dilluns, 28 de gener de 2013

Teju Cole: CIUDAD ABIERTA - PASEOS NOCTURNOS

A pesar de la constante invocación a los clásicos, tengo una irreversible tendencia contemporánea. Digo irreversible porque, por mucho que pueda seducirme puntualmente alguna otra lectura, vuelvo a los narradores del día de hoy y ese es mi hogar añorado. Teju Cole es un escritor de origen nigeriano que vive en USA. Ciudad abierta es su estreno en formato largo. Ahí me paro: si hablo de que su forma de narrar es novedosa alguno más bregado me dirá que no lo es. Pero con mi bagaje es lo que creo, no sé si esto es Julius in Wonderland o algún pasaje del Corán o algún itinerario de un mercader por la China de vaya a saber qué dinastía. Sé que no me suena haber leído una novela tan poco novelesca, una colección de capítulos sueltos tan sustentada en un hilo invisible, o lo que sea. Lo que sea quiere decir que, se llame como se llame, como queramos etiquetarlo si ya la cabeza no nos llega a más que el indexado continuo de las cosas, Ciudad abierta es una experiencia como narración. Sí: posiblemente narración sea el término neutro idóneo para su definición. Cole, en la voz bordeando lo metaliterario de Julius, el psiquiatra nigeriano, acaba describiendo muchas más cosas que las inofensivas caminatas por NY y Bruselas de un afroamericano. Las temáticas que surgen van y vienen de la corta distancia sentimental (el anciano homosexual al cual visita de vez en cuando) a las arriesgadas, temerarias teorías de un par de árabes la mar de cultos que atienden un locutorio. Aunque no lo sea en sí mismo, el mundo que recorre Julius es descrito de la forma más razonable, a la vez que cariacontecida. Las cosas que pasan y las opiniones que se intercambian tienen tanto sentido común que su simple suma y superposición nos parece descabellada. Como etapas en un Tour de Francia (ejem, el parque temático del dóping) cada capítulo es una visita a un rincón distinto del universo. Cada  uno de esos paseos contemplativos e introspectivos (aunque los hay con compañía incluida, siempre es Julius quien se mantiene en el centro y vierte sus comentarios) en los que, gracias a las palabras, uno no sabe dónde acabará.
Pocas cosas más se le pueden pedir a un libro. 

dissabte, 26 de gener de 2013

Ilustrísimo Sr. Regidor de Cultura

He echado unos numeritos. Con suerte, el promedio de nosotros vivirá unos 30.000 días. Sí; eso es lo que representan unos 82 años de vida. Joder: suena muy poquito. Más cuando las grandes cifras nos cuesta ubicarlas si no es relación a unidades monetarias o a número de habitantes en una ciudad. Treinta mil, de los que, si somos puntillosos, empezaremos a descontar esa primera infancia en la que somos poco más que animalitos en proceso de aprendizaje sometidos a control exhaustivo paterno, pues consideramos que nuestro nivel de conciencia de nosotros mismos es inexistente. Y descontaremos todo el tiempo empleado y la atención acaparada por trabajos efectuados al ralentí intelectual. Puede que acabemos sosteniendo una prolongada discusión que generará un amistoso cisma entre quienes piensan que dormir no es vivir y quienes defiendan que, con la libertad absoluta en la elección de guión, de protagonistas, y de roles que permite el mundo de los sueños, digan que esa es la auténtica vida intensa. Pero en cualquier caso, todo resta, las experiencias intensas no suman, pues se circunscriben al momento de su disfrute, y dos días en la montaña relajados nunca parecen, ni la más elemental de las leyes nos lo permitirían, haber sido dos semanas.
Lo cual nos deja unos 8 o 10.000 días en la vida en los cuales podemos considerar que hemos hecho lo que hemos querido y a la vez nos han dejado hacer, menos aún si nos limitamos a quererlo, que nos dejen hacerlo, y que podamos hacerlo. De los cuales, por lógica, un porcentaje importante se acumulan entre nuestra época de estudiantes y la de dignos retirados, o sea, que en nuestra dorada madurez acumulamos como máximo dos o tres mil días en los cuales podemos optar con libertad por lo que queremos y podemos y nos es asequible: libros, discos, películas, viajes, sexo, siestas, fiestas, bares solos o en compañía, paseos, deportes, verlos o practicarlos, escribir (uy), ver el paisaje extasiados o indiferentes, o ni lo uno ni lo otro, contemplar un cuadro, el mismo, por horas, y descifrar sus enigmas. Así que elijamos lo que hacemos. Y, en un momento libre, escribamos a políticos influyentes cartas pidiendo que las bibliotecas públicas sigan prestando atención a los catálogos, a los nuevos autores, a los libros sobre nada en concreto que acaban siendo sobre todo, como el que pronto reseñaré. Amigo.

dimarts, 22 de gener de 2013

Edward J. Burn: CONVERSACIONES CON DAVID FOSTER WALLACE - POR QUÉ, COJONES

¿Me es permitido ponerme un pelo endogámico, con ligero regusto rencoroso y cierto aroma a retranca?. ¿Sí?. Pues bueno, allá vamos: este blog, que lleva mi nombre y mi apellido, con lo cual no sólo me he expuesto a que cualquier cotilla que no me quiere bien pueda reírse panza arriba de cada letra que escriba, sino que también he renunciado a ponerme nombres de mayor tirón comercial como vivenciasdeunrebelde o aquíescribeunservivo o sinotegustanololeas, recibe cada vez menos visitas. Ya he comprobado en mis carnes, experiencias americanas que sirven lo suyo, que el jugueteo del título desorientador sólo hace que alejar a los que se acercan por curiosidad a leer las opiniones sobre algo. Sí, hace pocos días que me reía de eso. Pero entonces no había reparado en lo cochambroso de mis estadísticas. Aunque sea por quienes, desesperados de no sintonizar nunca mi longitud de onda, hayan renunciado, o los justamente enfadados porque no llevo bien lo de la reciprocidad en los comentarios, creía haber constituido una masa crítica de la que recibía, puntualmente, espoleos. Volveré a partir de cero, si hace falta. En unos pocos meses este blog llegará a sus 1000 posts, lo cual puede que sea una trampa si contamos entradas traducidas, chascarrillos o meros links junto a unas líneas. Pero va, que alguien llegue a esa cifra.
Así que el título va a ser descriptivo y voy a procurar respetar ciertas premisas que no me permito cuando publico bajo otras enseñas. 
Aquí van a haber vísceras, insultos, palabras malsonantes y sangre por el suelo. Esta es mi casa y la limpio cuando va bien.

Deborahlibros sabrá perdonarme: casual fue que el 1 de Enero coincidiéramos a tres bandas hablando del mismo portentoso libro de DFW, pero que yo comente hoy el mismo libro que ella hace un mes no lo es en absoluto: leer su reseña me empujó a hacerme con el libro, a esperarlo a través de la biblioteca, y a invertir menos de un día en leerlo, con una urgencia, una avidez y una terrible sensación de haberme reprimido por no subrayarlo, anotarlo, transcribirlo, o hasta de honrarlo(...) inaugurando mis carnes tatuándome alguna de sus frases. Sí señor: justo como aquel lejano libro de entrevistas con Bolaño, las palabras de DFW, recogidas aquí en 19 entrevistas ordenadas cronológicamente desde 1988 hasta 2005, más una semblanza biográfica final (final) brillan poderosamente en la noche barcelonesa. 
Qué queréis que os diga: que en esos 17 años que transcurren desde el nervioso veinteañero que ha publicado La escoba del sistema, retocando una brillante tesis doctoral en forma de novela hasta el amable, comedido y triste hombre de 43 años de la última entrevista, sin perder un ápice de locuacidad, de extensión creativa, de desparpajo cultural y culturalista, DFW se muestra en una diversidad de facetas (en función básicamente de la extensión de las entrevistas y el tono más distendio o más intelectualizado del entrevistador de turno) que no hacen más que provocarme esa desagradable sensación de ahogo, de congoja porque con 46 años dijese ya basta, por el puto medicamento contra la depresión que había dejado de hacer efecto y en compañía de sus perros.
Los habituales deben comprender ésto: tal como dice en algún lado el libro, junto a otros calificativos todos ellos elogiosos sin coba ni más dulzura de la necesaria, DFW cambió el paradigma literario. El mejor de su generación, el más brillante, bla, bla y bla. Todo eso puede ser verborrea hasta que se experimenta en la puta carne de uno mismo. Desde que he leído esos ensayos y, ahora, cuando la impresión de notar su caída de ánimo conforme cumplía años aún perdura en mí, todo lo que escribo lo paso por la vara de medir de su talento. Por eso es tan difícil que salga algo. Hasta estas palabras, que son un panegírico de poca monta, torpe, inexacto e indocumentado pero que saldrán a la luz porque hago trampas con la justicia poética, me parecen indignas de un descarte de borradores suyos que acabarían en un rincón de su escritorio repletos de tachones. 
Si os interesa el autor, comprad este libro. Si os interesa cualquier autor, comprad este libro. Si queréis comprender el proceso de la escritura y la combinación a partes bastardas de alienamiento y ensimismamiento que ello supone, comprad este libro. Compradlo, leedlo, tenedlo, conservadlo, recomendadlo, miradlo y acariciad su lomo. Abridlo al azar y haced así con el dedo, como cuando se le da una cucharada con comida a un bebé, y allí habrá una frase brillante, un pensamiento honesto, a veces socarrón, a veces complejo y difícil, pero siempre meditado, excesivo, valioso y, lamentablemente, casi, casi seguro irrepetible. 

dilluns, 21 de gener de 2013

Quentin Tarantino: DJANGO UNCHAINED - ESCLAVOS DEL TALENTO

Vayamos con los defectos: hay tres claves en Django Unchained que emparentan la película con otras de la filmografía de Tarantino. La interpretación de Christoph Waltz, otra vez aquí un culto políglota de deliciosos modales que bordean la auto-parodia. Parece que Tarantino haya escrito ese papel a la medida, hasta del gesto en que, igual que hacía con el vaso de leche en Inglourious basterds, abra los ojos cuando se bebe la jarra de cerveza auto-escanciada. La cena en Candyland, con esas manos sobre la mesa, con ese trasiego de puertas que se abren y se cierran y esa sensación agobiante y casi certera de que la verdad está a punto de aflorar y todo puede saltar por los aires, no deja de ser fuertemente evocadora de la escena, también de Inglourious basterds, de la taberna que es un sótano. Que no dejaba de recordar, por lo menos a mí, la escena inicial de la primera película de la saga Indiana Jones. La tercera, la matanza en la casa de Candyland, con el desfile de enemigos, evoca la del restaurante asiático en Kill Bill 1, ejecutadas ambas de una manera cruel y coreográfica, trufadas ambas de una irrealidad rayana con lo descabellado, pero necesarias en el contexto no sólo de la película sino incluso de esa liturgia propia de las películas de Tarantino, que es la sutil pero constante licencia que se toma para recordarnos que su cine es entretenimiento por encima de todo, que trasfondo, coherencia, mensaje moral, mensaje social, otros aditivos que pueden encontrarse, son adicionales, son casi opcionales.
Ahora bien: resulta que esas tres cuestiones son hasta discutibles como defectos. Cuando aquel original con el que se las compara es del elevadísimo nivel, qué podemos objetar. Pues, sólo aclararé este punto para no alargarme, la composición de de Waltz, ahora como el también alemán Dr. Schultz, dentista itinerante pero caza-recompensas de fácil verbo y curioso sentido ético, es una absoluta delicia de mezcla entre sarcasmo culto y violencia elegante. 
Django Unchained podría, si Kill Bill 1 y Kill Bill 2 fueran una sola película, cerrar una trilogía por la que Tarantino rindiese tributo a tres géneros (artes marciales, segunda guerra mundial, spaghetti western) con el nudo argumental de la persecución y la venganza. Esto es una teoría mía, fácilmente descalificable por la realidad: cualquier película de Tarantino es disfrutable de modo independiente y cuenta, cada una, con sus propios ganchos y sus propias justificaciones más que sobradas. También podríamos decir que Django unchained emparenta con Jackie Brown en cierta reivindicación del black power, eso sí, a la Tarantino: con toda su carga de mala leche y con toda su denuncia de hipocresía. Spike Lee se ha cabreado con esta película por su tratamiento del tema de la esclavitud: cómo si series añejas como Roots o el desapercibido experimento de Spielberg en Amistad lo hicieran con mayor sutileza y eso sea lo adecuado. No. La crueldad aquí, por descarnada que sea (incluso cuando proviene del igual, genial guiño en un Samuel L. Jackson que guarda ciertas reminiscencias con los guardianes judíos empleados en los campos de concentración nazis), es, me temo, fiel reflejo de la que fue en realidad. Sí, mundo occidental, dejemos de una vez de mirar al ombligo de nuestras tradiciones milenarias y de los avances tecnológicos que hemos puesto en el mundo (y, cosa más significativa, en los mercados y en las cabezas de la gente), y pensemos en cuantas facturas pendientes de pago acumulamos ya: el genocidio americano tras el descubrimiento, la esclavitud, las colonizaciones en Asia, el expolio de recursos en todos esos sitios, las ocupaciones de tierras que no eran las nuestras, la imposición de lo malo y lo bueno de nuestro modo de vida. Mirémonos en el espejo y reconozcamos todas las putadas que hemos andado haciendo como para echarnos las manos a la cabeza cuando una bomba estalla. Django unchained, que, insisto, es sólo (aunque mirad dónde me ha llevado su lógica de incrustación en los recuerdos) una soberbia película de entretenimiento cuyos 165 minutos pasan en un suspiro, nos deja esas imágenes: más crudas o más subliminales, más directas o más sibilinas. Pero las deja bien estampadas.

divendres, 18 de gener de 2013

LOS ULTRASONIDOS

Como los perros que levantan la orejita ante la proximidad de un seísmo, parece que empiezo a notar que cierta normalidad puede estar de regreso en algún momento. Es pronto para decirlo: dicen los doctores que me rodean y merodean. La linterna en pleno iris: cabrón, podrías ir con cuidado. Los daños son reversibles, aunque el poeta haya estado hablando de las cicatrices del alma.

Me he hecho unas notas.

Blogs que visito: me es imposible dejar comentarios medianamente originales sobre los temas de ficción. Cualquier personaje al que le pinte una cara y, concretamente, llegue a valorar si es moreno o sus cejas son espesas merece la pena. Luego lo que hacen es lo que les hacéis hacer. No puedo juzgar eso. Los hechos están escritos en algún lugar sagrado. Esto no es cierto: los lugares sagrados están cerrados para que la gente no lo llene todo de porquería. Latas de Cola light y bolsas de palomitas dulces más concretamente.
Valdés, por qué narices, por qué y por qué ahora. Esta la entiendo a ratos.
El tesorero del PP confiesa llevar 20 años pagando sobresueldos mensuales de 5, 10 y 15 mil euros a los cargos elevados del partido. Esta me tiene dividido: pues el períódico que la publica no tiene credibilidad pero cómo me gustaría que fuera verdad. Y cómo me indignaré cuando, si es verdad, la gente pasa y sigue votando a ese partido de mierda.
Los libros: demasiados a la vez, lo cual está bien, pero aprendida la lección: un libro, un post. Lo contrario es injusto, es irrecíproco y otras varias palabras que empiezan por i. La i es una letra aguda y ácida.  Esta la tengo muy clara.
La música: me ilusiono de golpe con algún disco porque cuatro o cinco canciones iniciales suenen bien. Luego el cambio de entornos de escucha empieza a introducir matices que no son nada matizados. Son dagas sobre las ilusiones. Esta me obsesiona: la función "correa de entusiasmo" en mi modo vital había venido dando buenos resultados hasta ahora.
Lo peor de este mundo es toda esa marea de cosas que quedan entre el 5,5/10 y el 7,4/10. Nada que entusiasme, nada que disuada, y el pobre opinador cargado de culpas y prejuicios debatiéndose entre ser tibio entusiasmándose o ser amable flagelando.

Y la vida es una eterna elección entre las colas de león y las cabezas de ratón. Eso, y encontrar un rato para el episodio 0304 de Boardwalk Empire. 

dijous, 17 de gener de 2013

AYUJU

Como comentario adicional al quejumbroso post de ayer añadir que si volviera a hablar de política, siguiendo el reclamo de mi vesícula biliar, ni interesaría a los no locales (podría haber un pestañuco ahí arriba, pero no) ni haría más que hacerles más caso del debido al cada día más nutrido Club de los Políticos Mangantes. Morcilla malagueña. A todos.(*)


(*) Menos a Bildu y a las CUP.(**)

(**) Y al pujante nuevo partido S.A.D.F.W. (***)

(***) ¿De verdad hace falta especificar a qué corresponden esas siglas? (****)

(****) ?¿De verdad?

dimecres, 16 de gener de 2013

EL CALOR DE LOS TRÓPICOS

Soy un futbolista increpado desde la grada por su bajo rendimiento.
Claro: qué otro símil cabría esperar cuando se empieza a escribir en el intermedio de un partido. 
Estoy jodido.
Sí: me cuesta concentrarme en la lectura, no me gusta lo que escribo, avanzo lento en los dos o tres libros que estoy combinando, y he encontrado dos discos que me gustan un montón. Muy difícil escribir y oír música a la vez, imposible leer y escribir música, en mi caso. Pero ojo: no tanto como para que me vengan las ganitas de llorar. 
Así que tengo que apretar. Tengo que sacar algo que huela a sudor aunque ese sudor sea helado. La presión. Puede con demasiadas cosas. Puede no sólo con la concentración y la calma y los paraísos idílicos donde las mozas dicen aloha.
No debería haberme despachado cuatro libros en un post. Una decisión muy poco empresarial, muy poco de estratega del marketing de venderse a uno mismo. No soy una buena puta, vamos. Otra cosa que debo hacer: acabar con esta manía de los títulos descolocantes. Ahora me doy cuenta, porque lo estoy aprendiendo de los amigos americanos, que eso impide que la gente te encuentre cuando va buscando algo concreto. Así, si hablo de un libro concreto debería poner ese título y el nombre de su escritor en el título del post: la frasecita incongruente la pongo después y así el señor que quiera enterarse de lo que este humilde siervo del señor piensa de un libro no se parará en otro lugar de esos donde dan malos consejos y entronizan a Isabel Allende. Por tanto debo hacer eso, ayudar a la gente y a las maquinitas de búsqueda, que las pobres bastante mal que lo pasan en salas refrigeradas en rincones del mundo donde el alquiler del suelo es asequible. Pobres servidores. Así lograré ser influyente. Así la gente comprenderá el proceso mental de la crítica, sustancialmente diferente a la reseña. 
Con miles de respetos, la palabra reseña, aunque la use a destajo, me resulta algo de instituto: resumes el libro, hablas un poquitín del escritor, de alguna obra anterior, pones dos frasecitas sobre el estilo y la estructura y al final dos frasecitas más para pronunciarte. Pero la crítica es algo diferente. Para empezar cada vez que lees un libro con un sentido crítico tienes que poner tu cerebro como una locomotora. Tiene que pasar toda tu colección de lecturas como esas peliculillas previas a la muerte, y una vez has superado ese número inicial de páginas, empezar el procesado de imágenes para trazar analogías: se parece a este otro escritor, se parece a este otro libro, toma de aquí, toma de allá, se inspira, ojo, se inspira demasiado, copia, plagia, homenajea, fusila. Qué feo eso de fusilar, en esta civilizada zona del mundo donde no queremos la pena de muerte más que cuando nos da un apretón. En fin, que criticar discos y series y libros es algo extenuante por el ritmo que te exige, no por la responsabilidad, que ni soy Spiderman ni me importa un pepino si hundo la carrera a un mal escritor, ya no digo a un mal musico, sino por eso que digo, porque el cerebro compara frases (o canciones, o ritmos) y personajes y estructuras con todos los otros libros (discos) que tienen el mérito de haber dejado algo ahí para el recuerdo. Y, al final, uno se sienta ante el teclado con ganas feroces de ensalzar o destripar, y con ganas más civilizadas (en esos ingratos libros - o discos, narices - que combinan virtudes y defectos, que resultan ser muchísimos) de explicar que sí pero a lo mejor, y suelta su parrafada, y acaba pensando si la crítica es única, claro que sí que lo es, o si la crítica aporta algo al planeta que antes no estuviese. Si ese tipo en las quimbambas que te ha leído va a cometer el error de su vida haciéndote caso y va  a dejar, o no, pasar un libro ( o disco, hostia, me estoy hartando ya) que hubiera cambiado su vida, y porque tu le has dicho que no vale ni el papel en que está escrito, lo ha dejado correr. Por ahí.

dilluns, 14 de gener de 2013

ARTE CALLEJERO

Cuenta una anécdota que igual ya he explicado que un turista se iba alucinado de un viaje a Barcelona explicando la inmensa fortuna que debía tener un tal Lloguer ya que había montones de locales que proclamaban ser suyos. Local de lloguer es la frase en catalán que se pone para anunciar que un local está disponible. Podría hacer una tesis doctoral sobre esos carteles sin alejarme más de cien metros a la redonda desde mi casa. Son locales que han albergado montones de negocios idos al traste: tiendas de golosinas, copisterías, tiendas de ropa (de adultos y de niño), kioscos, alimentación preparada, muebles, material de oficina, productos de cocina italianos. Me ha llevado más tiempo escribirlo que recordarlo. Curiosamente hay locales que subsisten a capa y espada, o contra viento y marea. Mi amigo inconsciente, el que me inspiró Comida para reptiles, abre intermitentemente y pone o quita el cartel de alquilar el local (supongo que el vaivén de sus ventas debe contar con ese indicador a ojos de los extraños). Los chinos y los bares y los paquistaníes y la alimentación no parecen apenas afectados. Los une un curioso elemento: los chinos se han lanzado en masa a dispensar algo tan exótico como el kebab. Aún así, la frontera no está cruzada: no veo kebab con carne de cerdo, sólo ternera o pollo. Veremos como, en el ineludible momento en que la masa de parados se convierta en un ejército hambriento e implacable, se lanzan sobre esos comerciantes. A los que uno puede ponerle las pegas que quiera. No entres en sus instalaciones si te parecen poco aseados o no te gustan sus productos o los precios que les ponen. Quéjate de que los chinos son baratos (y a saber qué pondrán) y los pakistaníes caros (y a saber qué financiarán con tanto dinero). Pero, ay, absurdo quejica de esos que dicen que los inmigrantes roban nuestros puestos de trabajo. Pregúntate quien de la remilgada minoría lugareña está dispuesto a abrir un bar 16 o 17 horas diarias todos los días del año y no volver a su país de origen en más de diez años. O quien está muerto de asco sobre un mostrador a la una de la madrugada de un lunes esperando que un imbécil lo asuste para llevarse un paquete de pañuelos de papel. Ah. Los de aquí claro que no. Curioso: no nos quejamos de que las multinacionales opten por poner dirigentes de sus países de origen (Japón, Alemania, Francia, USA, son ejemplos flagrantes) porque son señores adinerados que viven en barrios caros y apenas salen de sus escuelas bilingües y sus casas y gimnasios, pero la otra inmigración es la que nos jode. Vaya. Qué justos y generosos y buenos samaritanos somos. Y los magrebíes que trajimos a punta pala porque eran buenos albañiles, y ahora hemos dejado en la estacada, con los nulos beneficios de su contratación ilegal. Ah. Y filipinos y dominicanos que aceptaban limpiar viviendas o custodiar viejecitos porque nuestras manos europeas están diseñadas para otros menesteres más nobles o elevados. Esos también tienen la culpa porque encima cuando les duele la espalda de tanto acarrear peso no tienen mejor idea que ir al médico. Jodidos.

divendres, 11 de gener de 2013

LA CRISIS INMOBILIARIA

Pues tiene que ser Ana, nueva lectora, quien me hace cierto comentario que yo no debería tardar tanto en descifrar. Vamos, que me hace recordar que esto de intentar alejarse algo de la prensa convencional y donde planta sus focos es como un proceso en el que te sientes inicialmente en fase de aislamiento, pues todas las referencias se reubican. Y es cierto lo que Tuli me dijo: algo así como que la calle era el mejor periódico. Aún así, el que una librería llamada Catalònia cierre tras 88 años y en su lugar se vaya a ubicar un McDonalds es algo de lo que yo debería enterarme más pronto de lo que lo he hecho. En fin: un pretexto para volver a escribir, que ya lo necesitaba. Otra piedra más en el enorme edificio construido por hoteleros y restauradores y boutiques de moda para que la Barcelona que ya es tan post-olímpica que empieza a parecer pre-olímpica sea una enorme máquina tragaperras para turistas. Da igual de dónde vengan y dónde meen sus borracheras. Europeos (o sea, más europeos), japoneses o rusos. Cuélguese la cámara, babee delante de la Pedrera, pague 7 euros por una jarra de cerveza y vuelva a casa con una denuncia porque le han robado la cartera. Gaudí quiere decir, fonéticamente, disfrutar. Pues ale, quite esa mierda de librería que no hace más que estorbar, a quién va a interesarle un librito con el que lo único que vas a hacer va a ser abanicarte en julio y pasarle el plumero cada par de semanas. Va: joderos, elementos culturales, pasad esa época de vacas flacas que os habéis buscado con el rollo de la cultura gratuita y las descargas y el crowdfunding y esa sarta estrafalaria de sandeces. Cuantos escritores están gordos, leches. Si hasta el plomo de Pérez Reverte está pidiendo a gritos que le pongas un vaso de leche con galletas.
Mientras, recuerdo que Selene ha decidido envolver primorosamente sus escritos de la web y decidir que salten a las estanterías. Eso son cojones. Recuerdo también que Blue se ha embarcado en una aventura consistente en fotografiar libros asomados en el balcón de su casa, y que me da envidia su cuidada selección repleta de Anagramas, Alpha Decays, Blackie Books, Acantilados, Libros del Asteroide y algo de Tusquets (pero libre de Murakamis, ergo, esquivando el cuerpo a cuerpo). Y como esto ya queda muy solipsista recuerdo que he prometido crear la solapita con mis lecturas en ciernes, que es eso, cernirse, lo que hace una pila precaria, cernirse y cimbrearse con la brisa matinal, con el humo del café, que a veces se levanta rabioso, como una ventisca marrón de esas que acojonan a los australianos.

dimarts, 8 de gener de 2013

VESTIRSE DE CORTO

No es la primera vez que elucubro aquí sobre narrativa en corto y narrativa en largo. Atribuyo a narrativa en corto frescura, licencias, inmediatez y a narrativa en largo profundidad, estructura y durabilidad. No solo yo. La mayoría de la gente emplea ese estereotipo. Entonces lo sorprendente es encontrar justo lo contrario. Narrativa en corto con vocación de clasicismo y consistencia (un ejemplo sería Knockemstiff) y narrativa en largo con espíritu juguetón (y aquí no me viene tan fácilmente el ejemplo, ayuda, por favor). En cualquier caso la funcionalidad también cuenta: sobre todo cuando se maneja una pila de una cierta altura de lecturas pendientes (un día de éstos abriré una pestañita aquí arriba con mi lista de libros en marcha, imitando descaradamente a Deborahlibros, aunque ella debería tomárselo como un homenaje, nada de quid pro quo). O sea, cuando ves que se avecina una época de escasa capacidad de concentración (eso se ve venir), pues los relatos no más allá de las quince páginas, casi encapsulados, son válidos como monodosis de supervivencia. Cuando vislumbras prolongados espacios de dolce far niente: vacaciones, parones en temporada de fútbol, buscas los tochos (que, por una cuestión de pura física, siempre reposan al fondo de las pilas generando cimiento y sustento a los otros) y dices: trilogías de 1200 páginas, bromas infinitas, ahí voy.
Bien: cuatro de éstos han caído en fiestas. Podría ser más precavido y montarme cuatro post y alargarlos un poquitín y me olvidaba de escribir aquí una semana. Entre salidas consumistas y celebraciones varias, qué mejor que lecturas asequibles, rápidas, tanto que mi ritmo de publicación aquí no les ha dado ni tiempo de figurar en el recuadrito de lectura en curso: tan efímero ha sido su paso, aunque con ligeros matices.

Andrés Neuman es un joven escritor argentino de cierto renombre. Sus obras son fácilmente localizables aquí, y ha escrito algunas novelas. Leí Hacerse el muerto, que combina historias de apenas unas frases con relatos algo más largos, con un cierto tono algo surrealista y con un lenguaje directo y asequible. Cuando se vuelve excesivamente esquemático me resulta algo artificioso. Sabéis. Eso tan monterrosiano de desnudar el relato hasta el esquema, como dejando sólo la carcasa y un montón de tarea al lector para la especulación. En cambio, cuando se alarga (como en un cuento en que el protagonista decide zanjar las disputas que le han acarreado enemistades), resulta interesante, resulta rico y evocador, como si él decidiese aportar el esfuerzo a que los cuentos más cortos obligan al lector. Conclusión: me apetece algo de Neuman en largo, algo más clásico y menos diletante, o sea, un entorno en el que sus logros, que los tiene, sean comparables de igual a igual con los de otros. En cualquier caso, Hacerse el muerto es uno de esos libros que sólo un autor medianamente consagrado puede permitirse. Estoy seguro que yo me presento ante un editor con algunos de estos relatos y me los tira por la cabeza. Literalmente.

Fabián Casas es otro joven escritor argentino. Nacido en el barrio de Boedo, en el que ambienta las cortas historias de Los lemmings y otros, historias con sutiles vínculos por la presencia de personajes comunes y la volátil mención de hechos que parecen formar parte de este relato. Casas usa jerga a puntapala: son cuentos de barrio de clases modestas, de inmigrantes y de niños, adolescentes y jóvenes que pasan buena parte de su vida dando vueltas por la calle. Entonces esos fantasmas que siempre planean sobre la vida callejera van precipitándose sobre ellos: adicciones, delincuencia de poca monta y de no tan poca, ocasionales conflictos violentos, chicas que pasan, escasa dedicación a los estudios. El libro, a pesar de ser un compendio de diez historias, transmite una sensación unitaria: se lee en apenas una hora y media y uno conserva una imagen fresca y costumbrista de las vicisitudes (hola, Selene), que se agria un poco cuando, tomando la perspectiva del narrador omniescente pero superviviente, Casas empieza a describir, mejor, a escupir, el futuro que se cierne sobre algunos de esos protagonistas. Futuro de todo pelaje donde, claro, cómo no, encaja el drama y la tragedia con toda comodidad. Un curioso ejercicio de estilo que puede ser una cárcel para su autor. Sus lectores entusiastas podrían pasarse la vida exigiéndole más tomas de esta realidad.

Rodrigo Rey Rosa recibía tan encendidos elogios de Roberto Bolaño que era normal que me tirara sobre el primer libro que viera de él en cualquier lado. Otro zoo son cinco relatos dentro de los cuales destaca uno particularmente largo, que llega a estructurarse en capítulos. Eficazmente escrito (productivamente diría si fuera un mentecato mercantilista), Rey  Rosa se apaña con muy poco para dibujar personajes que calan con rapidez. Todos los cuentos de Otro zoo cuentan con la presencia de animales y de niños (o el equivalente a niños que tengan los escorpiones) pero no entregados a cursilerías. Los niños de Rey Rosa son adultos de pequeño tamaño que procesan la realidad que les rodea. Ni un gramo de cursilería o gazmoñería: los cuentos de Rey Rosa se anclan en la memoria, permanecen y conviven ahí, más, (por lo que a mí respecta) que los de los dos libros anteriores, porque detrás de esa concisión y de esa espartana puesta en escena, el escritor les aporta un calado, un mensaje subliminal de trazas sociales, de trazas políticas, de las trazas que sea, pues este hombre se las apaña para resultar el más memorable de estos cuatro libros, con permiso de Fabián Casas y sus chicos de la barriada.

James Lasdun es londinense pero lleva más de 25 años en USA. Los cuentos de Esto empieza a doler tienen lugar allí, con alguna excepción. Lasdun es eficaz en su escritura, pero demasiado aséptico y demasiado timorato. Quiere escribir historias creíbles y a las que podamos poner nombres y apellidos, pero esa cotidianeidad acaba arrastrando los cuentos hacia los lugares comunes y hacia una estructura excesivamente rígida. Sin sitio para fantasía o situaciones algo chocantes, la grisura arrastra estos escritos, los lastra hasta convertirse en una especie de formulario de la vida de distintos residentes en una comunidad USA de clase media y de un estado particularmente representativo. Más cerca de Richard Ford que de Raymond Carver, veo a Lasdun en un lugar de nadie particularmente desaconsejable en las letras americanas (pues me niego a considerarlo inglés, lo siento). Esa tierra de nadie del narrador casual, del cronista de la vida que se niega a autoatribuírse una sola licencia dramática con tal de respetar la realidad. Eso sólo Carver, o Hopper en pintura, se lo han podido permitir. El mencionado Knockemstiff se salió de la carretera por un lado diferente en cada curva. Lasdun va a 60 ( o a 40 millas) por la carretera secundaria, y se para en los semáforos. Qué pretendes con eso, James?.


diumenge, 6 de gener de 2013

MISION CUMPLIDA

Ya que últimamente peco de escasa seriedad y debo justificarme ante mí mismo (pues yo no tengo altísimo al que rendir cuentas, lo cual agradezco fervorosamente a no sé bien quién), dejadme que me pegue un pequeño festín de autoestima.

Un/una lector anónimo me agradece la recomendación de librerías en BCN, es más, se planta el mismo día en que se lo recomiendo en la librería Cercles, y me lo agradece y define al pequeño reducto desde el cual el gran Gustau bombardea culturalmente su entorno más cercano como una maravilla.

Martín Aguirregaray, a.k.a. Misigma asegura haber gozado de lo suyo con Plataforma de Houellebecq, uno de esos libros que una relectura todavía encumbra más que la primera vez.

Horacio, al que también he recomendado Plataforma, asegura haber gozado también de lo suyo con la primera temporada de Homeland, lo hace a través de mail particular. Te lo pido Horacio: este blog no es el mismo sin tus comentarios extensos y digresivos (atento, Álex, no escribí disgresivos), así que si algo tienes que hablar sobre lo que aquí ha salido, te pido, por favor, no niegues a los demás tus comentarios.

Deborah, nombre que presupongo a la brillante autora de varios blogs, entre ellos Deborahlibros parece realmente impresionada por su visionado de The Wire, que sé que no ha sido directamente por mi influencia, pero algún empujoncito le habré dado, igual que le dí para leer a David Foster Wallace, aunque he de reconocer que yo también recibí el correspondiente de alguien valiente y osado y descarado como Selene, lo cual quiere decir que el efecto dominó, o boca oreja, o boca boca o como le digáis, funciona y funcionará. 
Y sé que hay más ejemplos (que pronto detallo, pues poner tanto vínculo es extenuante) pero estos se han juntado en los últimos días, y no solo aquí: mis reseñas en Unlibroaldía, sobre Orsai, sobre DFW, sobre Houellebecq, hasta sobre libros infumables, son bien acogidas, aquello no será justo mi casa, pero es ese hotel al que vuelves siempre que puedes porque te sientes perfecto. Tanto que a veces pierdo algo la orientación, ya no sé qué he puesto aquí sobre un libro (donde soy más cercano y confidente) y qué he puesto allí (donde soy más frío y profesional). Y resulta que me da igual: ni visibilidad ni fama ni ego ni narices. Mi andadura en la red es un enorme motivo de satisfacción, una sensación de misión cumplida que me viene muy bien incluso, joderos enemigos si los hay, pensando que es sólo la primera. Aviso. Que pienso imponerme más misiones y cumplirlas.


divendres, 4 de gener de 2013

EL HORROR, EL HORROR

Le he dicho al fantasma de DFW que debe dejarme tranquilo un rato. Debo abandonar los paréntesis y esas manías de las notas a pie de página que están asegurándole a los que se dedican a la crianza de perros lazarillo un próspero futuro.
Se lo he repetido y puede que me haya hecho caso.

La cosa va así.
Entro en un establecimiento de esos que en Barcelona llamamos Frankfurt. En Barcelona llamamos así a los bares especializados en bocadillos de esas salchichas ahumadas de origen alemán, lo que los yankies llaman hot dog, pero que aquí, que somos muy europeos y muy exquisitos y tenemos castillos con condes y marqueses en batín paseándose por sus estancias, hemos dado en llamar con el nombre de una ciudad. En Barcelona los hay a patadas y son un socorrido recurso para varias cosas. Cenas rápidas con amigos, antes de salir de copas (considerando que suele consumirse cerveza), sustituto de otro tipo de fast-food más denostado por su vertiente industrial y multinacional (Mc Donalds, Burger King). El que voy habitualmente está cerrado, voy a otro. Entro. La estancia está vacía: en la terraza hay una pareja. En el interior están dos empleados: camarero y cocinero, respectivamente. Mi hijo me acompaña. Los dos empleados, pero sobre todo el camarero, tienen ese aspecto de haber sido forzados a abrir en una fecha en que no lo hacen habitualmente, a la par de no tener excesivas ganas de que ese experimento resulte exitoso. Todo lo que pido (o sea, lo extremadamente poco variado que puede pedirse en un establecimiento así, que sirve exclusivamente bocadillos, bebidas y poca cosa más) es objeto de algún tipo de inconveniente por parte del camarero. Parece estarme invitando a largarme, parece estar esperando que yo diga alguna cosa para echarme a cajas destempladas. Pienso en cámaras: en una que me acabe indicando que soy objeto de una broma o en una que pueda llevar yo para explicarle al encargado del negocio como se comportan los patanes a los que deja al mando. Repito: ni uno de los productos de mi sencillo pedido de comida para llevar a casa es aceptado tal como lo pido. Donde exijo una salsa debe ir otra, donde pido que no haya una guarnición la tienen que imponer. Tengo una reacción que auto-reprimo, por considerarla aburguesada: eso de decir que soy el cliente y que tengo la razón. Pero me gana mi sentido doble de ridículo y discreción. Se trata de no volver y punto. Negociados todos los detalles, tensos mis resortes ante la casi segura situación de que se equivocarán en todo lo que me sirvan, que abriré el paquete cuando llegue a casa y me cagaré en los muertos y juraré no volver, se inicia el momento cumbre. El camarero pasa el pedido y el cocinero, a un par de metros, empieza a prepararlo. No veo lo que hace. Mi hijo está frente a mí, de espaldas a la TV de 42' HD que está puesta y que yo tengo, por lo tanto, en frente. Telecinco. Repetición de una de esas infectas galas de final de año. Nuria Fergó: toma ya. Si los triunfadores de las ediciones de OT son potentes instigadores al vómito, imaginaros una absoluta segundona de un concurso patético. Nuria Fergó, por eso, es guapa. Pero su aspecto resulta bochornoso, intentando cantar una cancioncilla con un estribillo sumamente irritante, música comercial de la más infima categoría que no cumple ni el requisito mínimo de tener un ripio pegajoso. Mi amigo el camarero se sabe la canción de memoria y la canturrea embelesado. Sé que me está provocando con eso, sé que no ha tenido bastante poniendo pegas a todo lo que he pedido. La Fergó acaba su playback entre bailarines ultra amanerados y aplausos enlatados. Salen cantando sevillanas cuatro tipos de más de 50 años con trajes de dependientes de gran almacén (no descarto que alguno lo sea: es literalmente imposible ganarse la vida cantando semejante porquería) y el camarero aún se entusiasma más en su seguimiento de música y letra. La tensión se masca pero el cocinero acaba su labor. Apunto de ponerme esa mayonesa que he rechazado amablemente, parece que el camarero no quiera desaprovechar una última oportunidad de contradecirme. No lo permito: pido la cuenta y pago. Se olvida de cobrarme las patatas. Salgo apresurado.

dimecres, 2 de gener de 2013

POULIDOR, SAMPRAS, ROSBERG, OCEAN Y EL FANTASMA

No soy capaz de pasarme media mañana consultando en Wikipedia y en todos esos contenedores virtuales de información que llenan la red, que la llenan tanto que se rebosa y los conocimientos se desbordan, se derraman por el suelo como la leche puesta a hervir y acaban poniéndolo todo perdido. Así que tiro de mis recuerdos de cuando prestaba atención a más deportes que a uno, como hago ahora (ni eso: es atención a un deporte y a un equipo de este deporte que es el rey Sol alrededor del cual todo gira y gravita).
Había un ciclista francés llamado Raymond Poulidor, allá por los años 70. Parece ser que quedó segundo en unos cuantos Tour de Francia. No ganó ninguno. Bueno, quizás si en aquellos años se hubieran llevado a cabo los controles que se llevan hoy en día resultaría que había ganado todos. O no, igual él se dopaba también. Si esto fuera una entrada dedicada a David Foster Wallace aquí iría un numerito y abajo iría una explicación. Pero la pongo aquí. No sé por qué continúan organizándose carreras o concursos o competiciones o certámenes o como coño se les diga (curioso, todas ellas palabras que empiezan por "c", igual que "coño" y "curioso" (y "ciclismo")) cuando (otra "c") se ha constatado (...) que las trampas y el dopaje se han constituido (.) en la norma habitual y han despojado el deporte de toda gracia que no sea la de ver a un tipo esforzándose heroicamente por salvar una cuesta de tomo y lomo en medio de unas vistas espectaculares tomadas desde un helicóptero (montones de palabras sin "c"). En fin: Poulidor sería tildado de eterno segundón por cualquiera al cual le haya sido inoculada en vena la cultura de que el primer lugar es el único válido para un auténtico competidor nato. Señores: somos un planeta con un líder y miles de millones de súbditos. Nonono.

Ahora que he leído unos días sobre tenis (porque DFW me lo ha impuesto: no soporto el tenis más que en las contadas ocasiones en que soy yo quien juega), también creo recordar que Pete Sampras, creo que tras Ivan Lendl y la actual fase de dictadura combinada por Federer (me cae simpático) Nadal (no lo soporto: ¿cómo puede ser del Madrid el sobrino de una destacada figura del Barça de los 90?) y Djokovic (del cual hasta la fecha soy incapaz ni de retener su estructura facial ni de haberme formado una opinión tan tibia y escasa de argumentos de peso como los dos anteriores) llegó a ostentar el número 1 en la clasificación de la ATP (gracias de nuevo a DFW sé que esa clasificación es una especie de timo encubierto) sin haber llegado a ganar ningún Gran Slam, cosa que subsanó en muy escaso margen de tiempo y creo (que va con "c" -cosa que correspondería al párrafo anterior - y que estoy empleando en exceso aquí, pero es que quiero escribir, no consultar la Wikipedia) que ahora es, incluso, de los tenistas que ha conseguido más títulos Gran Slam. 
Y, aún más atrás en mi memoria y más brumoso y por tanto menos creible, creo ("c", creo, joder que reiterativo estoy) que hubo un campeón de F1 (cuando aún se llamaba Fórmula 1, cuando aún había más emoción que lo que tardaba un coche en cambiarse las ruedas, cuando aún no había cámaras en los boxes enfocando a mecánicos mirando monitores (que, aparte de una reiteración de "m", es el espectáculo más absurdo del mundo), cuando, en resumidas cuentas, ver una competición automovilística conservaba un cierto deje gladioresco y eran tipos que se jugaban la vida en cada curva) que ganó el campeonato habiendo ganado en ninguna o muy poquitas carreras (que debería llamar grandes premios o Grandes Premios pero opto por las palabras con "c" para aportar algún elemento de cohesión (c) a este post.

Por cierto, compruebo que Keke Rosberg fue el que alcanzó tal proeza, pero confirmo que se produjo en motociclismo (curiosamente una mezcla entre ciclismo y automovilismo técnicamente hablando) cuando Sebastià Alzamora se alzó con el campeonato mundial en 125cc sin ganar una carrera.

Por todo ello he de hacer hincapié en un hecho que constato una vez (con la inexplicable ausencia de la lista de Go-Magazine, que opta por publicar su número con las votaciones de final de año prácticamente a finales de enero, con lo cual quedan completamente fuera tanto de la posibilidad de que esas listas constituyan guía alguna para los compradores ocasionales navideños de ocio como de su inclusión aquí) he visto las listas anuales de los mejores discos de 2012 de publicaciones de referencia y credibilidad fuera de toda duda ya no individualmente sino en cuanto a su variedad y dispersión. Hablo (el orden es el de mi memoria) de Pitchfork, Metacritic, FactMag, Jenesaispop (no estoy muy seguro), Playground, Jotdown, NME, La Vanguardia, El Periódico, o sea, cerca de la decena de publicaciones, de la más diversa (insisto) filiación en cuanto a géneros. Prácticamente todas ellas han situado channelORANGE (creo que es la primera vez que lo escribo correctamente, con las últimas palabras en mayúsculas) como segundo disco del año. Algunas como primero, pero, curioso, las que lo han considerado segundo no han considerado nunca como primero al mismo disco. Primeros mejores discos con channelORANGE (segunda vez) han sido discos de Springsteen, los Swans, Kendrick Lamar, The XX (otra maravilla, también recomendado con avidez y también muy presente en estas listas a pesar de su condición de difícil segundo disco) y otros.

O sea, que oigáis el disco y no jodamos más.



Selene: el fantasma lo estamos compartiendo. Completamente seguro.

dimarts, 1 de gener de 2013

DFW


Títulos que me venían a la cabeza cuando pensaba en escribir este post: los relacionados con su aspecto algo mesiánico (1), los que apelan a su condición de escritor de absoluta primera fila (2), o, lamentablemente, los que lo hacen a la condición de suicida (3). Al final, he optado por esas tres iniciales, las que deberían ser de identificación inmediata para cualquiera  ni tan siquiera algo lejanamente interesado en la literatura, que a la vez tienen cierto gusto a inscripción de lápida, a epitafio escueto y sugerente.
También he dudado sobre cual era el mejor significado para este post, si constituirse en el último de un año 2012 que sería irrespetuoso cerrar sin mencionar a Hernán Casciari, o al revés, pero no tanto, guardarlo para abrir ese 2013 amenazador e ilusionante a partes iguales, lo cual no se contradice con lo anterior, pero reviste cierto simbolismo que no merece la pena que me empeñe en desentrañar. Menos aquí, donde se esperan otras cosas. 
Curioso: diría escuetamente que David Foster Wallace tomaba cualquier tema y lo exprimía como un limón. Pero me quedaría corto: no lo exprimiría, usaría la corteza para un ambientador doméstico, la pulpa sobrante con cualquier finalidad relacionada con su alto contenido en fibra, las semillas para plantarlas en cualquier parterre y darle tiempo al tiempo, y el zumo, descartado su uso con fines medicinales si en ese momento no tuviese tos que calmar o estómago que purgar, lo reservaría para mezclarlo en la dosis adecuada con agua fría y algo de azúcar, de manera que durara su presencia todo lo materialmente posible.(4)
Pero la palabra escueto es particularmente desacertada para aplicarla aquí: de hecho este será el único lugar del mundo en que se mencione a Monterroso como un particular antagonista de DFW, lo más alejado posible de la fiebre algo absurda de los microrelatos.
Selene, fan declarada, dice de DFW que ha cambiado su vida. Dice: 

Es cierto, David nos escandaliza. A mí me cambió para siempre. Ahora, luego de haber leído casi toda su bibliografía de golpe, libro tras libro de modo febril, cada vez que escribo algo, cualquier cosa, se me aparece la voz de Wallace que opina en mi cabeza. Escribo para él, me cuestiona, me critica y se ríe mucho y me manda a la mierda. He adoptado un fantasma!


Qué razón tiene, verdad?. Pues esa sensación es muy parecida a la mía después de haber acabado este libro, de haberlo hecho con el máximo respeto, es decir, sin prisas, con algunas lecturas más ligeras intercaladas, con consideración absoluta hacia los temas aunque esos no me interesaran en un principio (5), resumiendo (6), con el respeto debido no solo al autor desaparecido sino al ingente trabajo contenido en cada uno de los escritos.

Para no alargarme, pues debo entregarme a la deliberación del momento idóneo para la publicación de esta reseña, que es entusiasta, positiva, sin el menor atisbo de duda, en el sentido de que no os limitéis a leer este libro, sino que lo conservéis, lo disfrutéis y lo consultéis como si fuera una enciclopedia sobre determinados temas aparentemente inconexos (7), os diré que, con la excepción de una corta digresión (8) de 10 páginas sobre algo que creo recordar (9) es el post estructuralismo o algo así, todos los ensayos justifican con creces su duración (10).

Y sí: las notas a pie de página. En el escrito dedicado al tenista Michael Joyce, el juego narrativo entre el texto central y el enorme cúmulo de notas a pie de página desplaza la acción, el centro, de tal manera que a veces ésta sucede más en las notas a pie de página (11) que en el texto superior, desplazándose sucesivamente otra vez hacia el texto, cuestión que da la sensación al lector (12) de que se ha establecido una especie de peloteo.

(1) David Superstar, Yo soy la resurrección, Cristo volvió y se fue otra vez.
(2) Dame un tema, te doy un mundo, El hombre 10, Mejor imposible.
(3) ¿Por qué, David?, La efectividad es una porquería empresarial, etc, etc.
(4) Cuestión que me ha hecho pensar si jugar con la palabra limón para el título hubiese sido adecuado, pero resulta que se asocia su acidez a una cierta predisposición a caracteres agrios o poco sociables y, de lo que deduzco en sus escritos, DFW era un tipo de una sencillez y simpatía encantadores, nulo divismo y total entrega a los lectores de sus escritos.
(5) Pero el muy cabronazo hacía que me interesaran, de suerte que tras leer este libro tengo otra vez cierta punzada por intentarlo de nuevo con Ruido de fondo de Don DeLillo, sé que hay bastantes razas de ovejas y sé que Jimmy Connors usaba un tipo de raqueta de tenis que la gran mayoría de los tenistas profesionales consideraba una auténtica porquería. También sé cuantas cubiertas puede llegar a tener un crucero de gran lujo.
(6) No recuerdo haber leído esta palabra en ninguna de las 407 páginas del libro.
(7) Pero no: el hilo argumental, la corriente de fondo que actúa de elemento de cohesión es un fuerte estudio crítico sobre la sociedad americana, desde el adocenamiento adolescente encaminado al éxito a cualquier precio hasta el embobamiento jubilado entregado a las mayores estupideces con tal de desviar la mente del terror hacia la muerte.
(8) Había escrito disgresión con "s" tras "di" pues llevaba toda la vida diciéndola y escribiéndola (y me suena haber escrito la palabra varias veces, en particular junto a la palabra disquisiciones (8a)) de esta manera, pero afortunadamente Álex Azkona (8b) me ha corregido de un error arrastrado a lo largo de varias décadas.
     (8a) En el caso de disquisiciones la "s" tras "di" es completamente correcta tras haber hecho las consultas pertinentes.
       (8b) Ahora me da por pensar si he hecho bien acentuando la "A" mayúscula pero estoy casi seguro.
(9) A veces escribo con el portátil en el sofá o en la cama y no me apetece levantarme a hojear el libro en busca del término concreto, salvo que sea con la intención de copiar un párrafo en su integridad, lo cual en este libro no tiene sentido alguno: cualquier párrafo es ejemplar en eficacia narrativa, en riqueza verbal, en uso de un sarcasmo que más que situar al escritor por encima de las temáticas, lo convierte en una especie de amigo locuaz y simpático que no puedes cansarte de escuchar.
(10) Cierto: a veces soy incapaz de llegar a las 600 palabras si un disco no ha llegado a ocasionarme un impacto persistente, pero DFW emplea más de 70 páginas en tipo de letra 11 o menos para hablar de una sola película de David Lynch, y no recuerdo que repita demasiados conceptos y, cuando lo hace, lo hace con toda justificación.
(11) Que en muchos casos son de una extensión y meticulosidad alucinante. La broma infinita, obra representativa, dispone, al menos en la edición de bolsillo que yo poseo, de más de 100 páginas de notas a pie de página al final de las cerca de 1100 que constituyen el cuerpo de la novela. En varios relatos del libro aquí reseñado me atrevería a decir que la extensión de las notas a pie de página es casi equivalente al texto del propio escrito.
(12) Por lo menos a mí, pero no puede descartarse que haya enfermado.

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