Nicolas Jaar, unas ganas de escribir que superan hasta la frustración que se apodera de uno cuando, zas, tenía atrapada una imagen o una frase y no consigue retenerla. Pero es una frustración no determinante: la supero esperando que, tras la primera frase kapuscinskiana, las otras sigan su estela. Así que disfrutaré de ese placer inocuo: dejar que las manos vayan por el teclado. Como casi siempre. Sin ayudas míticas, sin empujones químicos. Hablando de la nada me veo capaz de comprenderlo todo. Pues Horacio, en lo que a mi concierne, estoy seguro de que hay más degenerados de esos que visitan cementerios de noche, en solitario, que lectores de algunos de mis escritos. De hecho, aún hay posts de los cuales la cruel estadistica de Blogger me muestra un triste cero, como si ni yo mismo hubiera entrado en su habitación a ver si dormian o habian muerto. Así que mis escritos (esperaría unos decenios para llamarles arte) son obras cerradas y acabadas hasta sin público. Y que alguien se atreva a negarlo.

dimarts, 26 de març de 2013

Juan Villoro: DIOS ES REDONDO


Hasta dónde llegará mi intención de engaño. Uh. El libro, magnífico siempre y cuando uno tenga cierto interés por el fútbol, y luego se asuma que es un libro publicado en 2006 por lo que el estallido Messi-Guardiola no se ha producido aún. Pero no voy a centrarme en ello: partiré de una de las frases que se ha quedado en mi memoria. Que no puedo reproducir fielmente: el entrenador de mi hijo, tenaz y voluntarioso pero nervioso y algo abrumado, me ha pedido el libro para leer las cosas que en él se escriben sobre el factor anímico y psicológico asociado al deporte.
La frase que rememoro alude al Guardiola jugador y al momento en que decidió abandonar el Barça para probar en otros lugares: decía algo de que a Guardiola se le había tildado de homosexual por, entre otras cosas, leer poesía. No sé si Villoro se hacía eco de otro rumor perverso: que una de sus lesiones prolongadas tardaba en sanar porque había enfermado de Sida. Circunstancias ambas que no convierten a nadie en peor persona, salvo, claro para el escaso entender de quienes difunden los rumores. Nadie acusa a nadie de guapo e inteligente. Pero en el uso del rumor de la enfermedad, en el año 2001, aún había mucha maldad.
Hoy Tito Vilanova ha regresado a Barcelona. Las webs de los periódicos deportivos han mostrado sus imágenes en el aeropuerto: todo el mundo esperaba deducir algo del aspecto que Tito presentara: ver si conservaba el cabello, si su tono de piel había mejorado (como si NY en marzo fuera California), si el aspecto demacrado de las últimas semanas en Barcelona había remitido o no. La gente parecía que hasta tuviera que interpretar si conservaba fuerzas o no para acarrear una maleta. Desde que estoy en Twitter pocos mensajes han removido tanto mi conciencia como algunos de los dedicados a Tito Vilanova: tan espeluznantes que me niego  a reproducirlos aquí, muchos ellos simples pataleos de tardo-adolescentes físicos o mentales cortos de entendederas, pero otros bordeando con lo criminal, con lo denunciable. Desear la muerte es, en el fondo, habitual. Desearla a través del curso de una enfermedad, incidiendo en los detalles, festejándola, como dice Germán a cuentas de lo de Chávez, resulta ser un signo de la más baja categoría moral. Leo mucho sobre eso últimamente, por casualidad. Casi siempre que he leído ha coincidido el esquema: persona reaccionaria que celebra una que una cruel enfermedad abata o aceche a una persona que no es de su agrado: sea Tito, Chávez, algún etarra excarcelado por motivos de salud. Muchas veces ha coincidido que en otros ámbitos esos mismos defienden la vida declarándose contra aborto o eutanasia. Una pura casualidad, claro.

dilluns, 25 de març de 2013

FOTOGRÁFICO


De muy jovencito, casi de niño, pintaba al óleo: unos horribles cuadros que no sé por dónde andarán: repletos de sentido de la proporción esquizoide, coloreo abigarrado, falta de sentido de la luz, titubeo en el uso de la espátula, imprecisión en los detalles, o, lo que generalmente podría resumirse en falta de técnica pictórica. Por un tiempo creí engañarme a mí mismo abrazando la abstracción, donde, consideraba, esa carencia podría pasar desapercibida. Otro error de magnitud. Mi fase abstracta se caracterizó por un uso naïf de los colores, que bien pienso que ahora podría ser definido como Mondrian daltónico y con el mal de Parkinson en fase discontinya, más una serie de apropiaciones tan disparatadas como, quiero pensar, enternecedoras. Tuve una micro-fase, cuando comprendí que el gasto en bastidores excedía de toda lógica, en que me dediqué al arte cósmico: esferas de colores con ligeros sombreados, que flotaban sobre espacios inertes. De toda mi experiencia pictórica creo que mi mayor obra fue una pintura de una vieja plancha, apenas de 25 x 15 cm., donde volqué tanto mi escaso talento que decidí abandonarlo.
Puede que por ese motivo siempre haya sido un defensor del arte abstracto: pintando planetas de sistemas solares ignotos es como me sentía más creativo. En cualquier caso, poca cobertura le he dado en este blog a la pintura. Limitada a uno de mis iconos, Paul Klee, ese pintor que me desmintió que simplemente había que dejar los pinceles y el brazo expresarse por sí mismos. Un pintor que pintaba con el cerebro. Y creo que puse a Picasso, también. Y puede que a Hopper.
Pues ahí va el volantazo. El otro día me enteré que en el Museo Thyssen de Madrid hay una exposición de pintura ultra-realista, o foto-realista. Busqué a través de la red y me quedé alucinado. Siempre había sido un defensor del argumento: si existe la fotografía, el arte ha de ser no figurativo. Pero van estos cuadros y me lo desmontan: leo sobre las técnicas para su confección, complejas, meticulosas, casi arquitectónicas y científicas, y me quedo fascinado, fascinadísimo, en particular con Richard Estes, pintor urbano a rabiar que incluye su firma por medio de bromas, camuflada en los montones de rótulos que reproduce con un rigor y un sentido de la precisión que obliga a redefinir la palabra paciencia. Los reflejos, las aguas, los cristales, las texturas de los brillos. Empezar a renunciar a principios que pensaba que eran irrenunciables. Signo de qué coño va a ser, madre mía. Donde está Wally, buscad la firma.


diumenge, 24 de març de 2013

COMPRAR CON PRINCIPIOS

Es estúpido desperdiciar el dinero. Es absurdo pagar más por lo mismo por mera comodidad, por mera inercia o alergia al cambio. Argumentos así, expuestos por mi mujer con esa sonrisa tiznada de consejo son irrebatibles. Comprar leche y jamón dulce no es lo mismo que volver a casa con un libro tras una conversación que ha servido de warm-up para su lectura (quizás ello no sea posible en tiendas como la FNAC, que maltratan a sus empleados con reducciones de sueldo, a pesar de sus pingües beneficios). En cualquier caso, decido hacerme usuario de un enorme supermercado que han abierto cerca de casa. Enorme en todos los sentidos: parece que algunos de sus empleados cobren sus exiguos salarios dependiendo del grado de desborde que presenten estéticamente sus estantes (esperaré más adelante para llamarles anaqueles). En todo momento deben presentar ese aspecto abarrotado pero ordenado, como de supermercado que justo ha acabado de abrir por la mañana, con productos en primera línea, con pasillos impolutos y con empleados que aún no han olvidado las pautas de su reciente formación: el usted y el buenos días y el puedo ayudarle acompañado de una sonrisa. A ver el tiempo que pasa, hasta que se dan cuenta del triste destino al que abocan los salarios de subsistencia, el agotamiento de los horarios leoninos que impide el relax necesario para sentarse (caso de que tras un trabajo que los anula y embrutece les interese lo más mínimo) a leer un libro o ver una serie. Dormir-trabajar-comer-trabajar-cenar-dormir, con un breve intervalo entre el paso 5 y el 6 para conectar con lo más absurdo de los reality-shows: famosillos sub-empleados tirándose desde un trampolín.
Pero en cualquier caso, ahí estoy detrás de un carro que me parece de un volumen algo superior a los de otros supermercados. Analizo el dato con presteza: veinte cosas dentro de él y parece no solo vacío sino miserable, parece un monumento a la clase baja al lado de esos tipos que se presentan con carros a rebosar sobre los cuales parece mantenerse en equilibrio, al modo de Philippe Petit, una caja conteniendo el último LapTop en oferta. 
¿Qué me agrede? Para empezar, la nauseabunda emisora musical que tiene puesta como sonido de fondo. Un monumento al cassette de carretera, a la programación de las galas de fin de año de las cadenas comerciales, a los descartes de los Grammy latinos, a la música que vomitan los vehículos desde los que los macarrillas nos increpan. Hay dos cosas particularmente agresivas: una voz de esas asépticas que habla a los clientes de la época del bacalado. Una horrorosa falta de respeto al hecho de que, en Catalunya, se le llame bacalao, falta de respeto perpetrada en nombre de la uniformidad, del ahorro de costes y de la economía de escala. Que me ponga tan nervioso eso es para acudir a un psiquiatra, lo sé. Pero tanto costaba grabar una alocución a la medida de los usuarios de la zona donde han puesto la tienda? La segunda agresión es más sutil: la música del Sueño de Morfeo, horrendo grupúsculo que une todas mis fobias: la ex mujer del tonto de Fernando Alonso; el rock-pop con pose agresiva de anuncio de cerveza light; la voz impostada de la chica ésta, Raquel del Rosario, mu mona ella pero tan creíble como Urdangarín con una hucha del Domund. El ritmo inmundo, la inflexión impostada de autenticidad. Todo por unos céntimos menos en un pack de yogur. Joder, qué tortura.

divendres, 22 de març de 2013

Man On Wire: LA NO FICCIÓN ES LA NUEVA FICCIÓN

Algo había de pasar. Con las series consumiendo sin complejos recursos del cine, sean actores en pos de un renacimiento de su carrera, guionistas con ínfulas literarias, técnicos necesitados de facturación, secundarios hambrientos por extender sus quince minutos de gloria a treinta o cuarenta, el cine debía apuntar alguna especie de reacción. Cuando se ha constatado el espectacular fracaso del 3D (en cine y en TV, un trastazo muy considerable), limitado a los blockbusters, cuando actores y directores, con escasas excepciones, han dejado de ser reclamo suficiente para generar colas kilométricas, parece que el renacimiento del cine quiera que uno de sus puntos de apoyo sean los documentales. Pocas pretensiones, bajo coste, ausencia de divismo, prestigio cultural. Sí: algunas de las mejores veces que me he sentado, en los últimos años, delante de una pantalla por más de una hora (o sea, el lapso que excede a la duración stándard de un capítulo de mis series totémicas) ha sido por documentales. 30th century man, La pesadilla de Darwin. Y ahora le ha tocado a Man on Wire, que Mr. Blue recomendó encarecidamente aquí, que yo no soy de plagiar ni de dejar de reconocer méritos a los demás. 
Pues tenía razón el muy bellaco: Man on Wire es emocionante, fascinante, casi policíaco en esa mezcla bien tramada de grabaciones antiguas y sentido de la dramatización. Es una epopeya personal, casi una quijotada de un tipo hace un montón de años, de un chalado al que pocos prestaríamos atención alguna de no ser por este portentoso documental. Es un canto a la locura absurda (aunque todo el rato me tiene pensando en que esa locura necesita una vía de financiación, pero no voy a quitarle la mística), y es un documental que tiene como una especie de reflejo lejano, de daño colateral, que creo que es como el silencio entre notas musicales: más intenso. Sin nombrarse ni un solo instante los hechos, las dos protagonistas de esta inmensa obra visual son las torres del World Trade Center. El 11-S. Es una sombra esquiva que se desplaza y que, como el funambulista explica en una escena, se esconde tras la columna dando la vuelta a nuestro ritmo para que no podamos verla. Esa es, además, la lectura entre líneas. Como un escritor o un pintor que fallece, la obra completa de arte que es ese tipo jugándose el pellejo a 400 metros de altura ya no es reproducible. Los dos aviones de las nueve de la mañana, otra vez. Están ahí, vuelan sobre esas imágenes, y ello las hace aún mejores.

dijous, 21 de març de 2013

dimecres, 20 de març de 2013

LA CUENTA PENDIENTE



Soy el narrador omnisciente. 
Soy una figura retórica de la hostia.
 Habríais de saberlo a estas alturas. 
Soy como el dios que todo lo ve, pero encima con rayos X. 
Veo lo que de verdad piensan los personajes, incluso lo que ocultan a los demás o a sí mismos. 
Oigo hasta lo que no dicen, y lo oigo en las palabras exactas en que uno mantiene su diálogo interior. Sí: las voces de las conciencias de los personajes cantan a coro en cuanto yo me lo propongo. 
No solo eso: 
aunque asisto a todos sus ensayos y conozco sus errores, siempre estoy cuando la representación es la definitiva. 

Los amigos

Amigo 1. Jodido freak. Estaba raro, y decir raro en él es decir muy raro. Últimamente había abandonado ese tipo de bromas tan dado en la gente poco agraciada. Sí, sabes, el rollo de soy un desgraciadico, nadie me hace caso, los trenes a que había de subirme pasaron todos hace años ya, a mí solo me quedan vagones de cola, o trenes de esos que van a Auschwitz. Entonces siempre le echábamos una mirada reprobatoria, estuviera o no Frank con nosotros. Era un tabú que respetábamos. Mira que respetábamos pocas cosas, pero esa sí. A lo que iba: raro de narices, pero que había comprobado que lo único que le funcionaba era eso, distinguirse con esa rareza, con el plan victimista es como había conseguido alguna vez destacar, pues siempre están los Amigos Oficiales de las Víctimas, que no son más gente que se cree que triunfar en algo les pone en un plano superior y eso te de derecho a ayudar hasta a quien no lo pide.

Amigo 2. Empezó a recibir llamadas constantemente, y cuando las recibía había cambiado de actitud: se notaba que no era como cuando le llamaba su madre para saber a qué hora volvía a casa. Se levantaba, nos echaba una mirada como responsabilizada, y salía a hablar a la terraza. No era nada natural: hablaba con el tono y el volumen suficiente para que supiéramos que andaba en algo importante sin llegar a enterarnos exactamente de qué iba el tema. Lo que no imaginaba es que ninguno de nosotros estaba demasiado interesado en sus cosas. Igual deberíamos haberlo hecho: preguntarle qué y cómo y con quién. Seguro que nos habría explicado algo que nos permitiera ayudarle. No sé si hasta el punto de evitar lo qué pasó, pero quizás.

Amigo 4. Ya no le preocupaba ganar o perder jugando al hijoputa. No es que menospreciara el dinero, pero se notaba que su cabeza estaba en otro sitio. Sudaba menos. Siempre se le pegaban las cartas a la mano cuando las giraba. Pero últimamente ya no. Si a otros los nervios les hacen sudar, Jesús había alcanzado ese curioso hito: los nervios por dentro habían secado su sudor.

La familia

Papá. Igual debería haber estado más en casa. El trabajo, oiga. La mujer me lo dijo: no sé en que anda tu hijo. Pero ya era mayor: los jóvenes, ya se sabe, con la crisis esta, están en casa, pero como si no estuvieran.

Mamá. ¿Han hablado con los amigos? Yo sé que no era mucho de explicar las cosas, pero igual alguno sabe. Las amistades esas no eran de hacer daño. ¿Quién no bebe dos o tres cervezas por la noche, con el calor que hace a veces? Por lo demás, claro que me hubiera gustado que tuviera una novia y la trajera a comer los domingos a casa. Porque mi hijo no era un mariquita, eh. A mi hijo siempre le habían gustado las chicas. Tenía películas y revistas de esas guarras. Que ahora no sé que haré con ellas. Me da un no sé qué tirarlas. No sé. Perdone: me va a entrar la llorera otra vez.

El comisario

Ya no me acuerdo si llegué a decirlo. Pero creo que sí se lo dije. Mira que esto es una cosa que me viene como anillo al dedo para otro asunto que tengo. Pero no le dije jamás que me tomaba en serio lo del papel con el que vino, con aquello de las pulseras y los teléfonos. Le expliqué: me va bien que crean que ando en esto, tú solo tienes que ayudar un poquito en que todo resulte creíble. Le expliqué más: estos son unos burócratas de mierda, pero si se piensan que hay algo grande, les puede la emoción, les puede esa ambición inexplicable que tienen los que están metidos en la politica: la de salir a lo grande, levantar los brazos ante una multitud y dejar que suene su nombre como si fueran héroes, aunque fuera por un día.

diumenge, 17 de març de 2013

David Bowie: THE NEXT DAY - QUE EL CIELO LO JUZGUE

La cosa va de juzgar antes de tiempo: ¿por qué Bowie llama a su disco tan parecido al libro de Tuli Márquez?
Me despierto sobre las siete: lectura ligera, sigo con Villoro, que ahora escribe sobre Maradona, primer paso en falso de los argentinos para dominar el mundo, y elijo oír música a la vez. David Bowie: ese disco tan esperado, dicen, aunque no sé yo en qué consiste la espera cuando se prolonga diez años. Vamos, hombre. La espera consiste en olvidarse de que vuelva a grabar y sorprenderse cuando lo hace. Diez años esperando. No jodamos, hombre. Esperaríamos si sus últimos discos hubieran valido la pena. Pero desde Scary monsters, 1981, creo, eso no es esperar. Eso es una generación y pico de nostalgia y desespero, como mucho. Además, uno espera cuando lo anterior ha merecido la pena. No diréis que los últimos discos de Bowie daban mucho a la esperanza.
El caso es que, contra lo que es costumbre en mi, soy capaz de concentrarme en la crónica de Villoro y a la vez estar atento en esta, tercera escucha que le doy al disco de Bowie. Ya había oído dos veces el disco. La primera me había dormido sobre la cuarta canción y había despertado sobre la octava. Unos diez minutos. Aquel día estaría cansado. En cualquier caso noté alguna canción cuya melodía retenía, aunque acusaba una producción que me parece plana, de pop-rock, de nula toma de riesgos. Dominio del esquema clásico guitarra rítmica/solista/bajo/batería. Escasa presencia de teclados, incluso de sonidos tratados. Vamos: el único disco de regreso que ha merecido la pena ha sido el de los Dexys Midnight Runners, e incluso a ese habría que quitarles la media docena de canciones en que se piensan que son los Aztec Camera o los Style Council convalecentes de una indigestión de discos de Steely Dan y Anita Baker. 
Pero Bowie: elige la portada de Heroes, que es una de las imágenes más poderosas e icónicas de la nueva era del rock'n'roll. La que establecía sucursales en la Berlín dividida por el muro y nombraba embajadores a Robert Fripp, a Brian Eno, a Conny Plank. La elige, tacha el título, y le planta una hoja en blanco encima, letra Arial, texto centrado horizontal y vertical, como si fuera una portada de los Pet Shop Boys. ¿Necesitaba el mundo un nuevo disco de Bowie? Hablo a menudo de intención literaria y debería hacerlo de intención sonora. Cuando puede que muchos grandes de la historia no hayan surgido de un artista que se despierta en medio de la noche a toda prisa para escribir la melodía soñada, sino de un artista que despierta en medio de la tarde con una llamada de la discográfica recordándole una fecha en un contrato. Bowie ya produjo el magnífico documental sobre la vida de Scott Walker: de hecho Bowie canta como el Walker actual en una de las canciones de The next day. 
Bowie suena cansado: como lo estoy de leer por todas partes lo de sus 66 años, y, reiteradamente, lo de sus 66 imágenes. Por favor: pensaba que Madonna se había quedado ya con todos los calificativos relativos a lo camaleónico y al concepto de la reinvención. 
Tres escuchas, dije. Su voz está desgastada por tabaco y por tiempo, y en varias canciones no canta sino recita. Sabe que es suficiente: sabe que su voz es un emblema por sí solo, hasta desafinando. Hasta corta de fuerzas: que es como suena aquí. Joder, no quiero dar que pensar que considero a Bowie un anciano al micrófono, porque no es eso. Pero, frente a la aclamación universal, a mí The next day me suena demasiado a la clase de disco para que sus fans de cierta edad sueñen con la era dorada. Como me pasa con Prince, algunos discos de Bowie me parecían más brillantes por sus singles que en su conjunto. The next day suena como una colección de canciones algo homogénea (catorce es un número excesivo) y ningún tema reluce como sus grandes clásicos que todos sabemos. Si cambio de idea, editaré esta reseña y lo negaré todo.

dissabte, 16 de març de 2013

LOS AMIGOS INVISIBLES

Estoy actualmente metido en cuatro lecturas a la vez. Ya veremos cuáles resultan reseñadas aquí. Los factores de que ello depende son caprichosos. Uno de ellos es un libro de Juan Villoro, una colección de crónicas futbolísticas que me está gustando mucho, aunque, sin que esto sirva de pre-comentario ni tenga otra utilidad, diría que a las alturas de la página 100, el partido está visto para sentencia. Villoro lo hace de maravilla, y el fútbol (y eso que el libro se publicó en 2006, cuando la dorada era Guardiola-Messi-Iniesta era una mera ensoñación) es un tema del que me encanta leer escritos cuando éstos superan la mera relación de acontecimientos salpimentada de superlativos. Pero ya sé lo que me espera en el libro. Es un placer tan previsible que me asalta, de vez en cuando, la duda de si el libro me sorprenderá o no a lo largo de las 200 páginas que me faltan. Curiosa sensación: como montarse a una montaña rusa sabiendo que funciona perfectamente, que no hay riesgos, que los picos de emoción están bajo control. Pero no pretendía hablar de esto. 
Tuli Márquez es una de esas personas con las que he entablado amistad a través del mundo blogger. Ha publicado una novela, de momento solamente en catalán, que se titula L'endemà. La palabra es intraducible al castellano: significa el día siguiente a uno en concreto. Pero tiene un efecto simbólico: es como si ese día al que es siguiente fuese un hito. Podríamos decir el día de mañana pero le falta la carga como de tensión. En fin: buen título, y a los que seguimos el blog de Tuli ya nos pica la curiosidad para ver cómo su estilo se traslada al formato largo. 
Tuli, ya que hablábamos de fútbol, me ha brindado una valiosa asistencia en su último post, No sin mi chandal. Donde ha combinado sabiamente la reseña literaria activa con la crónica futbolística pasiva. Es decir, habla de un libro de Thomas Bernhard (qué ganas tengo de hincarle el diente a un libro del austriaco este, pero no hay manera), pero explica el contexto en el que se enfrenta al libro: confinarse (cómo me gusta esta palabra) para evitar ver un partido del Barça, concretamente el del pasado martes contra el Milan AC, sí, el del 4-0. Pues Tuli es uno de esos barcelonistas sufridores y sus vísceras (cuales sean) no aguantarían tal carrusel emocional, por lo que se arma de un buen libro e intenta abstraerse. Tal cosa no es sencilla. Los vecinos que vociferan, el torbellino de información que nos acecha por todos lados. Pero lo peor es la cabeza: Tuli tenía una frase de Kafka en su antiguo blog. La cabeza especula con el devenir del partido mientras los ojos recorren las líneas. No sé lo que le pasa a Tuli: conocido el resultado del partido yo lo asociaría al libro leído. A mí me diagnosticaron varicela allá por el 81 y leí El quinto jinete de Lapierre y Collins. Toma: no leía tanto entonces, claro, pero ése será siempre el libro de mi varicela. Entonces Tuli, al que los esplendorosos triunfos de los últimos años deberían (aunque eso no depende de uno) haberte curado de ese estigma que nos persigue a los barcelonistas de largo recorrido, debe asociar esos libros a esos partidos omitidos. En su artículo lo explica. 
Esas son lecturas como consecuencias, lecturas como escudos o como cámaras de aislamiento, o cómo habitaciones del pánico o como estudios anecoicos, pero en el fondo dejan de serlo hasta en el momento en que se eligen. Villacresporker me dijo que si empezaba a leer Cien años de soledad en el intermedio de un Barça-Madrid me olvidaría del partido. Ah. No voy a decir ojalá. No quiero querer olvidar un Barça-Madrid. No hay un mundo posible donde eso ocurra. Los placeres enormes a veces no deben ser combinados pues se contrarrestan. Lo que quiero hacer es convencer a Tuli, aunque tenemos la misma edad, de que eso ha dejado de ser necesario. Salvo cardiopatía con justificante médico, que no lo deseo. Mira los partidos, hombre. Mira el del PSG de aquí unos días y, espero, mira la final de la Champions que volveremos a ganar. Míralos: no condenes a un pobre libro a ser un segundo plato, un placebo, un ruido blanco, un tapón para las orejas. No te estás dando cuenta, Tuli, pues no juzgo si eso es un acto de cobardía o valentía. Yo miro los partidos hasta el último segundo, hasta en los (extrañísimos) casos en que perdemos de dos goles. Esperando un gol y un posterior ataque de nervios del rival que nos atenace, un incomprensible parón en el reloj del árbitro... No te das cuenta, sigo, de que esos fantasmas están tan alejados que ya no saben el camino de vuelta. Digan lo que digan, obstáculos que se crucen en nuestro camino sean enfermedades, lesiones, malas rachas, malos rollos, equívocos, o programas de radio infumables dedicados a la divulgación tóxica, esa fase de la historia ya es eso, historia. Estoy seguro: al cien por cien. Creo que muchas cosas han cambiado, más de las que nos pensamos. Otra: aún hay miles de banderas colgadas en las fachadas. Dudo que quienes las colgaron se hayan olvidado de ellas. Salen al balcón, echan un vistazo a ver si el sol no ha castigado su color, si el viento no ha debilitado lo que las tiene fijadas. Pero no se mueven de su sitio.

divendres, 15 de març de 2013

EL GRAN ENGAÑO

Un insignificante texto que dedico a Quién Pereira, a ver si se decide a reaparecer algún día.

Hace días escribí algo hablando de segundones en el mundo del deporte, para acabar hablando de Frank Ocean. En Paperblog, desorientado directorio web al que un día permití succionar mis textos, clasificaron el texto (cómo le gustan las etiquetas a la gente) como un texto de deportes, engañado su robot, o lo que fuera, por el título, por las fotos, por el tono. Ahí hablaba de segundos en muchas cosas que acaban siendo los primeros en su conjunto. 
Recuerdo cierto pasaje, creo si no me traiciona la memoria que en un libro de Hornby, en que se criticaba a hombres guapos (o sea, que se habían hecho con las novias del quejica) porque debían tener, seguro, un gusto musical horroroso. Yo no sé en qué puesto está, en la escala de valores que hace un varón atractivo para una hembra, el buen gusto musical. Me imagino que bastante abajo, en promedio. Me imagino que, para un alto porcentaje de ese promedio, ni consta como valor. De hecho, muchas veces pienso si el mero intento de convencer a las personas, de empujarlas hacia la audición de determinadas músicas, no es la más mísera de las pérdidas de tiempo. Más de uno está esperando a que acabe el insoportable disco de pongaustedahíelnombrequeleplazca para volver a oír a los Dire Straits, a los Iron Maiden o a los Yes (premio a quien sepa por qué justamente me han venido a la mente estos últimos dos grupos). 
En fin: este escrito, aparte de (me temo) vano intento de que Quien dé algún tipo de señal de vida, es para aclarar a todo el mundo de que todo es un engaño, de que este falso libro que se acerca a las mil páginas (hito que, con mi dispersión habitual, ni especulo en pronosticar cuándo será alcanzado) no se nutre de originales. Todo es fotocopia de alguna otra cosa. A veces, aclaro, puede que sea una primera o segunda fotocopia, de esas que, si dispones de una buena máquina, apenas muestra pérdida de calidad. De otras ya no puedo garantizar tal fidelidad. En todo siempre me he visto obligado a ir detrás. De una revista, de otra web, de otro blog. Lo bueno, con lo que juego como gran impostor, es que los que son fuente de inspiración no se relacionen excesivamente entre sí. Así la del libro de la austriaca no le diría al del libro de colombiano que qué jeta tiene este tío. Ni las inspiraciones emanadas de los altillos de la calle Bailén, que son ya el colmo de la apropiación: ir tras las migajas de una particularmente acertada colección de libros despachada por cuatro cuartos. Sobre la música: un día aclaré dónde. El cuándo: cada día. Las series, las películas, otro que tal. Hasta las inspiraciones de temas al azar parten de alguna mirada cruzada o de alguna coincidencia de esas que la cercanía a casa me ha ayudado a retener. Este es el problema, que el mundo de hoy está diseñado para lideres, que aprendiz de todo maestro de nada y que, si encima me lanzo al ejercicio suicida, este, de confesar la cleptomanía cultural, me entra la duda de si alguien lo hizo antes que yo.

Piano solo: ¿soy yo el único que nota ahí una pulsación de puro house?


dijous, 14 de març de 2013

ALREDEDOR DEL MUNDO EN UN DIA


Yo hace muy pocos meses que sé lo que es un troll. Mi experiencia en la red no es muy extensa. Apenas había considerado, hace unos años, la posibilidad de recibir mensajes directos, por cuestiones personales, desde el otro lado del globo, de desconocidos que dejarían de serlo. Cómo iba a suponer que existía eso: gente dedicada en cuerpo y alma a contradecir, a pinchar voluntades deshinchadas, gente que vocacionalmente disiente de todo, con tal de recibir una réplica enardecida e iniciar un cruce prolongado de réplicas que se elevan hasta donde haga falta, en fondo y en forma. Dicen que no hay que dar de comer a los troll, que sería el equivalente a cierta cosa que me decía hace años una compañera mexicana: solo un tonto discute con otro tonto. Que los troll es justo lo que quieren: obtener una reacción visceral y sanguínea para tirarse a la arena y revolcarse y volver sucios a casa, que no hay mejor ducha que la que uno se pega cuando está hecho un desastre, y ves el agua escurrirse a tus pies tiznada de barro o de mugre o de lo que sea. Es esa la ducha que quiere el troll: la que da frutos desde el primer chorro.
Recomendé leer cierto artículo de Quim Monzó: quien siga a Monzó sabrá que a lo único que Monzó toma en serio es al implacable paso del tiempo. En todo lo demás se caga y se mea y le da igual. Pero el troll que me tocó demostró poca profesionalidad en lo suyo, y se hizo el ofendido, porque no supo leer entre líneas al Monzó sarcástico y se pensó que Monzó se reía de la gente que tenía una enfermedad, la leve enfermedad descrita en este artículo
Claro que no hay que reírse de las enfermedades, pero sí creo que hay que arquear la ceja cuando la enfermedad se convierte en un reclamo comercial, en una especie de pretexto generador de un modus vivendi. Y eso es lo que me pasa con Albert Espinosa: apenas habré leido unas 20 páginas de alguno de sus libros (porque, en el colmo del absurdo, son recomendados en el colegio a mi hija adolescente - curioso, a mí me recomendaban a Monzó), y siempre he sacado la misma conclusión. Buenrollismo de código binario, apelación indirecta a la sensiblería, que, ejercida en primera persona, pues resulta creíble. Espinosa ha padecido el cáncer: le han amputado una pierna, se le ha reproducido en diversos órganos y ha pasado la vida en las condiciones en que describe a sus personajes, y se ha sobrepuesto. Es muy loable que ese espíritu quiera compartirlo con todo el mundo, muy loable que la serie televisiva basada en sus experiencias, Polseres vermelles, se encargue de difundirlas. Pero eso es puro mercantilismo, no tiene nada que ver con talento ni literatura ni otra cosa que la apelación a la sensiblería. Usa códigos que no son obvios, pero usa códigos al fin y al cabo para, a costa de su enfermedad, vender y vender y hacerse célebre y ser, en ciertos círculos, omnipresente, con su cara de majote, con sus camisetas amarillas, y con un aire que no acabo de soportar. Aunque puede que en un auto-análisis de pacotilla que me auto-practico, puede que negarle mi atención no sea más que otro medio de evitar el contacto con esos temas que, un día u otro, irrumpen en la vida de todos.


dimecres, 13 de març de 2013

LA FOTO INEVITABLE


Cortesía de Deborahlibros

EL MUNDO ES UN MOCADOR

Ah: cómo me gusta la palabra en catalán para pañuelo. Pañuelo, que sería un pequeño paño en castellano, a eso le llamamos en Catalunya "mocador". De mocos. Toma franqueza escatológica.

Pero eso es lo que es. Cuando os penséis que ando lejos porque no publico nada, pues miráis sin ir muy lejos lo que sale en Unlibroaldía. No muy lejos encontraréis alguna reseña que puede que esté repetida aquí, aunque procuro y me esmero en que digan cosas diferentes, o puede que no, porque cada día me hace menos falta, pues esta cuadrilla de euskaldunes me ha dispensado una acogida magnífica y, aunque uno sea ególatra por definición si le pone su nombre a un blog, pues no me importa nada vestir su camiseta una vez cada cuatro o cinco días, y proclamar el hermanamiento y, de paso, atribuirme cachitos cada vez mayores de sus portentosos éxitos. Récords semanales, diarios, mensuales de páginas vistas, que esta semana llegarán al millón (y yo estoy que salto porque me acerco a las 55.000), pero sobre todo una gente que te deja hacer, te deja hacer tanto que ya es muy usual que no recuerde donde he escrito qué. Para recuperar la confianza en la especie, vamos. Mis reseñas para Unlibroaldía publicadas hasta hoy:

Publicadas como colaboraciones esporádicas


Publicadas como colaborador de pleno derecho


Lista que cierro a 12 de Marzo, aunque hay como otra decena más que irá publicándose paulatinamente.
Gracias a UnLibroAlDía por la libertad absoluta en la elección de lecturas, tono de reseña, pronunciamiento sobre el libro, relación con compañeros y lectores, o sea, total. Gracias, claro, a mí mismo, por tener tal voracidad lectora y por no recordar nítidamente todo lo que debo haberme repetido. Así que si alguien no lo sabía, por ahí están esos cincuenta y pico, y creciendo, cachitos de mí.

dimarts, 12 de març de 2013

LIBERTAD DE ELECCIÓN

Mi inseguridad sobre mi capacidad para la ficción (que, curiosamente, se agudiza cuando leo ensayos del mejor escritor de ficción de la actualidad) me ha hecho desestimar un post que tenía en borrador: se llamaba, se iba a llamar Escarcha en las cejas e iba a escribir sobre un indigente que moría de frío en el invierno de una ciudad, en cuyos bolsillos encontraban cartas dirigidas al Vaticano pidiendo que le fueran regalados algunos de los dos hábitos sobrantes una vez se sabía la talla (la física: no merece la pena especular sobre la talla moral) del nuevo Papa. Iba a escribir sobre el tipo impresionado por la noticia de que, mientras él pasaba frío en un cruel invierno europeo de 2014, dos hábitos o uniformes papales o como narices se describa, resultarían desperdiciados al confeccionarse tres tallas posibles.
El cuento, que en el plan de mi cabeza iba a incluir cartas del pobre desgraciado apelando a la caridad cristiana y a su condición de agnóstico, con tal de disponer de un ropaje con el que guarecerse del frío, pues, digo, el cuento, quedará allí, flotando en algún lado, como tantas ideas que parecieron geniales pero no como para fijarse en mi cabeza ni como parar lo que hiciera cuando acudieron a mi mente y buscar donde anotarlas.

Todo viene a cuento por el tema del cónclave.
Cónclave siempre me ha parecido una palabra falsamente esdrújula. Adoro las palabras esdrújulas y ello bien pueda ser en agradecimiento a su sencillez: tanto en castellano como en catalán siempre se acentúan. En catalán puede quedar la duda restringida a la e y la o de si el acento es abierto o cerrado, pero en castellano esas palabras son un descanso para el guerrero que duda en las llanas y las agudas. Para ejemplificar esa situación, la propia palabra esdrújula es esdrújula. Coherente como ella sola, pensadlo.

A mí cónclave me parece que debería ser llana con-cla-ve. No sé si con es un prefijo pero estoy seguro que clave se refiere a clave, a cerrado, y no sé yo de muchas palabras en las que el prefijo se constituya, ordeno y mando, en sílaba tónica (otra palabra esdrújula, bien! - aquí termina la broma). El caso es que se acentúe donde se acentúe una serie de peces gordos de la iglesia (muchos: de ahí el milagro de los panes y los peces), van a reunirse y a elegir a uno de ellos, que se encargará en los próximos años de afear la conducta a los occidentales por follar antes de hora, por no traer hijos no previstos al mundo, y bla bla bla. Lo harán de un magnífico buen rollo: esta vez el motivo de su reunión no es que nadie haya pasado a mejor vida. El anterior se cansó y lo deja. Pobrecito, de qué vivirá. Aunque seguro que se apaña con poquita cosa.
El caso es que esa elección rodeada de secretos y costumbres ascentrales (lease rancias) y extrañas (lease absurdas) paraliza medio mundo, especialmente los medios de comunicación conservadores, que se quitan la careta y le dan una cobertura completamente desproporcionada. A mí no me interesa lo más mínimo, pero me ha permitido hacer justicia con las esdrújulas.

Otra consulta: aquí es cuando pierdo seguidores, como cuando en Twitter le meto la vara a Artur Mas, que no acaba de descongelar el filete de la independencia que se le pidió cocinar, ayer hizo seis meses. Ha habido una consulta en las islas Malvinas sobre el deseo de sus habitantes de pertenencia a uno u otro estado. Y el resultado ha sido abrumador: los de las Malvinas (me planteo si este es el momento o no de llamarlas Falkland) quieren ser súbditos ingleses: han votado el 92% y el 99,8% quiere ser inglés. Ese 0,2% que no quiere, que atisbo que son, de acuerdo con los datos de población de las islas, una decena de personas a mucho estirar, no llegan a llenar una mesa grande de desayuno. Dirán los argentinos lo de la situación geográfica y seguramente habrá habido una (eficaz) campaña propagandística y puede que muchos de los votantes no sean oriundos de las islas, sino británicos de origen desplazados allí en una campaña planificada. Claro: pero diez personas como mucho es algo que da risa. No pretenderán que le preguntaran a los argentinos del continente. Igual que los españoles no deben opinar sobre Catalunya, deben ser los residentes en las islas quienes decidan su futuro. Mi consejo a Cristina Kirchner es que deje correr el tema y considere la voluntad de la gente. Lo mismo que digo sobre Canarias y Gibraltar y Andorra y, por supuesto, Catalunya y Euskadi. Normalmente la gente siempre elegirá la opción que le parezca más beneficiosa y estable para su nivel de vida y su perspectiva de futuro. Sólo eso pesa ahí cuando las banderas, en el fondo, cuando uno está donde quiere, solo sirven para decorar tazones y sonarse los mocos cuando no hay otra cosa.

dissabte, 9 de març de 2013

Metronomy: THE ENGLISH RIVIERA - LUZ


Parece ser que uno de los menesteres que me ha sido reservado en el orden cósmico es el de escarbar pilas de discos (reales y virtuales) hasta convencer a los hispanohablantes del planeta de que la música electrónica no es una mera repetición de esquemas deshumanizados, ni se reduce a que un señor deje una maquinita funcionando mientras sale a la calle a fumarse un cigarrito, o se adentra en su relación con alguna techno-groupie. ¿Cuál es una de mis obsesiones, en el desempeño de tan noble pero cruelmente árida tarea? Discernir, de entre toda la música de hoy en día, qué queda y qué no en los confines de las fronteras entre géneros. Más cuando ese monstruo amenazador de dos cabezas, llámese indie llámese alternativa, hace guardia ante las puertas de mi casa, dispuesto a apropiarse de lo que es mío, dispuesto a reivindicar paternidades, como si ello fuera un acceso seguro a los beneficios sociales. Que si no porque lleve sintetizadores es electrónica, que si el espíritu y la formación son pop (o rock, o funk, el tipo es insaciable), que si los instrumentos son meros transmisores del mensaje. Y yo soy uno solo, y mis fuerzas son escasas y he de dosificarlas.
Metronomy no son un grupo de electrónica pura, de acuerdo. Veo fotos, ya sabéis lo de mi pereza para documentarme en exceso, e interpreto que hubo una formación previa, anterior a The english Riviera, donde uno de los tres miembros iniciales (los fundadores situados en los extremos derecho e izquierdo de la foto) fue posteriormente sustituido por la sección rítmica (batería y bajo), que a la postre parece haber sido la que les ha encumbrado. Esto de las secciones rítmicas mixtas (chica batería, chico bajista) me recuerda irremisiblemente a los Talking Heads: otro ejemplo de banda con los pies en las fronteras de treinta y siete géneros diferentes. Además, me arriesgaré y diré que Anna Prior, batería, es, oficialmente, la mujer más sexy del mundo en lo concerniente al sub-sector del planeta consistente en varones obsesionados por las formaciones musicales de públicos minoritarios. Una chica de largo pelo y largas piernas que toca la batería sin sonreír bobamente como diciendo me han dicho que me ponga aquí. En alguna crítica de esas que leo a cientos vi definir el sonido de Metronomy como elegante. A mí, el término elegancia me da mucho miedo en los entornos musicales. Elegante se puede llamar a un plasta como a Michael Bublé (un gran puaj), a la insípida Diane Krall, pero yo creo que la elegancia esa remite más a la pulcritud sónica de unos Steely Dan a las cuatro de la madrugada, con los ceniceros y los vasos del estudio tirados por todos lados, o a la meticulosidad ermitaña de los Prefab Sprout de Jordan the comeback. Aún así, el término elegante me rechina cuando veo a los dos frontman del grupo, que parecen escapados de un set de figurantes para The It Crowd (de hecho el bajista parece un protagonista de The It Crowd y la batería una aspirante a novia de cualquier protagonista de The Big Bang Theory). En fin: llegado este momento en que, de acuerdo con los parámetros de longitud de texto, una antigua lectora establecía que me estaba prolongando demasiado, me doy cuenta de que apenas he mencionado como suenan estos pillastres. Que de hecho es lo que me ha traído aquí (aparte de recordar que esto hará disfrutar al convincente Gon, compañero de la red y fan declarado del grupo). Mejor un ejemplo que no suelo poner. Espeluznante actuación en vivo de apenas hace unos meses: festival con público entregado y repertorio basado en el disco: increíble toma de Some written que se aprovecha para presentar la irrupción del grupo en el escenario. Impresionante pasaje instrumental y final del tema que enlaza con el huracán rítmico de The bay.
Otra más que me debéis.




divendres, 8 de març de 2013

COSAS DEL FÚTBOL

Pues sí: voy a apuntarme a la moda fácil. Peor, voy a apuntarme tarde, cuando ya he podido (aunque no lo he hecho) darme un atracón de leer opiniones, panegíricos, críticas, alabanzas emocionadas y diatribas desde el odio de todos los colores. Así que no solo voy a ser un oportunista, sino que voy a ser un oportunista holgazán y retardado, sospechoso de tirar de la red para acumular datos objetivos que constituyan el armazón de un razonamiento.
Pues no: voy a actuar con los intestinos, voy a ser lo mismo que el tipo que se presenta con la bandeja en el buffet libre y siempre se llena el plato de aquello que le apetece, no de aquello que le conviene a su salud. Voy a servirme cuatro vasos de Coca Cola mientras todos se recatan y se conforman con el agua de la maquinita de ósmosis.
Chávez me caía de cojones. Me caía de cojones porque importunaba a muchos de los que odio. Seguramente los importunaba desde un culto a la personalidad excesivo, desde ese sensacionalismo que tanto nos repele a los señoritos europeos, que siempre queremos líderes discretos, callados y trabajadores. Líderes que trabajen de sol a sol y también el fin de semana, que para eso tenemos montones de facturas que pagar. Así que el defecto de Chávez era un defecto de peso, un defecto de esos que hacen irrefutable cualquier réplica. Populismo, protagonismo desmesurado, culto a la personalidad, aire paternalista, ligero mesianismo (ligero ya es muy nocivo para nuestros parámetros) y un aire chulesco y de superioridad que era exactamente la receta perfecta para que sus enemigos justificaran toda la campaña propagandística en su contra.
Chávez me caía de cojones porque no era perfecto. Porque creo que hay poca gente perfecta y si la hubiera me daría mucho miedo. Una persona perfecta seguro que es consciente de su perfección y eso es sumamente peligroso. Chávez era, por ejemplo, militar, que es algo que yo difícilmente comprendo como vocación en la vida. Tenía un fervor religioso de esos que a mí me empalagan.
Bien pensado, quizás es mejor explicar ciertas cosas usando un símil muy tosco. Como a veces pienso si no soy no tanto del Barça como antagonista a toda la chulería y la españolización que representa el Madrid, puede que fuera de Chávez, que me cayera tan bien justo porque detesto a la gran mayoría de los que él importunaba. Detesto lo que representan los que se pronunciaban contra él en vida y, muy coherentemente con su baja condición, una vez ha muerto.
Menos pobreza y menos analfabetismo. Hay bagajes que no tienen discusión posible, y ese es uno que deja la gestión de Chávez. Deja los saludos y las alabanzas encendidas de los líderes de izquierdas de la América Latina, y puede que su presencia y su firmeza tenga algo que ver en el prolongado tiempo en que no hay golpes militares que descabalguen gobiernos legítimos del poder. Deja un doble Twit de Oliver Stone, cuyas películas son irregulares pero cuya posición política es sólida, que se despide y le llama amigo entre pocos cientos de caracteres de emoción. Deja también un sucesor que ya ha especulado con alguna teoría descabellada, pero que me parece más bien un gato meando para marcar su territorio.
O un defensa central que le enseña los tacos al delantero a la primera jugada.
Cosas del fútbol.

diumenge, 3 de març de 2013

Kiko Amat: ERES EL MEJOR, CIENFUEGOS - MÁS DESPACIO, POR FAVOR

En un breve lapso es posible que lea dos libros de dos conocidos. Me enfrentaré a la comprometida situación de leer (y valorar, menudo yo pa' quedarme callado) lo escrito por alguien a quien, aunque sea de manera extraña y virtual, llego a conocer. Con Kiko Amat estoy cerca de eso: creo que es cuestión de tiempo que un día me lo cruce por la calle y le diga hey. Entonces me enfrentaría a la tesitura de decirle cara a cara lo que voy a poner aquí. Bueno: el tipo siempre se ha definido a sí mismo (o es a sus personajes?) como poquita cosa; no creo que se enfade por lo que voy a decirle.

Kiko: el primer libro que leí tuyo, Cosas que hacen bum, me resultó algo precipitado y naif. Pero comprendía su función: segunda novela, cierta angustia adolescente, necesidad de hablarle al lector de esa especie de urgencia veinteañera y hacerlo al primer pretexto. Luego, no recuerdo el orden concreto, Mil violines y Rompepistas me hicieron descubrir un escritor cercano, sincero, consciente de sus limitaciones pero entregado a compensarlas con entusiasmo y autenticidad. Uy, la palabra autenticidad lo que debe sonarte. Esos dos libros me revelaron un escritor de una calidad difícil de describir, pero a la vez, muy sencilla de prescribir. Que los leyerais, coño, y os metierais en esa piel de precarios y algo cutres miembros de tribus urbanas, de tímidos chicos llenos de granitos a los que la ropa auténtica les resultaba inasequible, porque eran de extracción humilde, pero que tenían todo lo demás. Espíritu punk, mod, lo que fuera, pero espíritu rebelde como caparazón de ternura. 
Entonces, Kiko, te diría, qué coño ha pasado en Eres el mejor, Cienfuegos. Porque comprendo tu urgencia absoluta por poner en la calle un libro situado en medio del movimiento del 15-M, comprendo que esa idea hervía en tus venas y debías darle salida antes de que el cadáver (sí: aprovecho para proclamar desde aquí que el espíritu del 15-M es un cadáver: no una momia, que esas resucitan en las películas o en sus re-makes correspondientes, sino un cadáver absoluto, al que no le queda nada de calor ni posibilidades de recuperarlo) se enfriara. Por eso compusiste esta historia tibia de crisis de los 40, de peterpanismo, de estampas patéticas (no de tu escritura, de las perrerías que le haces sufrir a tu personaje principal) de circunstancias estrafalarias y de, voy a ser benévolo, pretendidas intenciones de ser un himno generacional o un amago de llamada a la lucha de clases. No, Kiko, tu camino como escritor no es que sea fallido, es que te estás metiendo en un callejón con pocas salidas como no sea en veinte años describir imágenes de abueletes punk, mod, que arrastran su maltrecho hígado en barras de bares de mala muerte explicando a la gente lo que vivieron (broma exclusiva para barceloneses de determinados microambientes: como un Flowers cualquiera). Y eso creo que te desmerecería. Kiko, así Herralde no te va a quitar nunca de la colección Contraseñas, nunca publicarás primeras ediciones en libros de portada gris piedra y nunca llegaremos a saber si eres capaz de saltar del entorno cercano, ese en el que has estado tan cómodo que te has acabado durmiendo en él, a otros entornos más arriesgados, más inciertos, sí chico, lo acepto, pero menos solipsistas.
Y puede que un día te lo diga con un par de cervezas entre nosotros.

divendres, 1 de març de 2013

OUYÉ

Me encanta decir "Ouyé". Lo digo con cierta reiteración y un tonillo chulesco como de tipo francés que vive en una calle de Nueva York de esas que tienen escaleras de incendio que se bajan si eres un poco alto y das un salto.  Cuando lo que pasa es que vivo en Barcelona, ciudad que cumple con la norma no escrita que yo atribuiría a todas las ciudades, con la excepción de dos o tres de Irak que no he visitado.
Y es que ves las luces de los edificios y los faros de los coches en bonitas fotos hechas de noche y piensas en qué bello es el mundo y qué grande es tu amor. Pero en el interior de los edificios cuyas luces nos alucinan y tras los volantes de esos coches hay gente trabajando hasta tarde o gente impaciente por llegar a casa. Para que nosotros nos quedemos fascinados por esa imagen unos cuantos se sacrifican gratis. Uy. Cosas de estar unos días alejado. Se me derrama el azúcar y digo cosas que es que no. Decía lo de "Ouyé". Pues eso dije cuando oí el otro día el anuncio de Bankia por la radio. Bankia es una palabra horrorosa: suena a nombre de payaso de circo de origen balcánico. Suena a artista dedicado a los graffitis que se acuesta cada noche pensando que ojalá le llamen de una oficina para trabajar que tanto spray de pintura le está aburriendo ya. Suena a marca de refresco de esas que se presentan con un sabor innovador y lo único innovador es el sonoro fracaso y el inhumano descuento que aplican a su precio los tenderos con tal de liquidar el stock que compraron tras una mala decisión.
Bankia es el nombre que se han inventado para agrupar bancos malos. De esos que han sido horrorosamente gestionados por políticos puestos a dedo y que lo único que sabían de números se limitaba a la negociación de su contrato, de su cláusula de protección y de sus bonus en acciones convertibles. Bankia ha sido rescatado (iba a ponerle un nombre femenino: basta ya de ternura) por una inmensa inyección de caudales públicos que, en la práctica, por la cuestión de los vasos comunicantes o porque el dinero no crece en los árboles, ha supuesto que haya severos recortes en sanidad, en educación, en cultura. El equivalente en dinero que, a través de los impuestos, han entregado los cuatro miembros de mi familia es de 2.400 euros, más de 3.000 Usd, señores del cono sur. O sea, para que Bankia siga adelante yo no tengo unos 160 libros, o tres buenas TV de plasma, o he dejado de comer 100 veces en McDonalds, o he dejado de comprar 4 laptop, o he dejado de ir dos semanas de vacaciones en julio a un hotel de la costa de los de brazalete de todo incluido. Eso sí, sin que nadie me preguntara qué me parecía la decisión.
Por eso creo que tengo el derecho de pedir que, encima, el banco no emita un anuncio con la intención de recuperar clientela, en el que reconocen sus errores y la ayuda que han recibido y dicen que van a volver a empezar por el principio, y ahora, "desde los principios". Los que se pasaron por el forro para llegar a la situación actual. Las segundas oportunidades, esas que todos nos merecemos, ahora nos las pide un banco de mierda. De rodillas, cabizbajo, fui malo, pero he cambiado. Joder. Los hay con cara.

Segueix a @francescbon